En un país sometido por un régimen que discrimina a quien piensa distinto y que se sostiene sobre el odio, no debería sorprender que a una joven víctima de la violencia doméstica, el organismo responsable de hacer la evaluación médica para formalizar su denuncia, se haya negado a atenderla al considerar arbitrariamente que ella no estaba correctamente vestida. El caso registrado por el diario El Universal sobre el testimonio de la víctima Ana Karina Hinestrosa, de 21 años, da cuenta de la agresión sufrida por parte de su esposo, Eliodino Román Malavé Gómez, quien la tomó por el cabello y la lanzó contra el piso para después empujarla por las escaleras, no sin antes tratar de apuñalarla. También le golpeó la cara. No conforme con esa paliza, al día siguiente le cayó a pedradas, enfurecido al atisbarla en la calle, cerca de su casa en Plan de Manzano, municipio Libertador. Con miedo de perder la vida, Ana Karina acudió a hacer la denuncia ante el organismo competente, el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses. Vestía una falda sencilla por encima de la rodilla. Allí nadie quiso escuchar su testimonio “por no estar con ropa apropiada”. Entonces, ella solicitó prestada una sudadera a ver si lograba cubrir más su piernas, pero volvió a ser rechazada. Le exigieron pantalones.

El caso de Ana Karina trasciende en medio de una jornada de protestas que da la sensación de que Venezuela estalla en cualquier momento. La anarquía oficialista y la indefensión ciudadana prometen mayor explosión. Al mediodía del jueves pasado, Caracas, por ejemplo, tenía más de una hora sin el servicio de Metro. Ocurre en una ciudad donde el transporte público y el parque automotor privado se han reducido notablemente por la ausencia de repuestos. La escasez de combustible no se registró ese día en la capital, pero sí en otras ciudades del país.

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Entretanto, el gremio de profesores salió a las calles respondiendo a la convocatoria de un paro de 24 horas. Razones sobran para la protesta que no logró ser abortada a pesar de las amenazas coordinadas y ordenadas por la inteligencia cubana. El régimen sigue la directriz: “candelita que se prende, candelita que se apaga”. Ejecutan esa orden adelantándose a las manifestaciones, ubicando a los líderes gremiales o a los dirigentes de barrio -a quienes extorsionan capturando como rehenes a sus familiares o con detenciones directas con torturas incluidas-. Simultáneamente al paro de maestros, familiares de víctimas de las Fuerzas de Acciones Especiales, FAES, ratificaron cómo sus seres cercanos, la mayoría jóvenes, han sido ejecutados a manos de los efectivos de ese ente ilegal que desde 2016 se ha cobrado la vida de más de 18.000 ciudadanos.

La protesta del gremio de la enseñanza difundió la dramática imposibilidad de vivir con salarios de hambre y dictar clases en el paupérrimo estado de las escuelas, sin mencionar que los pocos niños que aún llegan a los salones están muchas veces débiles por falta de alimentos. La evaluación de la salud de ellos es superficial porque no hay hospitales aptos adonde puedan ser trasladados. De hecho, la dirigencia de Fetrasalud se unió solidariamente a los reclamos de profesores y maestros. En Venezuela ninguno de los hospitales funciona. Lo que queda de esas instalaciones no escapa al resto del país. Hay serias fallas de los servicios de agua y electricidad y es imposible garantizar la asepsia necesaria para la atención de pacientes. Un dato adicional: desde hace tres meses no hay vacunas BCG contra la tuberculosis. Al respecto, el diputado de la Asamblea Nacional José Trujillo informó cómo, según la Organización Mundial de la Salud, los casos de tuberculosis han aumentado vertiginosamente en Venezuela.

Contrasta esta situación ante la noticia de que el Fondo Mundial ha logrado el monto necesario para prevenir 234 millones de infecciones hasta el año 2023 de tres pandemias: sida, malaria y tuberculosis. Pero a Venezuela no llegan esos anuncios. En realidad no se publica casi ninguna de las informaciones que registre con veracidad alguna realidad. La hegemonía comunicacional va apagando medios y los del régimen ocultan y distorsionan los hechos. Ya saben, todo es un plan.

No es un tema casual la destrucción del país, ni tampoco desaparecer en los venezolanos la esperanza, aplastar a quien tenga la valentía y el ánimo de luchar, imponiendo el terror en la población.

Pareciera inevitable la explosión social. La ignición del primer fósforo. El grito unánime del venezolano que actuará por sobrevivir porque habrá un solo dilema: la vida o la pandemia del chavismo. Porque además, la región está en peligro de contaminación.

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