El golpe de estado bolchevique de octubre de 1917 inauguró un fenómeno político que haría fortuna en las décadas siguientes. Se trata de las dictaduras de partido único. Mussolini y Hitler, de hecho, sólo tuvieron que seguir la senda que Lenin había iniciado apenas unos años antes.

Sin embargo, Lenin supo captar que, ocasionalmente, ese partido único era más verosímil si aparecía flanqueado por una oposición. No se trataba de una oposición real, por supuesto, sino de opositores tolerados, de una oposición perfecta.

El expediente se utilizó durante la guerra civil rusa en Siberia y, más adelante, Stalin volvió a repetirlo en España también durante un enfrentamiento fratricida.

Desde mayo de 1937, era el partido comunista el verdadero dueño de la España republicana, pero se permitió la existencia de algunos partidos de izquierdas como velo de la pavorosa realidad.

El método tuvo su auténtica edad de oro durante el período de la Guerra Fría. En algunas naciones de Europa oriental se erigió un sistema de partido único, pero en otras, como Polonia, se permitió la existencia de otros partidos – católico, agrario… - para dar la impresión de que existía democracia en las denominadas, no por casualidad, democracias populares.

Ambos modelos volvieron a repetirse en el continente americano. En Cuba, por supuesto, se implantó una dictadura de partido único que, lamentablemente, persiste hasta la actualidad. Sin embargo, ya en la década de los setenta en Nicaragua, se recurrió a la dictadura con oposición perfecta. Mandar y controlar estaba sólo en manos de los sandinistas, pero se autorizaba la existencia de otros partidos siquiera para que confluyeran a las elecciones a perderlas. Fue ese modelo el elegido por el Foro de Sao Paulo para llevar al poder a partidos de izquierdas que liquidaran los sistemas democráticos en Hispanoamérica.

En Venezuela, en Bolivia, en Ecuador, de nuevo en Nicaragua, existiría una oposición, pero su posibilidad de llegar al poder resultaría, en mayor o menor medida, inalcanzable.

Tal situación pareció erosionarse cuando, enfrentándose con enormes dificultades, la oposición venezolana logró ganar las elecciones legislativas. El enigma entonces era saber si Maduro acabaría desplazado del poder o, por el contrario, terminaría de forjar una oposición a su gusto.

En distintas ocasiones – y con profundo dolor – he repetido que no veía posibilidades de triunfo para la oposición venezolana en la medida en que estaba dividida y carecía de una estrategia coherente destinada a acabar con el chavismo. Mi pesimismo se ha acentuado en las últimas jornadas desde que el papa Francisco – perpetuo abogado de los peores dictadores – decidió intervenir en Venezuela sentando en la mesa de negociación a chavistas y oposición.

El resultado inmediato ha sido la renovada fragmentación de los opositores y la consolidación de la oposición perfecta para Maduro. Por obediencia al Vaticano, por temor, por corrupción, por interés, por ingenuidad, por estupidez, la oposición ha perdido una más que frágil unidad y se ha plegado en no escasa proporción a un Maduro que recibió la bendición papal justo al día siguiente de que sus matones aporrearan a los miembros de la oposición en la asamblea. Con las excepciones y matices que se quiera – y que concedo gustoso – la oposición venezolana se ha convertido ya en la oposición perfecta.

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