jueves 2  de  abril 2026
MÚSICA

Así surgieron las discotecas en la escena nocturna de ambos lados del Atlántico

Al hacerse ciudadano norteamericano, el francés Olivier Coquelin revisó el panorama social nocturno de Nueva York y le ofreció al jet-set una alternativa a la estancada atmósfera del Stork Club y el Morocco. Así nació Le Club, que abrió la noche de año nuevo de 1960 en Sutton Place

ELEAZAR LÓPEZ-CONTRERAS

Dada la ojeriza nazi por el jazz, esta música se convirtió en símbolo emblemático

de la resistencia francesa, lo cual devino en clubes ilícitos que tocaban discos de ese estilo, subrepticiamente, a través de discretas cornetas. De estos secretos lugares del underground surgió unacreación única de formato de night-club, totalmente europeo: la discoteca. Eventualmente, los propietarios de cabarets sustituyeron el talento vivo por discos para bailar.

La pionera había sido La Discothèque, donde los clientes podían ordenar vino o whisky y escuchar su disco de jazz favorito. Este nuevo sistema fue refinado en la posguerra, al intensificarse la justificada inclinación de los franceses por la cultura del jazz norteamericano. En 1947 Paul Pacini abrió el Whisky à Go Go, cuyo nombre sería copiado en Washington, casi veinte años más tarde, a mediados de los cincuenta, que fue cuando comenzó a hacerse, medio visible, la fiebre de las discotecas. De clubes privados, donde los gays se congregaban sin problemas, pasaron a locales nocturnos abiertos, como el híbrido Mau Mau de Buenos Aires, donde un par de músicos acompañaban los discos que se tocaban y la sociedad de músicos, o “sindicato”, como lo llamaban en Venezuela, puso el grito en el cielo por la eventual pérdida de puestos de trabajo, caso que el disco se impusiera sin acompañamiento de instrumento, tal como ya se venía venir esta hecatombe. Pero una cosa va por otra…

Con la discoteca, que en Argentina, Paraguay y Uruguay llamaban “boliche” y, en México, “antro”, nació el discjockey, que llevaba el pulso del ambiente tocando música de rock y luego, la más aceptable música pop, lo cual le dio respetabilidad adulta a estos locales, ampliando la base de su clientela. La primera que, por necesidad, se convirtió en “discoteca” fue el Scotch Club en Aguisgrán, Alemania, que al faltar la banda de música (en 1959), recurrió a los discos.

El epítome de las discotecas de catchet, que involucraban a la alta sociedad, lo marcaron las exclusivas Chez Régine instaladas en París, Nueva York y Río. A partir de entonces, la fiebre de estos novedosos recintos, en versiones conceptuales, puede decirse que, más o menos homogéneas, se esparció por todo el mundo. En la vanguardista Londres, donde fueron acogidas con mayor rapidez que en ninguna otra parte, se estableció Tiffany’s, que parecía un cruce entre una estación del tren subterráneo y la cueva de Aladino. En este excitante ambiente juvenil reverberaban los explosivos sonidos del rock, brindándole a los pocos adultos serios una clarísima idea de lo que podríamos catalogar como una auténtica mezcla del paraíso con el infierno, sobre todo, cuando, al éstos regresar a sus casas medio muertos, aunque recuperados, lo hacían como si hubieran recibido una terapia de shock.

La tronante música y el alucinante despliegue de luces multicolores eran las principales atracciones de las discotecas, que se alejaban de lo que inicialmente

habían sido los lugares íntimos y discretos donde se escuchaba discos de jazz. El Cheetah neoyorquino, por ejemplo, ofrecía una especie de audio-sadismo a través de una potente sobrecarga sónica acompañada de aderezos decorativos multimediáticos, a cargo de Andy Warhol <<<< (cuando todavía no usaba su peluca rubia, en el momento de filmar una película experimental, junto al Príncipe Negro que aún ni soñaba en hacerse llamar así, pero ya usaba barba).

Esta parafernalia incluía una deslumbrante iluminación kinética que fragmentaba visualmente los movimientos de los bailarines, cuyas figuras aparecían como relámpagos, en medio audaces decoraciones con énfasis en el op- art.

La discothèque cruza el Atlántico

Al hacerse ciudadano norteamericano, el francés Olivier Coquelin revisó el panorama social nocturno de Nueva York y le ofreció al jet-set una alternativa a la estancada atmósfera del Stork Club y el Morocco. Así nació Le Club, que abrió la noche de año nuevo de 1960 en Sutton Place.

Cinco años después, Sybil Burton inauguró su discoteca Arthur, que ubicó en el local que ocupara el Morocco. El disc-jockey (discare), que tocaba música sin ningún orden ni sentido, ya se estaba transformando en un verdadero anímate (animador), gracias a Terry Noel, encargado de la música en Arthur, quien orientaba el ánimo de la sala y las parejas al programar el ritmo del baile de una forma progresiva, desde la música más suave hasta la más frenética.

Este caleidoscópico escenario de color, moción, ritmos y altos decibele hallados en las discotecas de otros países, fueron copiados en Caracas por Jacques Del Sol, quien abrió su lujoso Hippopótamo en 1966, seguido por La Morocota, de Franco D’Andreis y Manolo Rigueiro, ambas decoradas por J.A. Guerra, quien se dedicó a atender la demanda existente para decorar otros locales similares que surgieron después, incluyendo el Le Club caraqueño, que fue abierto en 1967 por el “catire” Oscar Fonseca Kolster (con Margarita Zingg) y Bertil Kalem (también fundador de Le Dugstore inaugurado en diciembre de 1970).

En las discotecas de “avanzada” iba acompañada la música de enloquecedoras sustancias psicotrópicas que incitaban a un descocado comportamiento, tecnológicamente alimentado por la sobrecarga sónica y las relampagueantes luces psicodélicas que alucinaban a quienes se aventuraban a poner un pie en una discoteca.

La explicación que ofrecían los gurús de la droga (el poeta Allan Ginsberg y sus cofrades —Burroughs, Ferlinghetti y Kerouac, que le inspiró, por su novela El camino, el término beat, extraído de beatífico—, que el periodista Herb Caen acuñó en 1958, para parodiar a los barbudos protestatarios), en la que coincidían otros irresponsables apologistas del desbocado frenesí, era que se trataba de una forma de “convertir un área de estética meramente pasiva en un espacio facilitador de experiencias integralmente envolventes”.

Entonces, como lo hacía la futura estrella Bob Dylan (quien pronto sería promovido por la siempre rebelde amexicana Joan Báez), ya deambulaban por las calles los ingenuos y superficiales beatniks, predecesores de los hippies (y nunca a la altura de los poetas de esa generación que los promovieron). Esos primeros beatniks inspiraron a los hippies, que llegaron al extremo de usar sandalias, barbas y florecitas, aferrados al budismo Zen y a los cigarrillos sin marca visible en el papel, pues todo ese disfraz conceptual, de “experiencias integralmente envolventes”, incluía envolverse en el denso y penetrante humo de la marijuana.

Los hippies adoptaron la guitarra para cantar sus cancioncitas simples, mientras que los beatniks habían exhibido una especial inclinación por la tumbadora y el bongó, como lo hiciera Marlon Brando antes de los cincuenta, quien entonces iba al Palladium neoyorquino a sentarse y tocar con la orquesta de Tito Rodríguez (juntos en esa sala de baile).

Brando, por haber usado franela y chaqueta de cuero, pero más por su actitud desafiante en Broadway (Una tranvía llamado deseo de Tennessee Williams) y en sus películas (On The Waterfront de 1954), al igual que el actor James Dean, que era un ser realmente atormentado, pertenecía a esta rebelde juventud conocida con el nombre de Beat Generation.

Algunos de estos elementos, pero ya en otra liga muy superior a la juvenil, porque estamos hablando de otra liga social, en cuanto al público, pero en lo referido al ambiente de luces y humo por doquier, serían adoptados por los clubes privados.

En 1978, el 40 por ciento de la música en la cartelera de éxitos de Billboard era la llamada música “disco”. Éste fue el detonante que provocó la epidemia de este machacante estilo musical que explotó y se expandió en las 10 mil discotecas distribuidas nacionalmente en los Estados Unidos (cerca de 300, nada más, en la ciudad de Nueva York).

El tema de la película Saturday Night Fever propulsó a las discotecas a niveles increíbles, después de su exhibición en diciembre de 1977, año en que apareció el famoso Studio 54 de Nueva York, que se valió del triunvirato de música-sexo- drogas para promover el desenfrenado espíritu bacanalístico de esos tiempos.

Abierto en abril de 1977 por Ian Schrager y Steve Rubell, “El Estudio” se dio el lujo de reunir a celebridades como Andy Warhol, quien, junto a Roy Halston, Liza Minelli y Bianca Jagger (quien allí montó un caballo), conformaban los cuatro jinetes de la fama, junto con sus pares (Calvin Klein, Mick Jagger, Diana Ross, Elizabeth Taylor…). Su ambiente de derrape total representó el período más decadente vivido por cualquier ciudad en el mundo moderno. El libertinaje del Studio 54 fue lo más parecido que tuvo la ciudad a una orgía babilónica de pansexualismo y drogas, que incluía desviadas desinhibiciones de parejas que no parecían ser del todo heterosexuales. Ello reflejaba las inclinaciones particulares de sus dueños. Finalmente, el gay Steve Rubell, que era quien controlaba la puerta con la arbitrariedad de un tirano, y el normal Ian Schrager, terminaron presos. Rubell había declarado indiscretamente que solo la Mafia ganaba más dinero que el Studio 54. ¡Bingo! Les cayó la gente del Impuesto Sobre la Renta. La pareja tan solo había declarado 8 mil dólares en impuestos en 1977, lo cual aumentó las sospechas de evasión fiscal.

Una redada en el club, el 14 de diciembre de 1978, llevada a cabo por agentes federales, reveló cosas curiosas, entre ellas, bolsas plásticas de basura repletas de billetes que contenían 800 mil dólares. Los agentes también hallaron dos juegos de libros de contabilidad, uno de los cuales contenía una lista de favores para clientes de muy alto perfil. Los montos de estos “favores” eran muy peculiares pues las entradas en los libros registraba la sospechosa cifra de 80 dólares cada una, monto más o menos equivalente al costo de un gramo de cocaína en ese entonces. Esto de la droga era tan así que, en cierta ocasión, cuando Elizabeth Taylor, en su etapa de tonina (con Steve Rubell), se dirigía al salón de damas seguida por el diseñador de modas Halston, quien llevaba un tubito en la mano, alguien comentó maliciosamente:

“Seguramente que le va a coger el ruedo de la falda”.

Pero, una novata que estaba en la mesa, la refutó ingenuamente:

“Oh no, seis only going to powder her nose”. (Oh no, ella solo se va a empolvar la nariz).

El asunto tenía que ver con la nariz pero el “polvo” no era talco.

Temas

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Deja tu comentario

Te puede interesar