JOSÉ ANTONIO ÉVORA
Aunque no es nueva en el cine, la idea de la metempsícosis --el traspaso de la conciencia o del alma de un cuerpo a otro— suele quedarse en un plano bastante superficial usada como premisa de conflictos que en la literatura tienen variantes tan ilustres como el Fausto de Goethe
JOSÉ ANTONIO ÉVORA
Recién salió en DVD, y el estreno en salas de cine fue en julio. Se titula Self/less, así mismo, con la diagonal en el medio. En su reparto aparece el nombre de Ben Kingsley, ese gran actor que después de Gandhi y Schindler's List ha sido una garantía de calidad para cualquier película. Pero las excepciones confirman la regla.
Al cabo de una vida en la que no tuvo escrúpulos a la hora de ganar dinero, el multimillonario neoyorquino Damian (Kingsley) enfrenta a su némesis, el cáncer. Con la metástasis, los médicos le dan apenas seis meses de vida. Alguien le deja en su cuarto una tarjeta con el teléfono del doctor que tiene la solución: cambiar su mente a un cuerpo sano desde el cual pueda seguir usando la experiencia que acumuló como empresario exitoso. El problema es que hay algo en todo eso que el Damian convertido en Edward Kittner y más tarde en Mark Bitwell (Ryan Reynolds) va a descubrir sólo cuando ya esté del otro lado, es decir, demasiado tarde.
Aunque no es nueva en el cine, la idea de la metempsícosis --el traspaso de la conciencia o del alma de un cuerpo a otro— suele quedarse en un plano bastante superficial usada como premisa de conflictos que en la literatura tienen variantes tan ilustres como el Fausto de Goethe. Igual es una doctrina muy antigua que no debe confundirse con la reencarnación, donde el alma transmigra sin que intervenga un hechicero o un científico. Aquí, en Self/less, se trata de un científico cuya extraordinaria ambición no se expresa más allá de unos cuantos consejos sobre pastillas y en dos o tres justificaciones vagas.
Lo peor no es eso. Lo peor es que los autores de la historia desataron tantas subtramas que después les costó trabajo darle a la trama principal el protagonismo que exigía. Era de esperar, porque eso de que usted cierre los ojos en su cuerpo y después los abra en otro acarrea de por sí demasiadas connotaciones. La duda filosófica no cabe en el pragmatismo, ni siquiera en Hollywood. Una de las pruebas de la grandeza infinita del ser humano es que el bombardeo de superficialidad no lo priva de inquietudes existenciales. Y es que realizar cine de acción a toda costa para satisfacer las exigencias del mercado tiene su precio.
En su primer largometraje de ficción, The Cell (2000), ya Tarsem Singh, el director de Self/fish, había explorado una variante de la metempsícosis: una persona capaz de someter con su mente a otra que sigue viva aprovecha ese poder para dar con la víctima de un asesino en serie. De un lado la criticaron por vacía, y del otro dijeron que estaba abriendo la puerta a un nuevo mundo de imaginación. Le fue mejor después con The Fall (2006). Por eso en Immortals (2011) tuvo un reparto con grandes actores, encabezados por Mickey Rourke y John Hurt. La protagonista de Mirror Mirror (2012) fue Julia Roberts. Así que no es del todo inexplicable que Kingsley se haya montado en este carro. Eso, sin contar que antes de hacer películas de ficción, Singh había dirigido notables video clips musicales y spots publicitarios, entre ellos Losing My Religion (R.E.M.) y el de Pepsi que usaba la canción de Queen We Are The Champions.
Las buenas películas son las que a uno le gustan, dijo alguna vez Gabriel García Márquez. Por eso, aunque un crítico de cine recomiende huir en sentido contrario al menor asomo de tal o más cual filme, uno siempre tiende a probar por sí mismo para llegar a sus propias conclusiones. Okay, hágalo. Pero después no diga que no se lo advertí.

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