CARACAS.- Decenas de personas bailan pegaditos en un barrio de las afueras de Caracas. Es casi la medianoche y cuando empieza a sonar “Do It To It”, popularizado por TikTok, hay tantos jóvenes, adultos y niños que bloquean la calle, ignorando el mal olor que viene de un camión de basura abandonado no muy lejos.
Venezolanos “olvidan” la crisis con fiestas callejeras
La música ensordecedora proviene de parlantes instalados en las cajuelas de autos y camionetas, que compiten para ver cuál tiene el sistema de sonido más potente.
Estas fiestas callejeras, en las que suena música electrónica, vallenato, bachata y otros ritmos, permiten a jóvenes y viejos disfrutar del baile en barrios donde ya no hay discotecas, y las que hay en el este de la ciudad el precio para erl consumo es prohibitivo.
El baúl del Hyundai Getz de cuatro puertas de Castro tiene cuatro parlantes, amplificadores, bajos y un espacio libre para impresionar: Puede tirar su camisa allí y la tela rebotará al ritmo de la música. La tapa de la cajuela es tan pesada, que cinco personas tuvieron que empujar hacia arriba para abrirla.
Los autos empiezan a llegar al caer la noche en Petare, uno de los barrios marginales más grandes de América Latina y por mucho tiempo ha sido considerado uno de los más peligrosos. Durante un rato, autos, motos y algunos autobuses logran pasar, haciendo que la gente se corra. Pero a medida que se acerca la medianoche llega más gente y el tránsito se paraliza.
Este fenómeno, por caro que sea, está volviendo a ganar fuerza en Venezuela a medida que su economía se resiente. Millones de personas cayeron en la pobreza en el marco de una profunda crisis política, social y económica, pero actualmente el dólar circula más libremente que antes de la pandemia del COVID-19, aunque su ingreso en la economía del país ha sido totalmente expontaneo y sin plan programado por las autoridades.
Según cuenta uno de los que exhibe su carro, ¡hacen falta bastantes dólares para convertir los autos en cajas musicales!
En la antesala del carnaval, empleados del negocio de Carlos Arocha medían, lijaban, cortaban y pintaban piezas hechas a medida para las camionetas que llenaron de música las playas. Equipar un auto puede tomar un mes y costar fácilmente 10.000 dólares, más que el mismo vehículo. Un dinero imposible de pagar para los empleados públicos que sobra si acaso unos 10 dólares mensuales.
Arocha, quien lleva 13 años en este negocio, dijo que algunos comercios del ramo cerraron durante los años más severo de la crisis y la pandemia.
Una fiesta
La misma noche que Castro y sus amigos celebraban en Petare, un grupo de estudiantes universitarios festejaban su graduación en un barrio vecino con varios autos estacionados debajo de un paso peatonal. Unas 50 personas bailaban en el sector.
Algunos jóvenes se acercaban a los parlantes, sonreían y con los ojos bien abiertos señalaban algunos parlantes.
La gente de este barrio sabe de penurias, tiene varios trabajos y depende del dinero que familiares le envían del exterior para vivir. Pero también sabe bailar para olvidarse de sus problemas, al menos por unas horas.
Señaló que las batallas entre los autos hacen que la gente se divierta sin necesidad de ir a la ciudad, a una discoteca, o tener que gastar 30 dólares en una botella de ron que en el barrio cuesta 10 dólares.
El ruido a veces molesta a los vecinos, pero los comerciantes venden más tragos, comida y cigarrillos.
Erly Ruiz, profesor de Sociología de la Universidad Central de Venezuela (UCV), dijo que los autos y los bailes callejeros les dan a los asistentes un sentido de pertenencia.
Los carteles en las puertas de las discotecas pueden excluir a algunos, pero las fiestas callejeras están abiertas a todo el mundo.
“Pongo la música y de repente puedo sacarme la camisa, el saco”, dijo Ruiz. “En la calle desaparecen por completo todas estas reglas que normalmente no me dejan divertirme como quiero”, relató.
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FUENTE: Con información de AP
