Al abrirse el II Panel del Grupo IDEA, realizado esta pasada semana en el Miami Dade College, en el que participaron moderados por la experimentada y aguda periodista Claudia Gurisatti, los expresidentes Iván Duque (Colombia), Jamil Mahuad (Ecuador), Sebastián Piñera (Chile) y Jorge Tuto Quiroga (Bolivia), les presente una síntesis de diversos ensayos sobre Política e información en el ecosistema digital (2020, 2021) y El uso de las plataformas y sus amenazas a la democracia (2021), que hacen parte de mi libro El viaje moderno llegó a su final. Su prologuista, el presidente Luis Alberto Lacalle H., cuya sincera amistad mucho me honra, fue quien nos sugirió reabrir este debate en IDEA. Le preocupaba mi tono apocalíptico de entonces. No era tal y lo expliqué en esta ocasión.
La representación política bajo la gobernanza digital y de redes
Un análisis normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia
Durante las tres décadas que se abren con la finalización del socialismo real y cierran con la pandemia del COVID-19, hemos avanzado hacia una Edad de ruptura epistemológica que segmenta y desperdiga a la añeja opinión pública. Forjadora de los partidos y de las representaciones en el campo de la política, por atada a la valorización de lo lugareño y a la experiencia modeladora del tiempo, hoy, desde el mundo de las redes, vemos que se compromete al patrimonio moral que nos dejó la Segunda Gran Guerra del siglo XX y la tragedia agonal del Holocausto.
Ahora y en lo inmediato la opinión se fracciona, no ordena banderías, es decir, se pulverizan las creencias de manera cuántica haciendo predominar por sobre la narrativa de cada internauta la que imponen los Bots o programas automatizados repetitivos, que totalizan perspectivas. Dirigen la violencia difusa callejera y la global, desasidas de todo precepto moral. Tachan el paternalismo y se afincan en lo emocional, a pesar de lo saludable que es el encuentro de casi toda la Humanidad en el espacio común de la información. En la medida en que las redes diluyen los viejos lazos de la ciudadanía estatal fronteriza, base histórica de la acción política y horma de validez de las leyes, a la par, desfigurándose al mundo real y objetivo, aquéllas procuran o facilitan una reorganización humana alrededor de nuevos nichos o leviatanes pret-a-porter. Los algoritmos ayudan en la tarea.
Las gentes, semejantes como personas, en lo adelante y bajo arbitrio propio y subjetivo se deslocalizan, y unos y otros se asumen recíprocamente como extraños. Se separan de todo aquel a quien consideran diferente, mientras algunos resucitan los nacionalismos decimonónicos. Y, para unos y para otros, como cabe observarlo, extraños son quienes se sostienen dentro de los marcos de la milenaria y mestiza civilización heredada por los occidentales, en especial quienes cuestionan a la «corrección política» por ajena a las certezas. Un epicureísmo digital se nos sobrepone. Vivimos en un cosmos de narcisos, disfrazados de dioses o de guasones.
Reparemos en las nuevas identidades, hechas al detal y al instante por las generaciones corrientes, encerradas en cavernas imaginarias o burbujas de neta inspiración platónica. Crean lenguajes propios, deconstruyen las lenguas dominantes, prostituyen los símbolos que hasta ayer amalgamaban al conjunto social como «patrias de bandera» o como Estado. Presenciamos, en suma, nuevas torres de Babel por miríadas y a diario mutantes según sea la animosidad que fluye y refluye como las olas a través de las redes.
El Homo a secas, que es la verdad terrena constante y objetiva, no perfecta sino perfectible, inteligente pero limitada, necesitada de los otros y que se concreta en el Homo Sapiens atado a la racionalidad teórica y práctica, luego de volverse Homo Videns desde mediados del siglo XX o feligrés acrítico de las imágenes parciales de lo real como hijo de la televisión, con la llegada de las tercera y cuarta revoluciones industriales ha derivado en Homo Twitter.
Se señala que este es el beneficiario y la mejoría de los anteriores. Lo cree César Cansino, pues retoma la escritura aun cuando en términos metafóricos. Le bastan 140 caracteres, que luego – he aquí la cuestión de fondo – relaciona y ata a imágenes o videos que truca o saca del pasado como si fuesen visiones del presente para saciar su estado de ánimo, para procurar su objetivo de poder, para castigar a las sociedades y, dada su descubierta condición, repito, de Homo Deus, hasta para favorecer a quienes hacen sus guerras virtuales desde las trincheras del terrorismo posmoderno.
En fin, desheredado de los espacios – abandonando el hogar estable que pasa de abuelos a padres, negado al trabajo seguro y para toda la vida, ajeno a su nación que estima de inútil o pieza de museo, sin lazos de lealtad “hasta que la muerte nos separe” – el Homo Twitter lleva una vida de nómada. Es un migrante sin destino cierto, sin verdades en el equipaje, que recorre al planeta sumándose a mesnadas de indignados y a bancos de sardinas que arrastran las redes adormeciéndoles con sus imaginarios. Ese Homo Twitter o ciudadano digital es la fácil presa de los populistas de nueva data; y éstos, a la vez, son los cortesanos de quienes gobiernan las grandes plataformas integradoras de la información con la informática y la conectividad.
Ahora bien, si se le ha llamado Homo Twitter - Del Homo Videns al Homo Twitter, es el título de la obra que edita Cansino – en buena hora y desde hace un año Elon Musk lo ha rebautizado Homo X, con lo que cede lo fatal o apocalíptico de mi discurso. En efecto, los antiguos contaban con los dedos y al cruzar las manos representaban al conjunto. Platón en su Timeo recuerda que para regular la buena marcha del universo el demiurgo trasladó a lo cosmológico el símbolo del cruce de las manos. Y al diez se le considera por Pitágoras el número sagrado. Es el emblema de lo desconocido en el álgebra, de lo que espera de respuesta, la respuesta nuestra al desafío de la deconstrucción digital.
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