Nos corresponde, ahora como nunca y lo enseña la Biblia, separar la paja del heno. Urge entendamos la cuestión de trasfondo que hoy hace presa del mundo y comienza a mostrarse sin máscaras en sus reales dimensiones, luego de ocurrida la pandemia del coronavirus.

No debemos dejar –apelo igualmente a la enseñanza medieval escolástica– que los particulares concretos –la cuarentena, la violencia de calle en Estados Unidos, los abusos de las “dictaduras constitucionales” en marcha, los enfermos– impidan captar las esencias. Me refiero a los universales abstractos que se sobreponen a las realidades cuando a ellas nos aproximamos y buscamos entenderlas, en sus contextos, como partes de un conjunto que las explica.

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Así evitaremos caer en las manipulaciones intelectuales que están a la orden, sobre las redes o autopistas de la información. Ello, sin mengua del humano sesgo que toda apreciación u observación de la misma realidad objetiva implica, y la consideración de que al cabo cada ser humano es una experiencia una, única, e irrepetible. Tanto como este ha de verse y tiene derecho a ser considerado como igual en dignidad ante los otros y junto a los otros. Es el punto de unión en la Humanidad. De allí la pluralidad de las experiencias humanas, extrañas a los extremismos terrenos.

Lo que vemos a nuestro alrededor, no obstante, es el punto final de ebullición de un tránsito histórico que comienza hace treinta años, hace dos generaciones. Avanzo sobre la cuestión en 1992, en dos ensayos que escribo sobre el nuevo orden mundial y las tendencias direccionales del presente.

En 1989 cae la Cortina de Hierro, fenece la experiencia del socialismo real e ingresa la Humanidad a la Edad de la inteligencia artificial. Lo virtual sustituye a la materialidad espacial y temporal que le da fundamento al poder político organizado, a los Estados como asientos de las naciones, y que también sirve de molde milenario a las culturas.

Las cosas dejan de ser como antes, desde entonces.

Son cabalmente distintas a como las veíamos treinta años más atrás, en 1959, cuando se inicia la carrera espacial, triunfa la revolución cubana, el papa Juan XXIII condena la alianza de católicos con los comunistas, llega su fin la oprobiosa dictadura en República Dominicana y comienza la experiencia democrática civil en Venezuela. Es cuanto en Paraguay se elaboran listas de homosexuales –la Lista 108– para llevarlos tras las rejas. Se expande la televisión en Europa y las Américas y nacen la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, haciendo realidad el paradigma del orden internacional fraguado una generación atrás, en 1945, y subordinando el todo al principio universal del respeto a la persona humana. Había ocurrido el Holocausto.

Hace treinta años, en suma, se comienza a hablar de un orden nuevo cuyos contornos comenzamos a visualizar en la actualidad. Son las consecuencias de una estira y encoge entre fuerzas sobre lo que deja de ser o pierde relevancia –el Estado príncipe, la ciudadanía política integradora, como se les entendía– y lo que busca ser en lo adelante, bajo la égida y desde la óptica maniquea de las realidades globales en emergencia.

La pandemia y el distanciamiento social, para colmo, nos ha replegado y dividido. El género humano se vuelve en la circunstancia miríadas de nichos o cuevas familiares, como en una suerte de adiestramiento casual para lo que se anuncia y predican los intelectuales del progresismo, la globalización de las minorías.

¡Y es que todos a uno pasamos a ser minorías! Se dice que indispensables, para la más eficaz gerencia de nuestros derechos, ahora diferentes para todos y que, como metodología, refuerza el distanciamiento social que venía desde atrás, subrepticiamente, hace treinta años. Hoy recrea o se muestra como un complejo rompecabezas, fundado en el emergente derecho a la diferencia, distinto de la pluralidad o pluralismo.

Los capitalistas e imperialistas –les llamo así coloquialmente– entre tanto se empeñan en destacar la importancia de la iniciativa personal o ciudadana ante la derrota del modelo comunista, mientras los dolientes o causahabientes de éste asumen de inviable, para el siglo XXI, la añeja oposición de aquellos con los obreros: “Proletarios del mundo uníos”, reza el Manifiesto. Pero les llega como anillo al dedo otra fuente sustitutiva de luchas y de odios, el choque entre razas, entre géneros, entre los distintos. Dan por terminada la unión social de la modernidad, alrededor de las grandes culturas y las patrias de bandera.

Para unos la individualidad. Para otros la diferencia. Para ambos la alteridad, pero sólo entre semejantes. Así, ante la unidad superada, la de esencia humana, sobreviene la reconducción hacia otros elementos, materiales o virtuales, no más espirituales, que atarán de modo imperativo en el porvenir: la Naturaleza o Madre Tierra, y el gobierno digital. Uno es el asiento que de hecho y sin fronteras a todos acoge y da el derecho a la migración constante, y el otro, el que une instrumentalmente y de modo virtual, atándonos a los dispersos a sus plataformas, como ya ocurre durante el coronavirus.

La unidad del género humano, en fin, se hará circunstancial. Es antigualla, para el progresismo. Sirve, sí, sólo para la protesta contra lo que se oponga al orden nuevo del progresismo, a la globalización del Babel resucitado, la de los afrodescendientes, pueblos originarios, verdes o ambientalistas, sectas de esotéricos, tribus urbanas, LGBT, abortistas, relativistas, y párese de contar.

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