El respeto es un espejo. Mis padres siempre me dijeron que me tratarían de la misma forma que yo trate a los demás. Si eres discreto y educado, recibirás discreción y educación; si eres informal e irrespetuoso, de vuelta obtendrás toda clase de informalidades y todo tipo de insultos. Esas son las reglas del juego vital. Si alguien discute contigo y le hablas alto, el tono de la discusión se elevará hasta llegar a los desagradables improperios, porque el reflejo trabajará como una caja de resonancia y se multiplicarán en gritos e insultos.

Así sucede en todas las relaciones. Por eso estuve de acuerdo cuando el presidente Donald Trump pidió respeto por el himno y la bandera estadounidenses. Es lo menos que puede exigir el primer mandatario de un país, respeto a los símbolos nacionales por los cuales tantas personas han ofrendado su propia vida. No es menos cierto que poner la rodilla en el suelo es también un símbolo, una demostración de enfado y hartazgo con una situación social determinada.

Como vemos, los hombres somos seres marcados por las alegorías. Vivimos y nos relacionamos rodeados de abstracciones, imágenes, representaciones. Practicamos liturgias religiosas, erigimos monumentos, vestimos corbatas, seguimos modas, llevamos tatuajes… Somos capaces de enfrentamos a un soldado con una flor, y seguir hasta las últimas consecuencias una idea o una consigna. Por ello la convivencia democrática se basa en respetar los símbolos e imágenes ajenas. Y digo respetar porque considero que tolerar es un vocablo que carga una connotación violenta de resistencia y oposición.

Yo refiero utilizar respeto, aunque el diccionario diga lo contrario, por su connotación en la convivencia entre diferentes y sobre todo por aquello del reflejo en el espejo.

Al igual que la bandera y el himno, la presidencia del país forma parte de aquel conjunto alegórico alrededor del cual se vertebra una nación. A diferencia de los otros dos, la presidencia es un signo activo, lo encarna una persona por decisión popular. Y merece respeto.

Tal es así que en las raras ocasiones que un jefe del Gobierno hace su entrada al Congreso de la Nación, todos los legisladores, conservadores o liberales, le dan la bienvenida de pie y aplaudiendo como muestra de respeto, llámese George, Barack o Donald.

La presidencia debe ser respetada incluso por el propio ciudadano que, durante un período de tiempo, la ostente como cargo. Pero, Donald Trump, mostrando el mayor desprecio al país que él representa, mancilla su propio cargo al calificar a varias naciones pobres como “países de mierda”.

¿Qué consecuencias tendrá la utilización gratuita de un lenguaje tan soez y violento contra personas de otras naciones? No sé, pero estoy seguro de que, por aquello del espejo y el reflejo, hoy mismo en millones de bocas estará la expresión: Trump tiene el mismo valor de sus insultos.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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