Sabemos que cualquier país es propenso a la corrupción. Inclusive las naciones que proclaman un estado de leyes y derechos no son libres de todas las irregularidades que se propusieron evitar o combatir. No obstante, la gran mayoría de ellos llegan a reconocer el monto de ilegalidades que acontece.
Pero el caso de Cuba es diferente. Allí prevalece la desinformación y opinar sobre la realidad que acontece en la nación caribeña es prácticamente hablar sobre lo mojado.
Hoy, cuando la mayor parte del mundo considera que el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington conllevará a mejorar el bienestar material del cubano de a pie, luego de que la esperada derogación de las restricciones comerciales sea anunciada y los ansiados préstamos bancarios sean otorgados, salta la pregunta qué sucederá en la isla, luego de cinco largas décadas de deterioro social.
Basta leer los reportes sobre el alto grado de sobornos que ocurre en cualquier nivel, desde el empleado más humilde hasta el alto directivo de un ministerio, para sobrevivir el mal funcionamiento de la economía que trata de funcionar con el impulso de las migajas o la riqueza ajena que vienen del exterior.
No hay otra alternativa que recurrir a las viejas tácticas del mercado negro, la trampa o la imposición de la fuerza para comer.
Aquel hombre nuevo que los Castro trataron de “fabricar” a la fuerza, sin intereses materiales ni pensamiento propio, resultó la mayor derrota en sus casi 57 años de autocracia.
No sólo fue ideado a espaldas de la realidad del curso de la civilización humana, sino, además, inventado para ocupar un espacio en la larga ristra de imposiciones que procuraban limitar el razonamiento del cubano.