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OPINIÓN

El credo del agradecimiento

La gratitud se presenta como una profesión de fe, esencial para los cubanos que buscan sanar tras tiempos de idolatría política y olvido del verdadero tesoro.

Por ZOÉ VALDÉS

Dar gracias no es una cortesía aprendida ni una fórmula para cerrar las heridas con una sonrisa. Dar gracias, cuando se hace desde el fondo del alma, es una forma de credo: una profesión de fe ante Dios, ante la vida y ante las señales que Él va poniendo en el camino. A veces esas señales llegan en forma de luz, de amor, de ternura inesperada; otras veces aparecen como temor, dolor, abandono o cicatriz. Pero incluso entonces, cuando el alma se encoge y parece no comprender, la gratitud se convierte en una lámpara interior. No explica todo, no justifica nada, pero permite mirar lo vivido sin negar la presencia de Dios en medio de la prueba.

El Credo del Agradecimiento nace de esa certeza: Dios no abandona, aunque su lenguaje sea a veces misterioso. Pone personas, acontecimientos, pérdidas, encuentros, exilios y regresos como estaciones de una peregrinación íntima. Hay quienes nos hacen sentir amor y nos revelan la dulzura de estar vivos. Hay quienes nos hacen sentir temor y dolor, y sin embargo también nos enseñan, por contraste, la medida de nuestra fe. Agradecer a unos y a otros no significa confundir el bien con el mal, ni santificar la herida recibida; significa reconocer que el alma, cuando permanece abierta a Dios, puede convertir incluso la espina en memoria, y la memoria en oración.

Las cicatrices de Jesús debieran sentirse más latentes en nuestra época. De ninguna manera como adorno devocional, ni mucho menos como imagen colgada en una pared, sino como carne viva del amor sacrificado. El costado abierto de Cristo, sus manos atravesadas, sus pies heridos, son la gramática suprema de una entrega que no pidió garantías. En esas cicatrices antiguas de las piernas del amado se descubre que el amor verdadero no es sentimentalismo, sino permanencia; no es una emoción fácil, sino una fidelidad capaz de arder incluso cuando todo parece perdido. Volver a las cicatrices de Jesús es volver a la fuente de la Luz.

Los cubanos, tantas veces heridos por la historia, por el desarraigo, por la idolatría política y por la sustitución de lo sagrado por lo brutal, necesitan también regresar a esas cicatrices. Durante demasiado tiempo, muchos renegaron del Sagrado Corazón y pusieron la foto de La Bestia en el sitio del que habían bajado la Luz verdadera. Durante un tiempo barajaron la idea de que sentirse adoradores o adorados no confundía en la sustitución, cualquiera valía para ellos, no dignificaron ni valoraron el verdadero y auténtico tesoro. Allí donde antes ardía una promesa de misericordia, se instaló entonces el miedo y la falta de fe; donde se veneraba el corazón traspasado de Jesús, se impuso la imagen de la obediencia ciega. Y cuando un pueblo cambia la Luz por la traición, no basta con culpar al otro: hay que revisar el alma, interrogar la propia inconsistencia, preguntarse cuándo se perdió la capacidad de agradecer.

Porque la ingratitud no aparece de golpe. Primero se vuelve costumbre el gesto de mirar sólo la carencia. Después se culpa al prójimo de todos los vacíos. Finalmente se deja de reconocer el sacrificio de tantos años: el de los padres, el de los abuelos, el de los exiliados, el de los presos, el de los que callaron para proteger a otros, el de los que se fueron sin nada, solamente con una oración, el de los que se quedaron custodiando ruinas. El Credo del Agradecimiento exige mirar ese sacrificio sin cinismo. Exige decir: gracias por lo que me salvó, gracias por lo que me dolió, gracias por lo que me obligó a crecer, gracias por la claridad que llegó después de tanta sombra.

Agradecer también es volver a amar a Jesús por encima de cualquier entrega humana, definitiva o no. Los amores de la tierra pueden ser luminosos, intensos, impuros, sublimes, contradictorios. Pueden conducirnos al altar secreto del corazón del otro o dejarnos de rodillas ante una ausencia. Pero ninguno debe ocupar el lugar de Dios. Si un amor nos llevó a sentir de forma profunda e inédita la entrega, demos gracias. Si ese amor tuvo impurezas que en su momento nos parecieron las más altas de las purezas, demos gracias también, no para justificar el extravío, sino para reconocer que incluso allí el alma buscaba una forma de absoluto. Dios sabe leer nuestras desviaciones mejor que nosotros.

Existen cicatrices que se encuentran tras una larga y atenta peregrinación en el alma del otro: marcas semi borradas en las piernas del amado, señales que hablan sin pronunciarse, heridas que brotan como ojos de pescado en el alma de una antigua diosa. El amor verdadero no se escandaliza ante esas marcas; las contempla con respeto. Del mismo modo, la fe madura no se escandaliza ante las cicatrices de Cristo, sino que aprende a tocarlas con la mirada. Allí, en la herida, está la prueba de que Dios no amó desde lejos. Se encarnó, padeció, sangró, perdonó. Y por eso la gratitud cristiana no es abstracta: tiene cuerpo, tiene sangre, tiene memoria.

Nacer en un solar y tener una abuela irlandesa pueden parecer datos dispersos de una biografía, pero bajo la mirada de Dios se vuelven indicios potentes. El solar enseña la intemperie, la mezcla, la resistencia, la pobreza que no siempre destruye la dignidad. La abuela irlandesa trae otra raíz, otra memoria, quizá otra forma de rezar, como hacerte creer que eres esa Astarté, la de las nueve olas, y la que colecciona piedras puntiagudas. Ambas cosas pueden conducir al altar de la iglesia de la Merced, a ese lugar donde la infancia, la fe y la pertenencia se encuentran -y me hallaron. Y luego el exilio, con su desgarro, puede conducir al corazón de alguien de la mano de Dios. Nada queda fuera de la pedagogía divina cuando se mira con gratitud.

De ahí que el Credo del Agradecimiento no es ingenuo. No dice que todo fue bueno. Dice que Dios estuvo. Dice que la claridad pudo ser puesta en los ojos aun después de la traición, aun después del miedo, aun después del desasido transe. Dice que las heridas de Jesús siguen abiertas para que volvamos a ellas, no como derrotados, sino como hijos que reconocen el precio del amor. Dice que Cuba, si quiere sanar, tendrá que recuperar el Sagrado Corazón que cambió por ídolos de fango, consignas y retratos de muerte. Tendrá que aprender otra vez a postrarse, no ante La Bestia, sino ante la Luz.

Agradecer es un acto de libertad. Quien agradece deja de ser esclavo del resentimiento. Quien agradece no olvida, pero tampoco queda encadenado al agravio. Quien agradece comprende que el amor recibido, aun imperfecto, fue una visitación; que el dolor padecido, aun injusto, puede convertirse en escuela; que las señales de Dios no siempre llegan envueltas en consuelo. A veces llegan como una pregunta, como una pérdida, como una frontera, como una puerta cerrada, como un espíritu que se abre cuando ya no esperábamos nada.

Yo agradezco. Agradezco el amor que me permitió sentir la entrega. Agradezco sus impurezas, porque en aquel momento fueron para mí las más altas de las purezas, las más sublimes. Agradezco el camino, las señales, las cicatrices, la iglesia, el solar, la abuela, el exilio, el corazón encontrado, la claridad que quise poner en sus ojos. Agradezco a Dios por haberme conducido incluso cuando yo no sabía hacia dónde iba hacia esto otro. Y si alguna vez alguien cambió la Luz por una sombra, que Él le conceda la humildad de saberlo, de enterarse, de renunciar a la soberbia. Gracias eternas por Jesús, por su sacrificio, por su Corazón vivo, por la posibilidad del Credo otra vez en el acto sagrado de agradecer.

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