Cuando a san Juan Pablo II le preguntaron qué era la juventud, respondió algo semejante a esto: «No es solamente un período de la vida correspondiente a un número determinado de años, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la Providencia a cada hombre; un tiempo que se le ha dado como tarea, durante el cual busca la respuesta a las interrogantes fundamentales, no solo sobre el sentido de la vida, sino también sobre un plan concreto para comenzar a configurarla». La juventud es, en cierto modo, el período de personalización de la existencia.
La juventud, una tarea ilusionante
Sinceridad, honradez, fidelidad, valentía y firmeza son algunas de esas virtudes que ayudan a responder las preguntas fundamentales de la juventud
Durante este tiempo, el joven busca la afirmación de sí mismo a causa del amor. Se podría decir que la belleza de la existencia se encuentra en el amor, que constituye lo más esencial de la juventud como tarea. O, en palabras del gran poeta español Pedro Salinas, «qué alegría vivir sintiéndose vivido», es decir, amado.
La juventud es la primavera de la búsqueda de una vida lograda. Exige una plenitud de desarrollo en todas las dimensiones de la persona y, considerada desde fuera, solo puede alcanzarse cuando existe un propósito. Un fin que unifique los afanes, las tendencias y los amores de la persona para otorgar unidad y dirección a su conducta.
Vivir la juventud es ejercer la capacidad de forjar proyectos vitales para luego llevarlos a cabo. Cada uno configura su vida de un modo biográfico y por eso tiene tanta importancia la propia pretensión vital, aquello que a cada uno le pide la vida y que procura alcanzar por todos los medios. Sin embargo, es necesario saber. «Hay mucho que saber, y es poco el vivir; y no se vive si no se sabe», afirmaba Baltasar Gracián en su Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647.
Un proyecto vital comienza a perfilarse cuando se encuentra la verdad que inspirará los propios ideales. Vocación suelen llamarle. Y corresponde precisamente a esta etapa de la vida su descubrimiento y diseño. Por eso puede decirse que la juventud es tiempo de esperanza, persistencia de lo posible y horizonte de expectativas.
Pero además de esperanza, los proyectos vitales requieren voluntad. Para alcanzar los bienes es preciso, antes, desearlos. Tampoco basta únicamente la voluntad. Tales proyectos dependen también de la imaginación creadora. De aquí surgen obligaciones y deberes. Las obligaciones —ob-ligatio— son aquellos actos que nos ligan a un fin. Si queremos el fin, debemos realizar los medios necesarios para alcanzarlo. Así, el deber es consecuencia de un querer previo y lejano a la vez. No hay deberes sin quereres. El deber comporta sacrificios, pero también constituye un motivo al que se entrega el gobierno de la propia conducta. Aparecen así las convicciones, verdades halladas, descubiertas, que vividas configuran un modo de ser y habitar el mundo.
Un buen proyecto vital es aquel que se modela desde convicciones capaces de articular la conducta a largo plazo, orientándola hacia el fin que se pretende alcanzar. Son ellas las que confieren dirección y sentido a la vida.
Las convicciones crecen en el humus de la propia experiencia, en el trato con la naturaleza, con las personas y con Dios. Contienen las verdades inspiradoras de un proyecto vital. Gracias a ellas se perfecciona aquello que desde Cicerón se ha denominado el arte de vivir.
Además, la realización de las pretensiones y proyectos vitales adopta siempre la forma de una tarea o de un trabajo que debe llevarse a cabo.
La vida humana posee el carácter de una tarea, de un encargo, de una llamada, de una misión que nos ha sido encomendada. ¿Quién encarga esa tarea? La verdad descubierta que se encarna en convicciones. Tal hallazgo constituye un acontecimiento, un encuentro de nosotros con nosotros mismos en cuanto seres creados. Es el desvelamiento de lo que somos, de nuestra identidad personal, de nuestra personalidad o, mejor dicho, la manifestación visible de nuestro ser personal.
La persona humana, varón y mujer, posee también la estructura de la esperanza, pues esta nace de la expectativa de alcanzar en el futuro un bien amado y arduo.
Así, el sentido de la existencia aparece como la tarea que debe realizarse para alcanzar ese bien arduo. La misión encomendada podría sintetizarse en una pregunta fundamental: ¿qué debemos hacer para confirmar con nuestras acciones aquello que somos?
Como toda tarea implica esfuerzo, y con mayor razón la tarea de realizar la propia vida, resultan necesarios ciertos ingredientes que hagan más llevadera la carga. Un queridísimo amigo filósofo, fallecido prematuramente, Ricardo Yepes, enseñaba que la ilusión, la esperanza y la amistad constituyen ingredientes indispensables para la realización de este cometido.
La ilusión, entendida como la anticipación de nuestras aspiraciones, nos proporciona optimismo, nos impulsa hacia adelante y nos induce a ser más de lo que somos. Incluso puede llevarnos a arriesgar la vida por algo o por alguien que vale la pena. Con ella germinan los primeros brotes de la libertad personal, que nos permiten hacernos cargo de nuestras decisiones y de las consecuencias que estas conllevan.
Sin embargo, el pesimismo puede aparecer en el horizonte y exclamar: «No hay nada que hacer». Entonces la persona pierde el protagonismo de su propia vida y se convierte en un mero espectador anónimo al que la vida simplemente le ocurre. Vivir así, si es que a eso puede llamársele vivir, resulta más cómodo, pero al precio de no aventurar la existencia y dejar apenas en germen la propia libertad.
Desde hace algún tiempo se insiste en lo que se ha denominado la antropología de la dependencia. Nadie es capaz de hacer nada por sí solo. Todos necesitamos ayuda, aunque muchas veces esta pase inadvertida.
En este sentido, Platón y, antes aún, los antiguos egipcios, hacia el 1500 a. C., en los llamados Libros de los Muertos o Libros de la salida a la luz, reconocían la existencia de una ayuda originaria y divina en la vida humana. A ella se suma una ayuda acompañante que bien puede llamarse amistad. La amistad, con sus notas de confidencia, orientación, diálogo, comprensión y contención, nos sostiene en los momentos difíciles, en la incomprensión, las calumnias, las enfermedades, la falta de trabajo y en todas aquellas situaciones donde se revelan simultáneamente nuestra debilidad y nuestra grandeza.
Debe advertirse que toda tarea humana conlleva riesgos. Lo habitual es encontrar adversarios. Mientras más alta es la empresa, mayores suelen ser las resistencias y oposiciones.
Arrostrar las dificultades y perseverar en el esfuerzo se justifica porque el bien futuro que se persigue no está destinado únicamente a uno mismo. La esperanza es incompatible con la soledad. En toda tarea existe alguien más allá de nosotros que recibirá el fruto de nuestros esfuerzos. La plenitud de la tarea consiste precisamente en que el propio esfuerzo se perpetúe como don y beneficio para los demás.
Aquí se comprende la raíz profunda del compromiso personal, del servicio público y de todos aquellos empeños dirigidos a ayudar a los más débiles, visitar a los enfermos, enseñar a quienes no saben o dar de comer a quienes carecen incluso de lo necesario. En el fondo, hacer el bien es precisamente lo que nos hace mejores.
Acometer la tarea, el encargo, la misión para la que estamos hechos, aquí y ahora, hic et nunc, constituye un desafío verdaderamente inspirador. De ello depende que nuestra vida tenga sentido y que podamos experimentar la trayectoria satisfactoria de nuestra existencia.
Romano Guardini, en Las edades de la vida, sostenía que para llevar adelante la vida del joven era necesario vivir ciertos valores centrales que le permitieran llegar a estar consigo mismo. Son valores cuya necesidad experimenta profundamente, aunque muchas veces también desee eludirlos.
Sinceridad, honradez, fidelidad, valentía y firmeza son algunas de esas virtudes que ayudan a responder las preguntas fundamentales de la juventud. ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué existo? ¿Qué debo hacer?
Pienso que Frodo Bolsón, en la maravillosa obra de J. R. R. Tolkien, resume admirablemente la tarea en que consiste la juventud. Pero fue Paul Claudel quien expresó de modo insuperable esta intuición al afirmar que la juventud es una tarea ilusionante, porque en esta etapa fontanal de la vida los jóvenes están llamados a ser héroes o santos.
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