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CINE

Ser o no ser los Ricardo

Aaron Sorkin aspira a contarnos la verídica historia del matrimonio del santiaguero Desiderio Arnaz y la neoyorquina Lucille Ball
Por DIARIO DE CUBA

NUEVA YORK— Hace años, cuando preparaba Life on the Hyphen (en español: Vidas en vilo. La cultura cubanoamericana), me hice fanático de I Love Lucy, un programa televisivo que nunca me había interesado, aunque cuando era adolescente mi madre solía reírse a carcajadas viendo reruns en nuestro humilde lugar de alojamiento en una avenida del Southwest (Chirino dixit).

Por esa época, con el regreso a Cuba al doblar de la esquina, no me parecía que el asunto de la serie —las peripecias de lo que hoy se clasificaría como un matrimonio bicultural— tuviera nada que ver conmigo. Tres décadas después, recién casado con una americana (cosas pasan y no hay regreso), se me ocurrió que tal vez I Love Lucy podría enseñarme algo sobre el contubernio de lo cubano y lo americano del que trataba mi libro, en particular porque cuando me enamoré de Mary Anne ella me confesó que el único otro cubano que ella había conocido era Ricky Ricardo.

Adquirimos la costumbre de grabar los episodios por la tarde y verlos por la noche. I Love Lucy devino así nuestro discreto afrodisíaco. Esas sábanas arrugadas que se ven al final de cada episodio podrían haber sido las nuestras.

Dulces recuerdos de noches deshilachadas hasta la última harina me ha traído la última entrega de Aaron Sorkin, Being the Ricardos, que aspira a contarnos la verídica historia (the real story) del matrimonio del santiaguero Desiderio Arnaz y la neoyorquina Lucille Ball, con Nicole Kidman en el papel de Lucy y Javier Bardem en el de Desi.

Aunque la acción principal transcurre durante solo una semana, mediante flashbacks e incisos de testimonios ficticios Sorkin recoge con aceptable verosimilitud, ya que no veracidad, los incidentes más conocidos en la biografía de la pareja: el rumor de que ella era comunista (la réplica de Desi: lo único rojo que tiene es el pelo y hasta eso es de mentira); las reiteradas infidelidades de él (Arnaz explica en sus memorias que no sabía por qué Lucy se incomodaba, puesto que las otras mujeres eran casi todas prostitutas); el embarazo de Lucy, que las normas de esa época no permitían nombrar en televisión (la solución onomástica: insertar un galicismo en el título —"Lucy Is Enceinte"— confiando en que los televidentes no sabrían qué significaba "encinta").

No es esta, por cierto, la primera vez que los protagonistas de I Love Lucy inspiran una película. Rodada cinco años después de la muerte de Arnaz, Lucy and Desi: Before the Laughter (1991) ofrece una visión ofensivamente caricaturesca de la pareja. Para corregir las distorsiones, Lucie Arnaz realizó un documental, Lucy and Desi: A Home Movie (1993), donde recurre a películas caseras que muestran a sus padres en un ambiente familiar. Bastante mejor es Lucy (2003), otro biopic que recorre la carrera de Ball desde sus inicios como corista hasta su consagración en la televisión, donde el papel de Desi le corresponde al actor cubanoamericano Danny Pino. También cabe mencionar The Mambo Kings (1992), basada en la novela de Oscar Hijuelos, en la cual el hijo de Desi —el producto del enceinte— asume el rol de su padre. El parecido físico es impresionante, pero el talento interpretativo del hijo es más modesto aun que el de Desi Sr., quien tampoco era un titán de los platós.

Más allá del vaivén a veces torpe entre biopic y "seudocumental" (en inglés: mockumentary), poco hay que objetar a Being the Ricardos desde un punto de vista técnico: ritmo, montaje, diálogos, decorados. El creador de The West Wing (El Ala Oeste) conoce su oficio a fondo.

Otra cosa son las interpretaciones, especialmente las de Kidman y Bardem. Tanto en pantalla como en la vida real, Lucille Ball no era una mujer elegante o sofisticada. Era lo que en el argot de la época se llamaba una broad, un cacho de hembra, en el sentido más respetuoso de la palabra y la frase. No así Nicole Kidman. Por mucho que maldiga, por mucho que imposte la voz, por mucho que infle las mejillas, Kidman no deja de ser elegante. La delgadez, los rasgos finos, la calma estatuaria que trasciende las perretas la delatan. No en balde encarnó a Isabel Archer en la adaptación al cine de la novela de Henry James, The Portrait of a Lady (Retrato de una dama). Kidman es más lady que broad, más dama que hembra. Ball, lo contrario. Para los lectores de mi edad, una metáfora retro: Lucy es el Casino Español; Nicole, el Havana Yacht Club. (Nosotros éramos del Casino Español.)

Con Bardem sucede casi lo opuesto. 20 años después de Before Night Falls, sigue pareciéndose más a Reinaldo Arenas que a Desi Arnaz. El atractivo de Bardem nace de la dureza de sus facciones —esa nariz de boxeador—, el de Desi, de una suavidad casi femenina. En una de varias películas entre malas y mediocres que hizo durante los años 40, Father Takes a Wife, alguien comenta: "With a face like that, all you need is a face like that" ("Con esa cara, no se necesita más que esa cara"). Nadie diría lo mismo de Bardem. Pero hay algo más. El actor español reproduce con exactitud el acento cubano de Desi, y al cantar su voz (si es su voz) es más profunda que la de Arnaz, pero se asemeja a ella. En lo que no se parece es en la gestualidad, en la falta de ligereza, en la relación que tiene con su cuerpo. Esto último se hace más que evidente en los momentos en que se supone que esté bailando. Bardem no sabe bailar, mientras que de Arnaz se decía que podía rumbear de pie y acostado. Por otra parte, es indudable que Desi Arnaz no hubiera podido llevarle al papel de Desi Arnaz la intensidad que Bardem imparte a varias escenas.

Después de ver la película lo que me pregunto es por qué el título remite a los Ricardo, ya que los personajes televisivos casi no intervienen. La trama y el drama giran en torno al matrimonio real, el de Ball y Arnaz. Lo cual, para mí, resta interés a Being the Ricardos. Al final, el atribulado matrimonio de los Arnaz importa menos que el delirante matrimonio de los Ricardo. Igual que con Batman y Michael Keaton, o con el lechón navideño y el cerdo. Puesto a escoger entre la verídica historia y el sitcom, me quedo con el sitcom.

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POR: GUSTAVO PÉREZ FIRMAT

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