El perrito Leo llegó a esta casa hace poco más de un año. Yo no quería tener un perro en mi casa. Me oponía resueltamente. Temía que no me dejase dormir. Mi esposa no me hizo caso. Lo trajo de todos modos.

Leo es ahora mi hijo. Lo quiero como si fuese el hijo que no pude tener. Me ha educado sentimentalmente. Me ha enseñado formas de amor que no conocía. Me ha mostrado una lealtad y una nobleza que yo ignoraba y con seguridad no habitan en mí.

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Leo es, en todo sentido, una criatura o un ser vivo mejor que yo. Si me comparo con él, me siento miserable. Si lo observo, aprendo: me hago menos tonto o más sensible, me elevo espiritualmente, me convierto en una mejor persona. Leo es mi maestro espiritual, mi profesor sentimental. Observándolo, consigo explicar muchas cosas oscuras de mi vida.

Cuando mi padre llegaba a la casa, yo no me alegraba, me escondía de él, le tenía pavor, huía de su mal genio y su violencia física. Cuando llego a la casa, Leo no se esconde de mí. Al contrario, corre a saludarme, da saltos de felicidad, ladra eufórico, se alegra como si no me hubiese visto en días, y solo había dejado de verme unas pocas horas.

Cuando me siento a escribir o leer, Leo comprende que no debe interrumpirme. Tranquilo, le digo, y él entiende. Se echa no muy lejos de mí y descansa. Necesita verme, estar cerca de mí. No demasiado cerca, tampoco demasiado lejos. Sabe la distancia perfecta. Me da mi espacio y ocupa el suyo. Al mismo tiempo, me protege. Porque si me da un ataque de tos, o si estornudo, o si bostezo, se preocupa enseguida y viene a mirar que todo esté bien. A pesar de que es un animalito pequeño, se siente responsable de que yo, un hombre mayor, fatigado, obeso, esté bien. Cualquier ruido raro enciende su alarma y lo lleva a inspeccionar que todo esté bien conmigo.

Cuando me siento a comer, le gusta comer lo mismo que yo. Se sienta a mis pies y espera. No come todo lo que yo como. No come frutas. No come huevos revueltos. Le encanta el pollo, las papas fritas, el jamón, el queso. Sobre todo, le gusta el chocolate. Yo sé que no debo darle chocolate. Pero a veces llora tanto que me convence y le doy una pizca. El problema es que, después de comer chocolate, se pone muy acelerado. Mi esposa me dice que el chocolate es para Leo lo que la cocaína era para mí. Me ruega que no le dé más chocolate. Le prometo que seré obediente. No siempre cumplo.

No sabía que Leo podía ser tan celoso. Es sumamente posesivo. Según su cuidadora chilena, él me ve como “la fuente de la felicidad”. Si bien ama a mi esposa y a nuestra hija, a mí aparentemente me quiere más, tal vez porque sabe que puedo darle una felicidad más duradera o consistente, que poseo los recursos y la voluntad para procurarle esa felicidad. Entonces se pone celoso con cualquiera que se acerca a mí y me expresa afecto de un modo físico. Cuando mi hija llega del colegio o del campamento de verano, Leo corre y, antes de que ella pueda darme un beso o un abrazo, salta sobre mí y me besuquea incansablemente, impidiendo que yo pueda besar a mi hija. Es una manera de decirme: a mí me besas primero, a mí me quieres más. Cuando mi esposa y yo queremos hacer el amor, tenemos que sacarlo del cuarto. Luego se queda al pie de la puerta y no para de ladrar, gemir y protestar. Sabe que estamos amándonos, escucha los sonidos de la intimidad amorosa y, por lo visto, enloquece de celos. Cuando hemos terminado y nos hemos vestido, abrimos la puerta. Enseguida entra a olisquearlo todo, como el policía del erotismo, el inspector de los encuentros sexuales. Nada le gusta más que oler entrepiernas y lamer secreciones íntimas de las sábanas. No tiene asco. Tiene celos. Es su manera de querernos. Si no lo sacamos del cuarto cuando hacemos el amor, sube a la cama, se interpone entre nosotros y nos besa de un modo enloquecido, como diciéndonos que no podemos amarnos sin incluirlo a él. Nunca había visto a un ser vivo tan celoso. Lo amo por eso. No tiene remedio.

Como yo, mi hijo Leo es perezoso y consentido. No le gusta salir a correr ni a caminar. Lo hace muy a su pesar, cuando lo obligamos. Le gusta estar en la casa, cerca del aire acondicionado, en un punto fresco. A veces sale y camina a la piscina y baja el primer peldaño y se echa a refrescarse. No necesita que nosotros estemos en la piscina para darse un baño a su aire. Elige por su cuenta cuándo quiere bañarse. Luego sale refrescado y con ganas de correr y jugar. Parece un loco cuando sale de la piscina. No hay quien pueda detenerlo. Yo le grito coquero, coquero, coquero, y lo persigo.

Todas las mañanas a las ocho en punto, su cuidadora chilena pasa a buscarlo. Leo la espera con impaciencia. Se alegra mucho cuando la ve. Se va con ella y otros perros que son sus amigos o con perras que son sus novias. Se ha montado a un par, por suerte no las preñó. Pero ya se ha inaugurado sexualmente. Ama a su cuidadora. Pasa con ella toda la mañana. A veces van al parque o a la playa o a la casa de la cuidadora que tiene un jardín y una piscina. Regresa a nuestra casa a las tres en punto de la tarde. Apenas entra, corre a buscarme y me encuentra en el sillón de siempre. Cómo se alegra al verme, cómo lloriquea de emoción, cómo me demuestra cuánto me quiere: nunca nadie se alegró tanto de verme como se alegra Leo. Cuando viajamos, mi esposa ya no quiere llevarlo con nosotros. Dice que es muy agotador. Prefiere dejarlo con la cuidadora chilena, que cada día nos manda fotos de Leo con sus conquistas amorosas. Lo extrañamos mucho. Y nos da una enorme alegría cuando se reencuentra con nosotros. Ya es parte de la familia.

A veces, pasada la medianoche, estoy exhausto y Leo quiere jugar conmigo. No doy más y sin embargo me convence. Me echo en la alfombra y nos revolcamos y arrojo sus juguetes para que los traiga excitado y yo trate de arrebatárselos, mientras él los muerde con fuerzas. Es sorprendente el poder que tiene sobre mí. Consigue cosas que ningún humano conseguiría. Por ejemplo, sacarme de la cama a las dos de la mañana para jugar un momento con él.

Antes veía con repugnancia que las personas se diesen besos con sus perros. Pensaba, asqueado, ignorante: sabe Dios qué inmundicias habrá lamido ese perro. Ahora me siento en la gloria cuando Leo viene corriendo, salta sobre el sillón y me llena de besos sin razón alguna, solo porque quiere demostrarme cuánto me quiere. Es un tipo de beso apasionado, fraternal, entre varones, entre padre e hijo, exento de todo deseo, pero sobre todo desprovisto de todo prejuicio estúpido: ¿por qué dos lenguas de perro macho y hombre no tan macho no podrían tocarse levemente, como prueba de lo mucho que se quieren?

El problema es que a veces Leo tiene mal aliento y de todos modos viene a besarme como si fuera el fin de los tiempos. Entonces es una verdadera prueba de amor. A pesar de que apesta, nos besamos, no lo rechazo, no lo humillo, alejándolo de mí. Me cuesta trabajo besarlo cuando su aliento huele a atún, principalmente. Porque Leo es un perro que se cree gato: cuando regreso de la televisión, olisquea los frascos de plástico en los que he llevado atún a los gatos del canal y se come todos los restos de atún, tal vez porque sospecha que, aparte de alimentarlo a él, también me preocupo de dar de comer a los gatos del canal. Lo cierto es que su aliento a atún puede ser tremendo y sin embargo dejo que me bese. Si mi esposa tuviese aliento a atún o cebolla, no me besaría, comería antes un caramelo de menta. Leo no tiene esos remilgos, me clava su lengua con atún y así no más son las cosas.

Cuando viajo, como ahora, que voy dos días a Lima, lo extraño muchísimo. El momento en que más lo echo de menos es cuando regreso a mi apartamento, o al hotel, y nadie me espera, nadie me festeja, nadie salta de emoción al verme. En ese momento de soledad y silencio, pienso en Leo y me doy cuenta de cuánto lo necesito.

Por eso me aterra que a mi hijo le pase algo malo y muera antes que yo. Lo quiero tanto que ya no imagino la vida sin él. Ha llenado mi vida de una felicidad pueril, básica, adolescente, que me devuelve a la infancia, solo que con Leo soy el niño que no pude ser con mis padres: con ellos estaba siempre replegado, asustado, callado, esperando un grito, una bofetada, un correazo en las nalgas, una sesión de plegarias contritas: vivir con mis padres era sobrevivir en un cuartel y una parroquia al mismo tiempo. Leo me convierte en un niño, pero ahora soy un niño libre, sin miedo, sin complejos, un niño que vive en una casa muy grande y tiene mucho dinero y adora jugar con su hijo perro, sin pensar en la política o el dinero o las intrigas familiares. Porque Leo no pide nada, salvo afecto y comida. No espera que le mande dinero, no me promete que vendrá a visitarme y luego no viene, no me prohíbe que suba fotos con él a mi página de Facebook, no me hace reproches ni me llena de culpas: Leo solo quiere estar conmigo, jugar conmigo, capturar el momento conmigo y demostrarme todo el amor que otras personas de mi familia, resentidas o distanciadas por esto que dije o aquello que escribí, prefieren negarme, en represalia o castigo por lo imperfecto que soy.

Con Leo todo es perfecto porque todo es el caos. No hay reproches ni recriminaciones por las cosas del pasado, no hay planes ni ambiciones pensando en el porvenir. Mi hijo y yo sabemos que nuestro horizonte de vida es corto, unos pocos años más, y por eso nos entregamos sin reservas, alocadamente, a la tarea de ser felices. ¿Cómo somos felices? Leo echado patas arriba, yo sobándole la panza, acariciándole las orejas, besándolo, y diciéndole mi machirulo, mi papichulo, mi palito bombón. Leo me mira como si fuera el rey león, y yo lo adoro como su padre viejo y orgulloso de él.

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