El acercamiento de la Casa Blanca hacia nuestro hemisferio nos hace retomar el aliento nuevamente con optimismo por el detalle que se le presta desde el Gobierno de Estados Unidos a una región que se observaba con cautela y timidez durante la administración de Barack Obama.

Ese optimismo obedece a la necesidad de contar con aliados que sí tomen en cuenta el esfuerzo de esos países, cuyos mandatarios asumen a sus pueblos como integrantes de un gran aparato productivo, que coquetea con mercados de capitales fortalecidos y en expansión replanteada.

La reciente gira por Centroamérica de la embajadora de Estados Unidos ante la Organización de Naciones Unidas, Nikki Haley, deja clara la intención de la administración de Donald Trump de reconocer la constante lucha contra vicios anclados por gobiernos populistas y de izquierda que permitieron la instalación de ejes de corrupción soportados sobre recicladas centrífugas de narcotráfico y crimen organizado.

La embajadora Haley ya adelantó que otros integrantes del gabinete estadounidense visitarán de nuevo la región para retomar estos compromisos. Tras reunirse con el presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, a finales de febrero, reconoció y agradeció el trabajo de este jefe de Estado y su equipo contra males que se identifican como enemigos mutuos entre Tegucigalpa y Washington.

Además, en sus palabras, la embajadora ventiló su voluntad para exponer al sector privado norteamericano el potencial de inversión contenido en Honduras, promesa sostenida por el presidente Hernández durante su toma de posesión después de su reelección. Sin duda, que este reconocimiento diplomático, con la visita en el campo centroamericano de Haley, es un punto de avance en corto tiempo de compromisos asumidos en la campaña electoral y que más allá de demagogia, se traduce en objetivo en desarrollo.

Haley dijo que el 2018 sería “el año de las Américas”, al reiterar que el Gobierno de Trump valora acciones como los planes antinarcóticos en conjunto para garantizar la tranquilidad de la región.

El objetivo es “recuperar la paz que merece el pueblo”, así lo reafirmó Juan Orlando Hernández junto a Haley, sin dejar a un lado su apuesta por el diálogo político-social emprendido con la oposición de su Gobierno. Sepultar el hacha de la guerra ya es un deber entendido por algunos representantes adversos a este Gobierno que insistían en una agenda de violencia con expresiones importadas desde Venezuela y Cuba.

No por casualidad Nicolás Maduro y su cártel de cocaína y petróleo fueron tema de discusión en esta gira diplomática. Siempre retumbará en las almas de quienes creemos en la libertad cómo se refieren a Venezuela como un país que “tenía una democracia exitosa y ahora está en manos de una dictadura donde las personas ruegan por sus necesidades”, dicho así por la embajadora Haley.

Tampoco quedo por fuera el recordatorio del presidente Hernández hacia la lucha por el TPS a favor de los hondureños en Estados Unidos. Si bien este recurso inmigratorio ya está eliminado para algunas nacionalidades, en Honduras aún hay esperanzas de alcanzar un acuerdo que ayude a miles de nacionales de ese país y darles un trato justo.

Esta visión integral de desarrollo con apoyo de una potencia preocupada por aliados regionales podría ser referencia en naciones vecinas, lástima que este ejemplo no sea repetido con frecuencia.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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