Sé que es duro, pero tienes que cortarte la barba. Y probablemente volver a hacerte la foto del pasaporte. Tal vez ahora te dejen renovar el permiso de residencia y evites ser deportado a Afganistán en medio de un concierto de Vetusta Morla. Y queda muy raro lo de escuchar maquetas inéditas del primer disco de los Strokes en la puerta de una mezquita de Kabul. Es mejor que te dejes llevar por lo que dicen los gurús de la moda: es hora de abandonar la barba y la ropa vieja. Así se escribe nuestra historia, la de los que somos fashiom victims de toda la vida.
Comprendo tu dolor, pero no es para tanto. Fue mucho peor decidirse a vestirse así la primera vez. Ahora es mejor que seas el primero en vender tus tirantes en eBay. No estoy seguro de que Steve Urkel esté vivo, pero si no, siempre podrás vendérselos a alguno de los miles de imitadores de Michael Jackson, incluso aunque esté muerto. Los tirantes siempre tendrán mejor venta que esos gorros de lana modelo homeless con los que te paseas por las discotecas de moda.
Yo fui hipster una vez, creo. Me dejé barba un verano, quizá en 2012. Cuando eso era cosa de valientes. Y escuchaba a Australian Blonde, a Los Planetas, y a Lori Meyers, y paseaba vinilos vacíos de Maggie Bell, incluso antes de que las revistas masculinas cambiaran las tías en bikini por decenas de páginas sobre cómo eliminar gérmenes de la barba. No recuerdo haber ligado tanto como ese verano, si pasamos por alto mi primera semana de vida, en la que las chicas más guapas de la ciudad me vertían miles de besos, hacían cola para verme, y las enfermeras no se separaban de mi habitación.
Durante un tiempo estuvimos en la cresta de la ola, pero ahora todo se ha terminado. Ya no estamos en la onda. Lo mío es triste pero, bien pensado, peor es lo tuyo, que tendrás que buscar con qué rellenar el agujero del anillo que te va a quedar en la oreja. Te dije que, como norma, no es buena idea hacerse agujeros en sitios.
Ve recogiendo tus vinilos. Vende tu coche lleno de pegatinas. Y recuerda que ya no valen de nada tus listas alternativas en Spotify. Y por supuesto, se acabó eso de salir el sábado noche robándoles la ropa a los abuelos. Muerte a la parca, a la pana, a las cazadoras horteras del viejo Magnum, y al bigotito. Muerte muy especialmente al bigotito. Y venga, aflójate ese último botón de la camisa, y pon lentamente las manos en el suelo. Se acabaron las bromas.
Y cuando puedas, ven a recoger tus cajas de vinilos del maletero: te prometo que por más fuerte que los empujes, no pueden reproducirse en el USB de mi coche, y necesito espacio para guardar los restos mortales de otra generación. Pero descuida: el ataúd lo he comprado en un anticuario muy hipster, y ya lo he forrado con fotos vintage y cookies artesanales de sabores imposibles de esas que tú comes a todas horas y nunca engordas. Y aún en el entierro de todo un estilo de vida, te daré un consejo para siempre: tira todo menos las camisas de cuadros. Como inspectores del fisco, siempre vuelven.
Ahora las tendencias te van a obligar a comprarte ropa. Tranquilo. No es grave. Algunos llevamos algún tiempo haciéndolo. Somos los mismos que, cuando la explosión de Nirvana -me refiero a su éxito-, seguimos comprando champú, porque no entendíamos bien la relación entre el Smells Like Teen Spirit y el amor a los piojos. Después llegó el rap y nosotros, insistiendo en un clasicismo que no nos ha traído más que problemas, decidimos que enseñar los calzoncillos no era del todo estético, como tampoco lo era comprar prendas de tallas gigantes. A propósito: el primero en llevar mangas de dos metros fue Enrique Iglesias. Eso debería doler a los raperos.
Es un drama. Conozco tu desconcierto. Pero míralo de este modo: a las niñas les gusta tu barba bíblica porque así no tienen que verte a ti. Ahora llega la hora de la verdad. Tendrás que enfrentarte cara a cara y durante algún tiempo te sentirás desnudo. Para que el golpe no sea demasiado fuerte, date unas semanas aupado a tu vieja bicicleta sin frenos como si no pasara nada. No puedes cortar con todo de repente. Y que no decaiga. Ahora, sin esas barbas y ese ademán retro, por fin podrás pasear por el campo con tu iPad en las manos sin parecer Moisés descendiendo del Sinaí con las Tablas de la Ley.