@IlianaLavastida

Bochornoso, ese es el calificativo menos ofensivo de los que me vienen a la mente tras leer el mensaje posteado en Twitter por Manuel Marrero Cruz, ministro cubano de Turismo, tras recorrer el lunes 28 de enero algunas de las zonas devastadas por el tornado que afectó a varios municipios de la capital cubana la noche antes.

“Hemos realizado un recorrido posterior al evento meteorológico ocurrido en la capital en la noche de ayer. Todas las instalaciones turísticas se encuentran operando, pues no han sufrido afectaciones”, escribió el titular en su cuenta certificada de la red social.

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Al parecer, la compartimentación de responsabilidades de los funcionarios del régimen cubano es tan eficiente que el encargado de velar por el funcionamiento de las instalaciones turísticas en la isla no extendió su mirada más allá de esas, y nada dijo del desastre dejado por el fenómeno natural en numerosas barriadas en las que muchos perdieron el hogar que en largos años podrán volver a levantar, si es que llegaran a hacerlo.

El señor Marrero, en su mensaje de Twitter, debió haber sido un poco más específico al referirse a las áreas que se tomó la deferencia de recorrer, de seguro en su automóvil, del que quizás no descendió para evitar tropezarse con el lamento de los damnificados.

Hasta donde indica el mapa turístico de la capital cubana, no son precisamente Regla, San Miguel del Padrón, Diez de Octubre y Guanabacoa, los sitios de La Habana donde se concentra la mayor presencia de instalaciones turísticas. Sin embargo, la eficiencia del ministro de Turismo, preocupado por la cartera que le corresponde atender, le impidió a la mañana siguiente del desastre desviarse hacia algunas de las áreas donde más de 1.235 viviendas quedaron derrumbadas de forma total o parcial.

La preocupación de Marrero, tal y como lo escribió para que fuese leído, se concreta en que los centros destinados al turismo permanezcan en funcionamiento, pero no precisamente para que en una situación de emergencia como la que viven hoy miles de habaneros, se les pueda brindar un sitio seguro donde cobijarse y no tener que dormir a la intemperie.

El preocupado ministro sólo estuvo al tanto de que esas cuidadas instalaciones, destinadas al turismo, estuvieran disponibles para que quienes decidan viajar de paseo a la isla, a pesar del asolador paisaje dejado por el fenómeno natural, encuentren lugares donde gastar sus divisas que, como es lógico, pasarán a embolsar las arcas de un tesoro nacional, controlado sólo para “los elegidos”.

El ministro sabe identificar muy bien cuáles son sus funciones, que evidentemente no consisten en preocuparse por quienes desde la noche del 27 de enero quizás no han podido conciliar más una noche completa de sueño porque si están entre los afortunados que no perdieron el techo, seguro no cuentan todavía con servicios de electricidad ni agua potable, ni disponen de recursos para alimentarse o atender a sus hijos, sus ancianos o sus enfermos.

Además de ministro, hay que ser cuanto menos ser humano con sentido común para, tras la eventualidad de un desastre imprevisible como el que azotó a La Habana, se alce la voz para hacer loas de bienes que sólo están a disposición de la industria del disfrute, mientras miles padecen en condiciones extremas, infinidad de penurias.

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