@schottv
Sin ninguna indicación clara en esta etapa, de quién ganará las elecciones generales el 8 de noviembre, los próximos cinco meses van a ser una prueba de agonía extraordinaria e incluso temor, tanto fuera como dentro del país
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Estados Unidos, se encuentra ahora dividido entre dos candidatos con puntos de vista, experiencias y personalidades tan diferentes, que la pregunta que surge es con quién estará más seguro el futuro ¿ con Hillary Clinton o Donald Trump?.
Sin ninguna indicación clara en esta etapa, de quién ganará las elecciones generales el 8 de noviembre, los próximos cinco meses van a ser una prueba de agonía extraordinaria e incluso temor, tanto fuera como dentro del país.
Si buscamos claridad en los números, ambos contrincantes, según Gallup, ostentan sólo el 26% de aprobación general, al tiempo que un 29% está satisfecho con el curso del país bajo el Gobierno de Barack Obama, lo que equivale a decir que las dos terceras partes de la población no lo aprueba.
En todo caso, popularidad o encuestas no necesariamente hacen ganar elecciones ni representan el porvenir.
A Clinton, le basta con echar una mirada al Reino Unido, durante la época de Margaret Thatcher, quien llegó a ser la primera mujer Primer Ministro, aunque nunca fue una figura rodeada de afectos.
Su llegada a la política no inspiraba la unidad nacional necesaria. Odiada por muchos, particularmente por el ala izquierda de los sindicalistas, dividió a Gran Bretaña. Pero Thatcher, conocida como la Dama de Hierro, se supo imponer gracias a su seguridad, fortaleza ante los retos y el don de mando, y al final pasó a la historia como una personalidad respetada, nacional e internacionalmente.
Si Hillary Clinton es electa presidenta y, como Thatcher, es la primera mujer titular del Gobierno, sin duda enfrentará grandes desafíos, que no vendrán precisamente por su condición de mujer, sino de una realidad que ostenta agotamiento y que pide en claroscuros nuevas directrices económicas, políticas y sociales, preferiblemente en oposición a las actuales y poniendo el acento en la creación de empleos, en mejorar un gobierno disfuncional y reafirmar el liderazgo en tiempos de inestabilidad internacional y terrorismo, incluso en casa.
Donald Trump por su parte, a pesar de la retórica en público, se encuentra trabajando en privado para lograr el apoyo de la élite republicana, con promesas oportunas de mejorar las relaciones con el Congreso, prestar oídos a la experiencia política y escoger nominados por consenso, lo que al final debilitará poco a poco los últimos rechazos.
En todo caso, ambos líderes tendrán la enorme responsabilidad de idear una hoja de ruta para la nación y sus aliados, que convoque la cohesión en torno a valores y convicciones comunes, en tiempos en que la seguridad nacional y colectiva toma un renovado protagonismo.
El balance en política exterior durante la administración de Obama divide porque aunque el presidente logró recuperar por un tiempo la alicaída imagen de Estados Unidos, luego de la desastrosa intervención en Iraq, sus críticos sostienen que países como Rusia y China se han aprovechado de sus “políticas suaves’ para adoptar una postura militar mucho más agresiva. Rusia con la anexión de Crimea y China con la construcción de bases en el mar de China meridional.
Así, el destino de Estados Unidos es todavía un proyecto incierto y fraccionado, como lo ha sido desde los últimos años, lo que supone una dura prueba para los futuros nominados, porque más allá de la retórica para ganar una campaña electoral, lo está en juego es el futuro del mundo libre, que demanda soluciones y oportunidades para todos.

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