Ese sábado 18 de abril el sol abrazaba con potencia; estar en Madrid un par de horas o más, era muestra de una militante decisión. La expectativa de María Corina Machado se había extendido entre venezolanos, ciudadanos anfitriones y demás extranjeros. En las calles aledañas los turistas se mezclaban con banderas venezolanas. La Puerta del Sol estaba a reventar mientras animadores de nuestro país en la tarima ganaban tiempo con su mejor buena voluntad, lo que no evitó errores.
Puerta del Sol a los pies de María Corina
Sus frases provocaron llanto en muchos, pero las lágrimas se terminaron evaporando con la reacción que parecía sincronizada de miles de banderas levantadas mientras crecía hasta el máximo volumen el grito poderoso “vamos a volver”.
Una expectativa casi solemne precedida por movimientos en el balcón del Ayuntamiento culminó en vítores al ver a María Corina con la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. La anfitriona calentó el evento con generosas y estratégicas palabras. Enmarcó a María Corina como símbolo democrático y fue más allá: la describió como la líder legítima del cambio en Venezuela con énfasis en que ella representa la voluntad popular frente a estructuras de poder cerradas que han destruido instituciones y pisoteado libertades. Y algo que conmovió a la masa; una frase de respeto y garantía de cobijo: España, en particular Madrid, son la plataforma de visibilidad para la oposición venezolana.
Tomó entonces la palabra una deslumbrante María Corina vestida de rojo en un guiño de travesura a la masa chavista y la demostración de que no hay límites ni etiquetas para la oferta de abrazar a quienes se quieran unir a la causa para recuperar la libertad y la democracia en Venezuela.
Después dejó arriba la etiqueta y bajó en su sencillo traje de batalla: sus jeans y su clásica franela blanca que se fue poblando de mil colores por los rosarios que la gente le fue colocando alrededor de su cuello.
Yo tenía mucho tiempo que no veía en vivo a María Corina. Antes de tener que salir de mi país la había entrevistado varias veces cuando ambas vivíamos más o menos en libertad en Venezuela, pero nunca había tenido la oportunidad de verla en campaña, en vivo frente a las masas. Solo por redes y en la distancia he seguido sus movimientos y he estado atenta a sus discursos.
Del registro mental que tengo de su carrera política, este acto es el más sólido, consistente, convincente y seductor que le he visto. Pensé: ¡Cuánto ha crecido!
Su intervención estuvo claramente dirigida a mantener caliente la lucha por la libertad espantando cualquier pensamiento negativo: “Hoy comienza nuestro regreso a casa”. Pero ese anuncio no lo dejó al aire en modo optimismo, no, en seguida precisó que esta nueva etapa debía ser para la organización, con determinación y claridad.
Recordó entonces que ya nosotros derrotamos al fraude. “Y ahora vamos a hacer valer esa victoria”, aludiendo enseguida a la contraparte madurista encabezada ahora por los hermanos Rodríguez, que evaden llamar a un proceso electoral.
El énfasis de María Corina estuvo en la relevante necesidad de organización, es decir no es solo esperar, es imprescindible actuar.
No encontré en su discurso el término oposición. La masa que coreaba libertad es la materialización de la Venezuela que ya logró la victoria, esta vez desde Madrid convertida en tensión del territorio político venezolano.
Entretanto los hermanos Rodríguez han tomado el testigo de una estructura criminal, no de un individuo. Una estructura que realmente opera como una extensión del madurismo, pero con nuevos planes que exhiben bajo dos esquemas: ganar tiempo y convencer a Estados Unidos de ser obedientes y convenientes, así como a las empresas interesadas garantizarles que vale la pena volver a invertir en nuestro país. Que nadie dude de que quienes despachan actualmente desde Miraflores están ávidos de dinero para ejecutar populismo y para hacer de las suyas, pero para eso necesitan tiempo. María Corina lo dijo a su manera mientras la masa reaccionaba con fervor a sus palabras gritando “fuera”.
El tono frágil de esperanza María Corina lo fue transformando en un rugido poderoso. De esta sencilla manera convirtió la frustración en cohesión política.
Lo natural en su alocución fue entonces asignarle una misión a la diáspora. Lo hizo con consideración y respeto. “Ustedes que han sufrido la separación, el exilio…Madrid no es solo un refugio, es territorio de lucha venezolana”.
Y entonces vinieron las instrucciones: “organícense, prepárense; cada venezolano cuenta; no es esperar, hay que actuar…” Y así la masa dejó de ser espectadora y se transformó en ejército dirigido por su líder.
Sus frases provocaron llanto en muchos, pero las lágrimas se terminaron evaporando con la reacción que parecía sincronizada de miles de banderas levantadas mientras crecía hasta el máximo volumen el grito poderoso “vamos a volver”.
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