El 27 de octubre de 2026 Israel vota, será la primera elección después de la masacre del 7 de octubre de 2023 y de las guerras de Gaza, Líbano e Irán. Asimismo, será la primera desde 1988 en que el parlamento agotó su mandato completo. Esos cuatro años fueron también un experimento político; con los partidos ultraortodoxos, Shas para los sefardíes y Judaísmo Unido de la Torá para los asquenazíes, y obtuvieron todo el poder que un socio de coalición puede acumular.
El precio del amigo Imaginario
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Estos partidos defienden un privilegio que nació con el Estado. En 1948 Ben Gurión eximió del servicio militar a unos 400 estudiantes de Torá, eran los restos de un mundo que el nazismo quemó. Hoy los varones ultraortodoxos aptos para el servicio son unos 72.000, y en su mayoría ignoraron las órdenes de reclutamiento mientras el ejército reclama con urgencia 12.000 nuevos soldados. La excepción se volvió sistema y esté se convirtió en casta. El pacto es que el joven ultraortodoxo estudia, no trabaja, no se enlista y el Estado paga.
La justificación está en que su estudio y su rezo protegen a Israel más que los soldados. Dicho sin eufemismos, hablan con su amigo imaginario y presentan esa conversación como un escudo estratégico. Del otro lado hay padres que entierran hijos de 19 años. Explicarles a esos padres que el amigo imaginario custodia las fronteras es tratarlos de idiotas. Hay un agravante que vuelve todo peor, porque los dirigentes religiosos saben que del otro lado nadie les cree. Y aunque lo saben, insisten. Esa persistencia ya no es fe sino desprecio porque sus críticos no son ignorantes del judaísmo, sino conocedores de la tradición que distinguen entre vivirla y usarla como coartada.
Con el poder fueron por todo y obtuvieron presupuestos históricos para sus instituciones y, en la última semana del parlamento, dos leyes a medida; una que consagra el estudio de la Torá como valor fundacional del Estado y otra que frena los arrestos de los evasores del servicio. La Corte Suprema congeló la segunda casi de inmediato, según el patrón de estos cuatro años, y para cada conquista legislativa hubo una poda en los tribunales. Entre tanto, el fallo decisivo llegó en junio de 2024, cuando la Corte estableció que el Estado no está autorizado a girar subsidios por estudiantes sin exención ni prórroga legal. Esa frase técnica une las dos cosas que ellos creían separadas: el reclutamiento y el dinero.
Porque el talón de Aquiles no es teológico sino contable. Las yeshivás reciben en promedio un 28% de su presupuesto del Estado, y en las instituciones donde estudia el 40% de los alumnos del país el aporte estatal supera el 40%. La prohibición de fondos alcanzó a 1.257 yeshivás con unos 49.500 estudiantes. El resto llega de las donaciones privadas y del trabajo de las esposas. El empleo femenino ultraortodoxo saltó del 56% al 77% en una década mientras el masculino quedó estancado cerca de la mitad, y hoy ellas registran un máximo histórico de empleo mientras la mayoría de los hombres jóvenes sigue sin trabajar. Las esposas se esfuerzan para que los maridos estudien. Entre tanto, el amigo imaginario no paga sueldos, los pagan ellas, los donantes y el contribuyente.
Ese pagador de impuestos se cansó. Cerca del 70% de los judíos israelíes apoya el reclutamiento de los ultraortodoxos; y el 85% de los no ultraortodoxos opina que se debe sancionar a los evasores, incluso quitarles los beneficios estatales. En un país donde los reservistas acumulan años de guerra, la exención dejó de ser una rareza tolerada y pasó a ser una ofensa. La dirigencia religiosa pudo usar sus cuatro años de poder para tender un puente, para ofrecer algo, para negociar su ingreso gradual al esfuerzo común a cambio de proteger sus estudios. Sin embargo, eligió lo contrario, porque se blindó, exigió más y hasta salió a la calle. Durante el verano de 2026, sábado tras sábado, manifestantes ultraortodoxos intentaron el cierre de un café de Jerusalén por abrir en Shabat, llegaron a forzar las barreras policiales y a chocar con los clientes. Cada empujón fabricó votos para sus adversarios.
El más duro de esos adversarios desmiente, con su propia casa, la excusa de la persecución religiosa. Avigdor Liberman exige el reclutamiento universal y ya anunció que no habrá lugar para partidos ultraortodoxos en el próximo gobierno. Liberman es secular, pero su esposa y su hija se volvieron ortodoxas. Nadie que odie la religión convive con ella en su mesa, lo que se rechaza no es la fe sino el pretexto que exime de lo que todos los demás cumplen.
El balance electoral encierra la lección. Mientras tanto, las encuestas les conservan sus bancas de siempre, porque su electorado es cautivo y crece por demografía, pero esas bancas ya no compran nada. Es plausible que tras el comicio queden excluidos de toda coalición y relegados a la oposición por años, mientras la Corte ejecuta los cortes de fondos sin preguntarles. Por lo tanto, ganaron cada batalla y perdieron la guerra. Alguien dirá que siempre les queda emigrar, pero no lo harán. En ningún otro país el Estado financia el estudio perpetuo; los ultraortodoxos de Estados Unidos trabajan y estudian carreras porque nadie les paga. La mirada corta de estos dirigentes consistió en creer que se adueñaban de un país cuando solo agotaban su paciencia. El amigo imaginario les susurró que eran indispensables, pero la imaginación tiene ese defecto: dice siempre lo que uno quiere oír.
Las cosas como son.
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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