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OPINIÓN

Ansiedad social: cuando el miedo se disfraza de timidez

La ansiedad social se manifiesta de muchas formas: rubor en la cara, sudoración en las manos, taquicardias, temblores, bloqueos mentales, ganas de salir corriendo

Por Dra VIOLETA GARCÍA

Hay quien dice que es tímido. Que le incomoda hablar en público, que lo pasa fatal si tiene que entrar solo en un sitio nuevo, que se queda en blanco cuando alguien le hace una pregunta inesperada en una reunión. Dicen que es vergüenza, que no les gusta llamar la atención. Y aunque todo eso puede formar parte del carácter, a veces hay algo más profundo que se cuela por debajo: la ansiedad social.

No hablamos solo de nervios. No es simplemente “ser introvertido”. La ansiedad social aparece cuando la sola idea de estar expuestos a la mirada de los demás genera un malestar desmedido. Cuando asistir a una cena, participar en una reunión o incluso responder en un grupo de WhatsApp del trabajo se convierte en un verdadero reto. Es ese miedo persistente a ser juzgados, a equivocarse, a quedar mal, a no saber qué decir… a no estar “a la altura”.

La ansiedad social se manifiesta de muchas formas: rubor en la cara, sudoración en las manos, taquicardias, temblores, bloqueos mentales, ganas de salir corriendo. Por dentro, el diálogo interno no ayuda: “Seguro que piensan que soy un desastre”, “se me nota que estoy nervioso”, “ya no sé ni lo que estoy diciendo”. Es como estar atrapado en un escenario con todos los focos apuntando hacia uno mismo.

En algunos casos, esto lleva a evitar situaciones: se rechazan invitaciones, se posponen reuniones, se cancelan planes a última hora. En otros, uno acude, pero con un malestar enorme por dentro, deseando que todo acabe cuanto antes. A veces intentamos compensarlo con un exceso de preparación —ensayando mentalmente cada palabra antes de decirla— o con un perfeccionismo agotador. Todo con tal de no meter la pata, de no quedar en evidencia.

Lo curioso es que muchas personas que padecen ansiedad social son, en realidad, muy sensibles, empáticas y observadoras. Les importa cómo se sienten los demás. Suelen tener un gran sentido del respeto, de la responsabilidad y del cuidado. Pero esa misma sensibilidad, cuando se vuelve hacia dentro en forma de autoexigencia, se transforma en una fuente constante de angustia.

Y aquí va una pregunta para parar un momento y pensar: ¿Y si en lugar de preguntarnos “qué pensarán de mí”, empezamos a preguntarnos “por qué me cuesta tanto mostrarme tal y como soy?”

Porque nadie nace con ansiedad social. Es algo que se va formando poco a poco. A veces tiene que ver con una infancia donde se valoraba más el comportamiento correcto que la espontaneidad. O con experiencias en las que alguien se rió de nosotros o nos hizo sentir torpes. O simplemente con haber crecido sintiendo que había que ser impecables para ser aceptados. Sea cual sea el origen, hay algo importante que no debemos olvidar: esto tiene solución.

Lo primero es poder ponerle nombre. Reconocer que lo que sentimos no es raro ni es un defecto, sino algo más común de lo que pensamos. Lo segundo es aprender a mirar esas sensaciones sin juicio, entendiendo que lo que sentimos es el cuerpo activando una alarma… aunque en realidad no haya ningún peligro real. Y lo tercero: saber que no estamos solos. Mucha más gente de la que creemos se siente así, aunque lo disimulen de maravilla.

A partir de ahí, se puede ir avanzando. Hacer pequeñas exposiciones, poco a poco, en situaciones manejables. Atreverse a hablar con alguien nuevo sin tener el discurso preparado, levantar la mano en una reunión aunque no estemos cien por cien seguros de lo que vamos a decir, hacer esa llamada incómoda que llevamos días posponiendo. No para forzarnos, sino para demostrarnos que no pasa nada por ser quienes somos. Que se puede sentir inseguridad y aun así seguir adelante. La ansiedad social no desaparece de la noche a la mañana, pero con comprensión, práctica y, si hace falta, acompañamiento profesional, se puede aprender a gestionarla. Lo importante no es dejar de sentir nervios, sino que esos nervios no tomen las riendas de nuestra vida.

Y, sobre todo, recordar algo esencial: no tenemos que gustarle a todo el mundo. Pero sí merecemos estar en paz con nosotros mismos, y sentirnos a gusto dentro de nuestra propia piel.

Violeta García. Psicóloga

IG violeta_garcia_psicologia

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