MIAMI.- Parapetado en un rincón de la casa, creyendo que lucha contra un enemigo invisible llamado coronavirus , causante de más de 60.000 muertes en el mundo, Richard Noriega cuenta los días que ha estado sin poder abrazar ni a su madre ni a su esposa ni a su hija de 10 años.

Prácticamente confinado en un dormitorio, Noriega ha vivido aislado 12 largos días en su casa en Kissimmee, al sur de Orlando, en Florida, donde no tuvo otra opción que sentir las horas pasar, mientras trataba de mantenerse ocupado frente al televisor, consultando Internet, chateando con familiares y amigos o leyendo algún buen libro que tuviera a mano.

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Afuera de la habitación, donde su familia guarda distancia, el silencio se apodera del lugar.

“Mi madre tiene 70 años y por eso tiene que cuidarse aún más. Es una edad muy peligrosa y si agarra el virus podría ser fatal”, comentó el hombre mientras no paraba de toser al teléfono.

Noriega es “de Miami” y se fue a Kissimmee “por una temporada con mi madre, mi esposa y mi hija. Pero, Dios mediante, esperamos regresar al sur de Florida”, anticipó.

En Miami Noriega dirigía una firma de servicios de seguridad y como miembro de CAMACOL (Cámara de Comercio Latina) participó en varias actividades comunitarias, “sobre todo como consejero de propietarios de condominios, en relación a derechos para resolver problemas de irregularidades administrativas”.

Y añadió: “Fui víctima de una de esas irregularidades en asociaciones de condominios y aprendí los capítulos de la ley y a partir de ahí decidí ayudar a los demás”.

Proceso

Noriega llevaba varios días tosiendo hasta que le fue dificultoso respirar.

“Era una tos seca, muy molesta, que relacioné primero con el polvo en la calle o cualquier otra cosa, hasta que sentí dificultad para respirar”, detalló.

Era sábado, el 21 de marzo para más señas, cuando se le hizo más difícil respirar. “Estaba en casa y ya comenzaba a tomar precauciones. De pronto, me desmayé. Supongo que me haya desmayado porque los pulmones no mandaban suficiente oxígeno al cerebro, y eso no es bueno”, precisó.

“Recobré el conocimiento y llamé al 911 (emergencia médica). Me atendieron en casa y cuando me tomaron la temperatura la tenía alta, más de 100 grados (Fahrenheit)”, lo que equivale a más de 38 grados centígrados.

“Decidieron llevarme al hospital porque tenía síntomas de coronavirus”, puntualizó.

Cuando Noriega llegó al Osceola Regional Medical Center, el hospital había habilitado “una entrada especial” para personas que presentaran tos, fiebre y otros síntomas asociados con coronavirus para evitar el contagio de otros que podrían aguardar en la sala de urgencias.

“Fui ingresado en una sala especial, creada para ‘estos casos’, en el piso cuatro”, y entonces la preocupación y el desasosiego, que suele ser una peligrosa combinación, tuvo que combatirla con una fuerte dosis de paciencia.

“Me hicieron varios exámenes y placas de rayos-x y me dejaron en observación”, recordó Noriega, mientras seguía tosiendo al teléfono. Paramos la conversación medio minuto. Noriega tomó agua y se sintió mejor. Continuamos conversando.

Al tercer día de estar ingresado en el hospital, “me dijeron que podía ir a casa. Afortunadamente no tenía un cuadro grande, mi caso no era grave, no había empeorado, y mi cama podría ser usada para otro paciente que la necesitara más. Y lo entendí perfectamente”, reconoció Noriega.

En casa

De vuelta a casa, Noriega y su familia tomaron todas las precauciones aconsejadas. Incluso más: limpieza general con desinfectantes, cero contactos con el hombre del que aún no se sabía si estaba infectado por el temido virus. Ni verse las caras, salvo un saludo con la mano en la distancia.

“Ellas están en un área de la casa y yo en el otro extremo, dentro de la habitación. Deseo abrazarlas, besarlas, pero no puedo. Y eso es lo que me tiene peor”, enfatizó.

A la puerta del dormitorio, en el suelo, la esposa coloca el desayuno, el almuerzo y la comida, así como cualquier merienda entre horas. Luego se abre la puerta a medias y la mano de Noriega se asoma y recoge la bandeja con los alimentos.

Más tarde, la misma mano se vuelve a asomar a través de la rendija de la puerta y coloca la bandeja, ya aprovechada, en el mismo lugar donde estuvo antes.

“Recogen los platos con mucho cuidado, siempre con guantes, y los lavan aparte con agua caliente”, precisó.

“Duele mucho tener a los tuyos tan cerca, a solo 10 pies de distancia, y no poder abrazarlos”, cuando más se necesita el abrazo de apoyo y amor, expuso el hombre.

“La familia no presenta ningún síntoma, todos están muy bien, pero he estado muy preocupado por ellos: mi madre, mi esposa y mi niña me preocupan mucho”, insistió.

Sobre medicamentos a tomar: “Ninguno. No hay medicinas para esto, al menos por el momento”, ni aspirina, salvo un caramelo con miel para aliviar la tos por unos segundos.

“Sigo tomando mis medicamentos regulares para la presión, que usualmente tomo para mantenerla bajo control”, afirmó.

“Oramos todos los días. Muchos familiares y amigos también oran por mí y por todos los que están enfermos”, aseveró, mientras trataba de esconder la pena que proyectaba su voz.

La espera

Sin más arma que la paciencia para sobrevivir el confinamiento total, Noriega vio pasar seis días y seis noches más sin otra compañía permanente que su almohada, pensando en el resultado del examen médico.

Al séptimo día Noriega optó por regresar al hospital, protección total: guantes, mascarilla, tanto él como su esposa que lo llevó en automóvil al centro médico.

Otro examen. Otra espera. “Me indicaron que el resultado sería publicado en un lugar especial en Internet. Que allí, con un código de acceso especial sabría el resultado”, reveló.

“A mí lo que me interesa es tener el resultado para saber qué hacer. Estamos a tiempo aún para curarme si tengo el virus”, reflexionó.

Y es la incertidumbre el peor ingrediente en esta ecuación. “Comprendo la situación. Esto es algo nuevo. Hay muchos casos, cientos, miles, y médicos y enfermeras están muy ocupados”, admitió.

Dos días más de angustia pasaron. Otro plato de comida a la puerta de la habitación y diez oraciones en medio de la soledad mientras chequeaba, cada 30 interminables minutos, la información de la página web con su número de acceso.

Finalmente, tras 12 días de confinamiento y minutos antes de dar por terminada otra mañana más, Noriega obtuvo el resultado del test: negativo “no se detecta el COVID-19”, pone el informe del laboratorio.

“Gracias a Dios ya podré compartir bien con la familia”, exclamó Noriega con un grito de alegría.

Atrás quedó la incertidumbre, el dolor y el distanciamiento pero también está el provecho de la reflexión por la vida, la familia y todo lo que nos rodea.

jhernandez@diariolasamericas.com
@JesusHdezHquez

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