Somos rehenes de nuestra propia retórica. Por un lado, admitimos la enormidad de la tarea que tenemos delante; por otro, posponemos sin cesar su realización. El asesinato de Charlie Kirk nos ha recordado brutalmente nuestro mayor desafío: forjar una retórica ágil, directa, eficaz y sin excesos —una que destile nuestro pensamiento en un “libro rojo”, un manifiesto.
Nuestro mayor desafío (Parte I)
La izquierda se ha convertido en una masa amorfa de todo lo extraño, pero altamente eficaz. La derecha, en contraste, se consume en concursos de pureza
Antes de intentar remodelar el campo teórico a nuestro favor, debemos tener muy presentes varias verdades incómodas:
1. La izquierda y la derecha aún existen
A pesar de los límites difusos, la división permanece. La izquierda se ha convertido en una masa amorfa de todo lo extraño —o raro, parafraseando su propia jerga—, pero altamente eficaz. La derecha, en contraste, se consume en concursos de pureza. Ambas marchan en la dirección equivocada.
2. Siempre a la defensiva
Desde el inicio, entregamos la iniciativa. Como jugadores que ceden el primer saque, adquirimos el hábito de responder en vez de actuar. Y lo que comenzó como una estrategia se endureció en una adicción impotente: nosotros reaccionamos, ellos dictan. Hemos abdicado de nuestro derecho a liderar. Podría decirse que hemos resbalado hacia un estado de cuasi-obediencia catatónica y predecible.
3. La trampa del mecánico
Nos hemos vuelto mecánicos, esperando que las máquinas se rompan para repararlas. Jugamos con las cartas que nos reparten en lugar de repartirlas nosotros. Reconstruir siempre es más difícil que deconstruir: las mentiras se esparcen en segundos, mientras que la verdad exige tiempo y esfuerzo para un alcance mucho menor. Un mito prende fuego incluso siendo falso; la corrección encuentra resistencia incluso siendo cierta. El mensaje sufre porque la concisión es imposible cuando la verdad debe primero deshacer el engaño.
4. Cautivos del léxico del enemigo
Tomemos la palabra dictadura. La izquierda proclama con orgullo la “dictadura del proletariado” como la cumbre de la humanidad. Nosotros, en contraste, retrocedemos. Consideremos a Pinochet: negamos la palabra, insistiendo en que “no fue una dictadura”. Eso es una mentira por cualquier estándar semántico —y peor aún, cede terreno al enemigo. Podríamos, en cambio, apropiarnos de la verdad: sí, fue una dictadura, nacida del intento de golpe de Allende por encargo de Castro. Nuestra negativa a hablar con franqueza nos debilita.
5. La dosificación de la verdad
Los fabianos nos advirtieron con su emblema del lobo vestido de oveja. Sin embargo, seguimos jugando a la defensiva. La izquierda gana mediante la dosificación: nunca revela todo de una vez, sino que avanza paso a paso. Nosotros, mientras tanto, cedemos tema tras tema. Una vez que una verdad se aplaza, a menudo se pierde para siempre.
Solo como nota totalmente especulativa: si dentro de unos años descubrimos que Obama no nació en EE. UU. y que Michelle en realidad es Michael, no importará ya que para entonces será lo normal. El ejemplo mencionado es pura especulación ya que no tengo evidencia a favor ni en contra. Pero describe una técnica utilizada por La Hiena de Birán y por muchos otros comunistas y fabianos.
RECAPITULACIÓN: La esencia de nuestro desafío
Luchamos cuesta arriba porque cedemos palabras, iniciativa y tiempo. La izquierda deconstruye; nosotros intentamos reconstruir. Ellos mienten con audacia; nosotros dudamos en decir verdades claras. Hasta que no rompamos estos hábitos, nuestra retórica seguirá siendo rehén —y nuestra causa, eternamente a la defensiva.
CONTINUARÁ…
Publicado en el Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²).
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