Cuando éramos niños, mi hermana y yo vivíamos aterrorizados por un individuo que acechaba, raptaba y violaba a menores. u2028 Le decían u201cel monstruo de los mangones u201d porque abandonaba a sus víctimas en terrenos baldíos. n En esta era moderna, los monstruos tienen una manera distinta de emboscar. Una amiga quedó fría cuando por casualidad se enteró de que su sobrino de 11 años tenía un u201camigo u201d virtual que le pidió una foto y él se la mandó sin preguntar para qué. nCuando ella revisó el archivo del computador comprobó algo más grave. Su sobrino tenía otras fotos y estaba desnudo en varias de estas. Almacenaba un álbum con poses obscenas sugeridas por el degenerado amigo virtual. nAl jovencito lo castigaron, pero los padres no consideraron que era una víctima inocente.
Nadie le informó de las impúdicas intenciones que ocultan miles de cibernautas en la red, hoy día convertida en una puerta abierta hacia el oscuro mundo de los enfermos sexuales; ésos son los monstruos de los mangones de la era digital, que entran a casa sin que la familia se percate. Éstos son depredadores reales. n
Como éste, cientos de jovencitos caen en la trampa más por ingenuidad que por ignorancia. Se exponen como pececitos ante los tiburones de la red cibernética que navegan para atrapar presas incautas, ante la imposibilidad o la desidia de los padres de controlar a sus hijos. nLos enfermos sexuales andan donde menos lo imaginamos.
El año pasado se descubrió que los Boy Scouts de los Estados Unidos encubrieron centenares de casos de abuso sexual sufridos por menores. Los victimarios eran instructores o voluntarios de esa u201crespetada u201d organización. nHace pocos meses, arrestaron a más de 245 personas por pornografía infantil. Algunas de las víctimas eran niños y niñas de entre dos y tres años de edad. Esos monstruos encarnan aberraciones escalofriantes. nUno de cada siete niños recibe por la Internet una proposición de tipo sexual de un depredador. Cada año las autoridades federales de Estados Unidos encausan judicialmente a cientos de personas por pornografía infantil. n
Lo primero que tenemos que hacer los padres es verificar qué sitios cibernéticos frecuentan los hijos y con quiénes tienen contacto habitual. nUna de las redes más frágiles es Facebook, donde los monstruos virtuales recogen información de amistades y familiares, con la intención de aproximarse a los menores usando datos válidos con el fin de persuadirlos de su confiabilidad. n
Lo más preocupante es que los niños y jóvenes no temen abrir las puertas cibernéticas, porque no ven el peligro inminente. Creen que la distancia y el engañoso anonimato de las autopistas virtuales los hacen invulnerables. Actúan con simplicidad y naturalidad, sin temer el riesgo de exponerse públicamente, dando datos privados y compartiendo información privilegiada familiar. n
Tampoco hay que desconocer que las autoridades, los empleadores y el propio Gobierno, usan los archivos virtuales como prueba. nSé que para algunos padres es difícil seguir los pasos de sus hijos constantemente y advertir los peligros. Los jóvenes sentirán invadida su privacidad, pero hay que empezar a vigilar y actuar de manera inmediata.