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CUBA

Treinta y dos muertos en Venezuela y una mentira que quedó grabada para el régimen cubano

Así se confirma la injerencia del régimen castrista en los asuntos internos de Venezuela

Por CARLOS ARMANDO CABRERA

MIAMI.- Durante años, el gobierno cubano negó de forma categórica cualquier presencia militar en Venezuela. No fue un silencio diplomático ni una evasiva calculada. Fue una negación directa, pública y grabada.

El 1 de mayo de 2019, Johana Tablada, entonces subdirectora de la Dirección General de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (MINREX), afirmó públicamente que “no hay tropas cubanas en Venezuela” y que “no es posible retirar tropas que son inexistentes”, negando con cinismo la presencia militar cubana fuera de la isla.

Hoy, Tablada, que se desempeña como embajadora y segunda jefa de misión en la embajada de Cuba en México, se ve obligada a tragarse sus propias palabras, demostrando cómo el aparato de poder que tanto defiende castiga la verdad y premia la mentira dentro de una diplomacia al servicio de la injerencia.

La prueba irrefutable es que la declaración quedó registrada en video como posición oficial del Estado cubano.

No fue un parte rutinario ni un comunicado más del Noticiero de la Televisión Cubana controlado por el Departamento Ideológico del Consejo de Estado y Ministros. Fue una admisión dolorosa, directa, imposible de maquillar.

Los muertos según reconocieron oficialmente se encontraban en territorio venezolano cumpliendo funciones vinculadas a estructuras de seguridad y defensa. Sus nombres no se difundieron de inmediato, pero su ausencia empezó a sentirse de golpe en decenas de hogares de la isla, donde el silencio suele ser la antesala del luto porque queramos o no son seres humanos.

La magnitud de la pérdida obligó al régimen cubano a dar un paso poco frecuente: Miguel Díaz-Canel decretó duelo nacional por dos días hasta el 6 de enero. Banderas a media asta. Actos oficiales sobrios. Mensajes solemnes. Un país detenido simbólicamente para honrar a quienes, según la narrativa oficialista, murieron “cumpliendo su deber”. Pero este gesto puede interpretarse desde otro trasfondo: para muchos, podría ser una trama diseñada para evitar cualquier acto de celebración por parte de los cubanos en la isla, que también claman por su liberación y porque se haga justicia.

En su declaración, el mandatario habló de dolor, de indignación y de heroísmo. Enmarcó las muertes dentro de una lógica de resistencia y agresión externa, y elevó a los caídos a la categoría de mártires. Pero más allá del discurso, el hecho desnuda una realidad que durante años se intentó mantener en penumbra: la presencia directa y activa de sus tropas en el entramado de poder venezolano, ahora saldada con sangre.

Sin mencionar los muertos en sus cárceles, los jóvenes obligados al servicio militar, quienes cruzan el estrecho de la Florida, o se arriesgan como yo en travesías por la selva del Darién y los escenarios más trágicos del narcotráfico en Centroamérica y México huyendo de su represión; por solo citar algunos ejemplos, que también han dejado familias devastadas por décadas de ausencia y dolor.

No olvidemos que a lo largo de los años, Fidel Castro envió a sus ciudadanos a pelear y morir en campos de batallas fuera del territorio nacional. Mas allá de Angola, donde las cifras indican que fueron alrededor de 300 000 efectivos los que lucharon durante más de 15 años entre 1975 y 1991 y miles murieron en combate. También hubo presencia militar en Etiopía durante la guerra de Ogaden, apoyo armado en Mozambique, fuerzas y entrenadores en Nicaragua, y asesores en otros países africanos como Congo, Guinea-Bissau o Yemen del Sur. Esta práctica no fue ni es un hecho aislado, sino parte de una política exterior del castrismo basada en la intervención y la proyección de poder, que ha costado vidas cubanas y destruido familias enteras a lo largo de décadas.

La madrugada del sábado 3 de enero de 2026, en medio de los hechos que precipitaron el quiebre del régimen de Nicolás Maduro, esa versión se hizo insostenible. Treinta y dos cubanos murieron en Caracas, y fue el propio gobierno de La Habana el que terminó reconociéndolo públicamente como un titular de impacto directo.

No se trataba de personal civil, ni de cooperación médica, ni de otras de sus misiones improvisadas que durante años pactaron ambas jerarquías y que Cuba respondía a cambio del petróleo venezolano, que tanto critican: es el interés mayor de Estados Unidos, como si no fuera también el de ellos, entre las tantas otras migajas que por años han recibido del chavismo.

Lo ocurrido el sábado no fue un episodio aislado ni una escaramuza menor. Fue parte de una operación de gran escala que culminó con la captura del principal eje de un cáncer que ha contaminado a Latinoamérica, y que dejó un saldo humano que trasciende nacionalidades. Los 32 cubanos muertos son la evidencia más contundente de que el conflicto venezolano dejaron hace tiempo de ser exclusivamente venezolano, y que en su entramado participan actores externos comprometidos hasta las últimas consecuencias.

Para Cuba, el golpe es doble. Humano, por las vidas perdidas. Político, porque el reconocimiento público de esas muertes rompe con años de negaciones, ambigüedades y silencios calculados. Admitir bajas en el extranjero es admitir involucramiento. Y admitir involucramiento es aceptar costos.

Los soldados cubanos muertos formaban parte del esquema de seguridad del narcodictador Nicolás Maduro, integrados en su anillo de protección más cercano. Esa sola realidad desmiente años de negaciones oficiales y bien confirma el carácter injerencista de la dictadura cubana en los asuntos internos de Venezuela. Si no había tropas, no podía haber escoltas armados. Si no existían, no podían morir defendiendo a un dictador extranjero.

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Del discurso a los hechos

El régimen de la isla pasó de negar su presencia a admitir bajas fuera de sus fronteras. No por voluntad, sino porque los hechos lo forzaron. El desplome del poder chavista arrastró consigo la red que lo sostenía, y dejó expuesto el rol de Cuba como actor operativo, no como espectador.

Estos 32 cubanos no murieron defendiendo a su país. Murieron sosteniendo a un régimen ajeno, enviados por un Estado que primero negó su existencia y después los convirtió en cifra oficial.

El contraste es imposible de esquivar:

2019: “No hay tropas cubanas en Venezuela”.

Hoy: muertos cubanos reconocidos en funciones de seguridad ligadas al poder venezolano.

No es una contradicción menor. El video ya no es archivo histórico. Es prueba de una mentira oficial. No es que el régimen “cambiara de versión”. Es que la realidad lo alcanzó.

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La caída del andamiaje de Maduro dejó al descubierto algo más que abusos internos: expuso la red de apoyos externos que lo sostuvo durante años. Cuba fue parte de ese engranaje. Activa. Presente. Determinante.

La muerte de estos 32 cubanos confirma que la relación entre ambos regímenes no fue simbólica ni ideológica, sino operativa.

El poder de los Castros no solo intervino políticamente en Venezuela. Intervino con hombres armados, integrados en la estructura que garantizaba la supervivencia de la dictadura chavista. El precio lo pagaron cubanos enviados lejos de casa, utilizados como piezas de una maquinaria de poder que ahora se derrumba.

Pero fuera de los actos protocolares, quedan preguntas sin responder:

Preguntas que, por ahora, no forman parte del discurso oficial, pero que sobrevuelan el ambiente político y social de la isla.

La captura de Maduro no solo marca el inicio del fin de un régimen que durante 27 años ha sumido a Venezuela en la pobreza, la opresión y la ausencia absoluta de democracia; también allana el camino hacia la recuperación institucional del país y expone a quienes lo sostuvieron desde las sombras. Da esperanza a quienes siguen sufriendo por estos males en la región.

Treinta y dos cubanos murieron defendiendo una mentira. Y esta vez, la mentira quedó grabada para siempre. Mientras Cuba guarda duelo y Venezuela intenta recomponerse tras el terremoto político, una certeza queda flotando en el aire: la operación militar estadounidense del sábado dejó muertos que no eran visibles hasta ahora, y un conflicto que ya no admite disfraces.

La historia no juzga por discursos. Juzga por hechos.

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