LA HABANA.- IVÁN GARCÍA
Especial

Si es cierto lo que dice la filosofía marxista, que en el comunismo no existe el dinero y se vive del trueque, entonces en Cuba hace tres décadas aterrizó el "Tú me das, yo te doy".

El trueque funciona en la vida de los ciudadanos, en las relaciones sexuales y en las instituciones del Estado.

Un jefe de almacén de víveres le da un saco de arroz y una pierna de jamón a un dirigente sindical y éste, a cambio, le otorga una casa en la playa por dos semanas.

En todos los estamentos de la sociedad cubana funciona el tráfico de favores. Y en la prostitución se ha puesto de moda. Aunque se mantiene la legión de chicas dedicadas al sexo por dinero.

Hay varias categorías. Para las jineteras que ejercen en el sector del turismo, el pago fluctúa de acuerdo con la nacionalidad del cliente. “Si es canadiense o cubanoamericano se le pude pedir de 60 a 100 dólares. Si un español te paga 30 o 40 euros, besa el santo. Excepto los alemanes y los suizos, el resto de los europeos regatean a la baja”, comentó Jennifer, quien sólo se prostituye los fines de semana.

La competencia es fuerte. Intentando escapar de la miseria, desde las regiones orientales a diario llegan a la capital, en trenes, ómnibus y camiones, muchachas dispuestas a prostituirse a cambio de muy poco.

Son tantas que asustan. Visten sin glamour y van al grano al hacer su proposición. “La calle está que arde. Hay que trabajar a destajo, no puedes ser selectiva. Si puedes enganchar un ‘yuma’ [extranjero] mejor, pero si es un borracho hediondo o un vicioso, si paga lo que le pido, abro las piernas. El precio es relativo: 50 o 100 pesos. El problema es hacer caja, tengo que enviarle dinero a mi madre que cuida mi hija y pagar 45 cuc mensuales de alquiler en un cuarto”, indicó Rosario, natural de Bayamo, a 750 kilómetros al este de La Habana.

A la jineteras baratas se les conoce como “matadoras de jugadas”. Mientras más te alejas del centro de la ciudad, menor es su tarifa. Últimamente, han surgido adolescentes a veces casi niñas, que practican el sexo por favores o cosas.

Liudmila es una de ellas. Llegó desde Santiago de Cuba con 20 pesos en la cartera, un maletín de vinil con pañales de tela y su hijo de un año. Fue a pernoctar a la casa de un primo.

“A cambio, debo aportar dinero o comida. El barrio es muy pobre. La gente apenas tiene plata. Entonces escojo clientes que me puedan resolver algo. El bodeguero me consigue unas libras de arroz; el carnicero me da dos postas de pollo; el albañil arregla la filtración del techo y el cantinero me ofrece varios tragos y así olvido lo que tengo que soportar para mantener a mi hijo”, aseguró casi ebria sentada en un portal.

Según Consuelo, trabajadora social, cada vez se observa con más frecuencia el sexo a cambio de favores. “Atiendo a tres chicas que lo hacen por comida o simplemente para dormir bajo techo en una cama. En Cuba siempre existieron prostitutas sutiles. Mujeres que se acostaban con su jefe para mejorar sus condiciones de vida. En el mundo del espectáculo, televisión o cine era habitual. Después de 1959, muchachas que trabajaban en turismo tenían sexo a cambio de un puesto en un hotel para extranjeros. Era una forma de prosperar y ganar divisas. Ahora se ha llegado a los extremos. Jóvenes, hembras o varones, que han crecido en auténticos infiernos familiares, se prostituyen a cambio de un poco de comida, un perfume barato o una ronda de cerveza. Es un drama”.

Ese es el caso Liudmila. Se acuesta con un viejo barrigón que puede ser su padre porque le ha prometido empleo en el almacén de una empresa de construcción militar. “Si consigo ese puesto de trabajo, seguiré jineteando. Mi meta es ligar un hombre soltero en La Habana y salir de la casa de mi primo. A Santiago de Cuba no vuelvo más”.

 

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