Cuba está obligada a cambiar sus cánones y abrir su sociedad a todas las vertientes que de ella surjan
Hace unos años, por los inicios de la década del 2000, en Miami, una Universidad con su importante tanque de pensamiento discutió la vialidad de las instituciones actuales dentro de Cuba en un posible tránsito a lo que se conoce como democracia. Concluyeron que dentro del país había organizaciones estructuradas que podrían al menos servir como esqueleto para un gradual paso a una administración más participativa.
Sin embargo, lo que la prensa ha divulgado sobre lo sucedido en Panamá nos hace dudar de esa conclusión. O tal vez el estudio no llegó a una cuestión medular: ¿quién dentro de esas organizaciones está dispuesto ( y preparado) para un intercambio que lleve al consenso? En medio de esta discusión parece declararse una polaridad de opiniones que amenazan con ser irreconciliables.
Pero algo está fallando. En la discusión de la blogosfera y las redes sociales a raíz de un artículo donde se defendía la necesidad de evitar los exabruptos y volver al intercambio de ideas, las posiciones oficialistas desde las organizaciones y los participantes en el Foro de Panamá difieren diametralmente de los planteamientos defendidos incluso por blogueros que no están en contra del gobierno, y hasta por el propio Silvio Rodríguez, a favor del diálogo en lugar de la confrontación.
Tal vez sea una medida de cuánto está dividida la sociedad cubana, la civil, la total. Nunca antes tal polarización había sido tan explícita. Y es explicable: nunca antes el país se había visto abocado a un cambio donde se entregaran concesiones de gobierno sin que mediara una guerra con evidentes vencedores y vencidos.
Para el consenso nacional no hay otra manera de arreglar las cosas que cambiar. Y es interesante cómo el país que más cambió en los últimos 60 años ahora se niegue a un cambio para el cual nunca estuvo más preparado. La generación intermedia, la que hoy frisa las cinco décadas, nacida después del triunfo de la Revolución cubana, ha sido educada y preparada para este cambio mejor que ninguna, por lo cual no se entiende la reticencia y la poca demostración de esa educación.
Quiero creer que detrás de las declaraciones desafortunadas, de los gritos y los escándalos, hay una participación que no representa a la juventud y la sociedad cubanas actuales. Me quedo con los que sinceramente han escrito en las redes y con los que en cada rincón de Cuba (donde estuve mientras sucedía la Cumbre) y de las redes que recorren el mundo en segundos, optan por el diálogo y el consenso. Incluso con los que por posiciones que consideran de principio, arden en la hoguera de la discordia. ¡A estas alturas quien se sienta dueño de la verdad debe tener serios problemas de personalidad!
La verdadera sociedad civil de Cuba está diseminada por todo el mundo pero sobre todo está en cada barrio, en cada rincón de la nación donde la gente conversa, debate y sugiere cómo quiere que sea el país que se está gestando. El gobierno tiene la responsabilidad desde el poder que ejerce de garantizar que todas las voces sean escuchadas, que todas las variantes de país lleguen a los oídos y las voluntades de las mayorías. En eso pueden demorar pero no obviar.
Desde la oposición sería oportuno dejar de hacer política hacia el exterior y romper las barreras de la comunicación con las mayorías que desde dentro apenas conocen sus posiciones y propuestas. Desde el exilio se podría cooperar con las experiencias democráticas que se han vivido y por las cuales han luchado más de 50 años. Pero todas las partes deben entender que dentro del país hay una masa que sin dudas apoya al gobierno, de lo contrario no habrían durado tantos años ejerciendo el poder.
La sociedad civil será aquella que opte por el diálogo y la reconciliación, sabiendo que sus planteamientos serán escuchados y valorados, pero que de seguro el resultado tendrá que ser una mezcla de lo que todos quieren. De lo contrario seguiremos imponiendo grupos sobre otros, sin que la patria que convocó Martí aparezca por ningún lado. Es una deuda de ambas partes, por lo cual ambas partes deben reconsiderar.
Y alerto: estoy convencido de que el tiempo para los procesos sociales no es infinito.
