Juan José Monsant Aristimuño
Asesor de VenAmérica

Aparentemente, este fue el año cuando las voces de las democracias del mundo decidieron hacerse oír, ante el dominio que los países autodenominados progresistas, mantienen en el seno de las Naciones Unidas. Incluso los europeos acorralados por la embestida del islamismo político y los neocomunistas se llegan a avergozar de su legado histórico.

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A ello hay que agregar el desgaste cultural de las diferentes expresiones democráticas, tanto en el seno de los partidos políticos como en la sociedad civil y la propia Iglesia católica. La lucha por el progreso en libertad y orden jurídico, del cual los partidos políticos fueron, en su momento, motores y medios para alcanzarlos, se fueron sustituyendo por gobiernos corporativos de partidos. Cada estamento, cuidando el equilbrio necesario, para que cada corporación garatice la continuidad que generó el clintelismo.

No fue el resultado de una estrategia surgida de un “Think Tanck” integrado por academicos, cientificos y políticos; no, simplemente se fueron adecuando a las realidades, a un modo de vida cada vez más permisivo y al hedonismo del mercado. Es lo que se conoce como “sociedad de cómplices”, tú me dejas hacer que yo te dejo hacer, cada uno en su trinchera.

El progreso de las comunicaciones instantáneas, su popularidad y utilidad, a disposición de cualquier sector socioeconómico, hizo posible que, realidades ocultas o disimuladas se conocieran más allá de la discreción tribal o corporativa, desde El Vaticano hasta El Salvador, pasando por Moscú, Washington o Belice. Del conocimiento de las realiades vino el desencanto, y aparecieron los magos de las palabras, los demagogos y mesias. El mensaje fue claro, si las democracias fallaron, si los partidos traicionaron, si la Iglesia es solo una organización centrípeta, pues vamos contra ellos, y alcancemos la felicidad bajo la dirección de un elegido. Así apareció Chávez, Lula, Evo, Rodrigo Duterte, Correa, y últimamente hombres provenientes del espectáculo, como Zelenky de Ucrania, Morales de Guatemala, Nasralla de Honduras.

En realidad, todo es más simple, en medio de la complejidad de gobernar una sociedad plural en libertad. Se trata de interiorizar como imprecindibles en el Pacto Social, los valores, normas y leyes que le dan vigencia, y asumir la lucha contra la impunidad como un precepto imprescindible para la viabilidad de la democracia.

Cuando estos izquierdistas de nuevo cuño, la mayoría ignaros y amorales se apoderaron de las necesiades y sueños de nuestras sociedades, no vacilaron en asumir el autoritarismos en su quehacer público; y todos, todos sin excepción, hasta la impoluta Bachelet, pasando por Dilma, Cristina, Correa, Evo, Funes, Peña Nieto, chávez y maduro, justificaron la ruptura del orden legal y la corrupción, arropándose con el manto del populismo, el neocomunismo y el antimperialismo. Y ya ven, resultaron unos farsantes, malvados, traficantes de droga, personas, armas y dinero.

Hubo de darse esa desbocada emigración de venezolanos, y demostrase la presencia de terroristas internacionales, traficantes de droga y violadores de Derechos humanos, para que finalmente los países del Hemisferio Occidental aceptaran la necesidad impostergable, de garantizarse su existencia como estados independientes al derrocar la tirania criminal que oprime a Venezuela, incluso mediante la presencia de una intervención militar regional, como lo prevée el Tratado Interamericano de Asistencia Reciproca (TIAR) o de cualquier otra alianza internacional, que recupera la soberanía, la libertad, el orden legal y, asegure la estabilidad y seguridad de la región.

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