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OPINIÓN

Venezuela y el desafío de construir una nueva democracia

Venezuela necesita encarar un proceso de reconciliación y reconstrucción social, político y económico sincero, serio, verificable y sostenido, que obligue al status quo a abrir paso a una transición real

Por VENAMÉRICA

Es indiscutible que a partir del 3 de enero se produjo en Venezuela una mutación política y económica importante; una eventualidad sobrevenida que entrelazó el sometimiento de hechos y figuras con el oportunismo, el protagonismo, la amenaza, el miedo y el temor al cambio, parte de una trama que colocó a la nación como protagonista en el discurso energético internacional, a sabiendas de que las cifras disponibles revelan una producción equivalente a menos del uno por ciento del petróleo mundial, el cual se ubica en unos cien millones de barriles diarios. Aun así, en la narrativa circunstancial, el país aparece como la pieza clave para equilibrar los desajustes del mercado global, afirmación que no parte de un análisis técnico, sino de un relato político.

En este contexto, Venezuela, confundida, intrigada y frustrada, se exhibe como bisagra, como símbolo, como advertencia ideológica y como pantalla donde Estados Unidos proyecta disímiles intereses y su indiscutible fuerza militar sin asumir grandes riesgos. Se sustenta así un escenario que ubica al petróleo en el centro de un espectáculo mundial, donde muchos de sus personajes, en rebatiña, aspiran a la mejor parte de un botín que les otorgue, sin mayores condiciones, a largo plazo y de manera segura, dinero, poder y control. Todo esto sin esfuerzo ni riesgo, sin importar las penurias del pueblo y las necesidades del país; embrollando la soberanía y la democracia en un complicado drama que pareciera dejar esa esperanza para después. Mientras correr el tiempo, que juega en modo Constitución, hacia un mandato ineludible en contra de los encargados de cumplir órdenes superiores, como es la declaración de ausencia absoluta del transgresor, el cese del interinato y la consecuente convocatoria a elecciones.

Entretanto, como parte del episodio, por extraño que parezca, personeros del mismo régimen, es decir, la misma gente que generó esta crisis inédita y cruel con el único propósito de permanecer en el poder para saquear; que lideró por 27 años la destrucción y el caos, manipuló la pobreza, instauró la corrupción y desgració con prisión y persecución la vida de miles de venezolanos, pretende asumir, sin autoridad ni escrúpulos, la enorme responsabilidad de sentar las bases para la estabilización y reorganización institucional y económica del país que arruinaron.

En el mismo ámbito, mientras las redes se ocupan de propagar el discurso oficial en el cual se insiste en pregonar la felicidad y alegría de la población, se señala como símbolo de éxito que, durante más de 150 días de esta etapa de administración y recuperación, el país ha producido en promedio cerca de 900 mil barriles diarios con precios alrededor de los 80 dólares el barril. Una afirmación que dista por mucho de la verdad y la realidad, y frente a ella surgen interrogantes fundamentales que requieren respuestas claras y verificables: ¿Cómo se traducen estos procesos en beneficios concretos para los venezolanos? ¿Quién vende, quién compra y quién recibe esos recursos? ¿Dónde se encuentran los ingresos generados por la comercialización del crudo? ¿Quién los administra? ¿A qué programas, inversiones o proyectos están siendo destinados?

Los venezolanos tienen derecho a conocer cómo se gestiona la nación y a exigir mecanismos de supervisión, control, auditoría y rendición de cuentas que garanticen que la riqueza nacional se convierta en bienestar colectivo, porque la recuperación de Venezuela exige transparencia, no como una concesión política, sino como una obligación moral y republicana y la realidad demuestra que aún queda mucho camino por recorrer y que persisten severas circunstancias económicas y sociales que afectan a millones de familias y; para lograr superarlas, es indispensable que los ingresos nacionales estén al servicio de la gente y no de intereses particulares.

Más que administrar la crisis, ha llegado la hora de construir soluciones. Más que alimentar narrativas geopolíticas, corresponde impulsar políticas que fortalezcan las instituciones, recuperen los servicios públicos, dignifiquen el trabajo, estimulen la inversión y generen confianza. Los venezolanos no esperan discursos; esperan resultados. No reclaman promesas; exigen hechos, porque la reconstrucción nacional comienza con una premisa sencilla pero poderosa: cada dólar generado por los recursos del país debe traducirse en oportunidades, bienestar y esperanza para su gente. Ese es el verdadero indicador del éxito de cualquier proceso de transición, recuperación o estabilización.

La crisis venezolana no puede reducirse a un discurso, por muy motivador y espiritual que sea, ni a una aspiración legítima de cambio como inquebrantable deseo reprimido de una mayoría sin voz; ni tampoco a un solo liderazgo, y mucho menos puede esperar soluciones incómodas, prefabricadas a capricho e implementadas para cuando se pueda.

Entonces es necesario decirlo: ¿solo con elecciones se supera una crisis de esta magnitud? La experiencia venezolana demuestra que no. Sin instituciones, sin transparencia, sin un proyecto nacional y sin un liderazgo virtuoso que asuma sin recelo la responsabilidad de encaminar al país, después de tantos errores, ningún proceso de votación resolverá por sí solo el colapso estructural del país. La política no se reduce a esperar un milagro en las urnas mientras la realidad le da a uno en la cara, y menos si son los mismos de siempre los que pretenden organizar el proceso.

La historia venezolana lo demuestra. La caída de la dictadura de Pérez Jiménez no fue producto de un evento aislado, sino de un proceso que comenzó con el derrocamiento del dictador y la conformación de una Junta de Gobierno; una conducción cívico-militar y un acuerdo nacional que permitió reorganizar el Estado, restituir derechos y encaminar al país hacia una democracia funcional. Cualquier otro discurso será solo eso: un discurso. Mientras tanto, el país, lejos de bailar y lejos de celebrar, sigue resistiendo en silencio; y la democracia es una esperanza que crece, a pesar de que algunos pretendan dejarla atrás.

Venezuela necesita encarar un proceso de reconciliación y reconstrucción social, político y económico sincero, serio, verificable y sostenido, que obligue al status quo a abrir paso a una transición real, a una conducción colegiada temporal capaz de recuperar el control de las instituciones, restablecer la legalidad y crear las condiciones mínimas para revitalizar su democracia. En tal sentido, una transición democrática ordenada no es un capricho ni un atajo: es la única vía para reconstruir una República que devuelva a los ciudadanos la posibilidad de vivir con dignidad, estabilidad y esperanza. www.venamerica.org.

Por Nelson Oxford*

*Presidente de VenAmérica

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