Los abusivos ventajismos así como el inmenso poder que ha recabado el Gobierno venezolano no pudieron impedir el ejercicio democrático que tienen ganas de ejercer los habitantes de ese país. Eso sí, una práctica sana, que implique no solamente ir a las urnas de votación, sino también de vivir en una sociedad donde se escuchen y respeten todas las tendencias, es decir, donde exista la tolerancia y las leyes estén por encima de los hombres.
Más allá de los resultados de este sufragio parlamentario, los venezolanos deben entender el impacto que han tenido las nefastas políticas –si es que así se le puede llamar– implementadas por Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro. Venezuela vive una crisis económica como nunca antes. La pobreza es extrema. No hay cifras oficiales porque el Gobierno no se atreve a mostrarlas, aunque es palpable en la calle que la inflación se traga el diezmado salario que a lo sumo ronda los 10 dólares mensuales.
Cuando los voceros de Venezuela hablan de que esa nación es “roja, rojita”, no se equivocan, el país está en saldo rojo, los libros de contabilidad son negativos, y nada hace presumir que esto cambie en un futuro cercano.
Hará falta un esfuerzo mancomunado mayúsculo, de toda una sociedad unida –y no fragmentada como lo que sucede actualmente- para tratar de impulsar al país hacia el saneamiento de las finanzas y la eliminación de los espantosos índices de criminalidad, las dos principales preocupaciones de los venezolanos.
Y el 6 de diciembre de 2015 debería significar un punto de partida para ello, una fecha bisagra entre un antes y un después. Porque mientras más se dilate el deseo de reconstrucción, más tardará la recuperación de este golpeado país.