La sepsis es la reacción del sistema inmunológico ante la irrupción de una infección grave. Se trata de una respuesta inflamatoria del organismo que puede afectar a cualquier persona, en cualquier momento, comprometiendo cualquier parte del cuerpo, y llegando incluso a provocar la muerte.
No se trata de un trastorno desconocido, pues el término, que viene de la palabra griega “σ̃ηψιζ”, que se traduce como putrefacción, fue usado por Hipócrates en el siglo IV, antes de Cristo, para aludir al proceso de descomposición de la materia orgánica.
El también llamado síndrome de respuesta inflamatoria sistémica afecta anualmente a más de un millón de personas en Estados Unidos, según datos del National Institute of General Medical Sciences, NIGMS por sus siglas, y de este total, fallece entre 28 y 50 por ciento.
Un proceso de sepsis se caracteriza principalmente por la caída de la presión arterial, que provoca una falla general en los sistemas corporales y en ciertos órganos principales, entre ellos los riñones, el hígado, los pulmones y el sistema nervioso central.
Adicionalmente la respiración se acelera, se producen escalofríos, confusión o delirio, fiebre o hipotermia, mareos, temblores, taquicardia y erupciones cutáneas, así como sangrado y hematomas.
Otros síntomas de sepsis son el aumento de la glucosa en sangre, las alteraciones hormonales, la oliguria, como se conoce a la disminución en la cantidad de orina, e ictericia, que provoca una coloración amarillenta de la piel.
Fallo general
Esta reacción inflamatoria no es producto de la acción de un microorganismo, sino más bien consecuencia de la liberación de ciertas sustancias químicas con las que el cuerpo busca defenderse de la infección, pero como efecto colateral promueve una disminución del flujo sanguíneo, lo que priva a los órganos de los nutrientes y el oxígeno que necesitan.
Ahora bien, estos microorganismos, que provocan la reacción del organismo, llegan al torrente sanguíneo a partir de un proceso infeccioso que puede generarse en las vías urinaria, respiratorias o en cualquier otro tejido. También pueden surgir de la propia flora del paciente, especialmente de la que habita en la garganta o la piel, o simplemente ingresar desde el exterior, mediante jeringas o transfusiones contaminadas. Y en algunos casos, la fuente es imposible de determinar.
Las bacterias son los microorganismos que más frecuentemente producen una sepsis, aunque esta también puede ser resultado de la acción de un virus, hongo o parásito. Las bacterias más agresivas son las llamadas gramnegativas, que provocan un mayor número de complicaciones y conducen generalmente a un impacto séptico, es decir, a una insuficiencia circulatoria aguda.
Grupos y gravedad
Más allá de su sintomatología, la sepsis se clasifica en función de su gravedad o por tipos específicos. En el primer caso se establecen tres grandes grupos: la no complicada, la grave y el shock séptico.
La sepsis no complicada suele ser causada por ciertas infecciones virales, gastroenteritis o un absceso dental, es muy común, tanto así que afecta a millones de personas por año, y no requiere tratamiento hospitalario. Sin embargo, la clasificada como grave se produce en combinación con problemas de uno o más órganos vitales, y la tasa de mortalidad en este caso es de alrededor del 34%.
Finalmente, el impacto séptico es el que se produce cuando el descenso de la presión arterial no puede controlarse con tratamiento, y en consecuencia, el organismo no recibe la cantidad de oxígeno que necesita para funcionar. En este grupo la tasa de mortalidad se aproxima al 50%.
En el segundo caso, al que corresponde la clasificación según los tipos específicos, los casos de sepsis que más destacan son la urinaria durante el embarazo, la neonatal, que implica una infección invasiva, por lo general bacteriana, que se produce durante el período neonatal y la fulminante.
La evolución y el pronóstico de la sepsis dependen del momento en el que se inicia el tratamiento. Este trastorno requiere atención inmediata, así como un monitoreo constante del paciente para vigilar su evolución.
Si bien no existe un fármaco específico para combatir una sepsis, en casi todos los casos ésta se trata con antibióticos, pero para que la acción del medicamento resulte efectiva es necesario identificar origen del foco infeccioso, de lo contrario se aplica un tratamiento “a ciegas” que resulta menos eficiente. Al tratamiento de ataque inicial se suman, especialmente en los casos más complicados, otras medidas de atención que ayuden a sostener el organismo ante las fallas, por ejemplo el suministro de oxígeno, de fluidos por vía intravenosa y de medicamentos para estimular el sistema cardiovascular.