La muerte del comandante militar más poderoso de Irán, ejecutada por Estados Unidos, fue sin duda la acción bélica más contundente realizada hasta hoy por el presidente Donald Trump.

En octubre pasado, otro ataque que acabó con la vida de otro enemigo de Estados Unidos, Abu Bakr al-Baghdadi, el fundador de Isis, a manos de las tropas de operaciones especiales estadounidenses.

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Ese acto fue importante en términos de política exterior, pero nada comparable con la muerte de Soleimani, ya que aun cuando al-Baghdadi era considerado un líder terrorista no era un funcionario oficial.

Además, el general Qassem Soleimani comandaba la Fuerza Quds del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán y era el responsable de implementar la estrategia militar para avanzar la supremacía de Teherán en el Medio Oriente.

Soleimani era el asesor más cercano del ayatolá Ali Khamenei, el líder supremo de Irán.

En ese sentido, el ataque al general, mientras viajaba en un vehículo después de llegar al aeropuerto internacional de Bagdad, fue una señal deliberada para el régimen iraní de que Washington no continuaría aceptando más provocaciones de Teherán ni ataques contra intereses de Estados Unidos o sus aliados.

Trump ya había lanzado un tuit a Irán, de que pagaría un alto precio por el ataque de la milicia chiita, respaldada por Teherán, contra la embajada de Estados Unidos en diciembre, señalando que sus palabras eran una amenaza y no una advertencia. Al parecer, anilquilar a Soleimani era claramente lo que tenía en mente.

Anteriormente, Estados Unidos había evitado responder militarmente, a pesar de las numerosas y graves provocaciones de Irán, como los ataques con explosivos que fueron adheridos a los cascos de barcos petroleros de naciones aliadas.

También obvió los ataques con misiles a la instalación de reprocesamiento de petróleo de Arabia Saudita o el derribo de un drone Global Hawk sobre aguas internacionales en el Golfo de Omán.

Con la esperanza de disuadir al régimen iraní, Trump ordenó entonces enviar más tropas a la región y desplegar equipos adicionales de defensa antimisil en Arabia Saudita.

Sin embargo, Irán no se detuvo.

Entretanto, la milicia Kataib Hezbollah, que dirige Irán, asesinó a un civil, estadounidense, que trabajaba en Iraq como contratista, durante un ataque con cohetes que tenía como objetivo una base conjunta estadounidense iraquí.

En este momento, Trump respondió con ataques aéreos en cinco de las bases del grupo en Irak y Siria.

Es cierto que la decisión de atacar al general iraní que lideró las agresiones en todo Medio Oriente fue una apuesta arriesgada, en medio de la volátil situación que podría conllevar a una retaliación militar. Sin embargo, los republicanos en el Congreso acogieron en general con beneplácito la acción, ya que denotó la fuerza y determinación de Estados Unidos para enfrentarse a un enemigo peligroso.

En el pasado, cuando Estados Unidos tomó medidas similares, sea quien fuere el presidente, sirvió para recordar a otras naciones con intenciones potencialmente hostiles que Washington siempre estaría listo para responder militarmente cuando fuera necesario.

Ahora, por ejemplo, el líder norcoreano, Kim Jong-un, podría pensarlo dos veces antes de provocar a Trump y lanzar una nueva prueba de misiles balísticos, pues deberá calcular si vale la pena ponerse en riesgo cuando el presidente Trump no dudó en autorizar el ataque al líder militar más poderoso de Irán

En un año electoral, es seguro que Trump no querrá demostrar debilidad ante líderes extranjeros que busquen la confrontación.

De igual manera, la acción de Trump contra Teherán coloca a los principales candidatos presidenciales demócratas en una posición desventajosa.

Aun cuando, la líder demócrata en la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, consideró que el asalto mortal a Suleimani representaba una escalada peligrosa e incluso “una acción irresponsable”, el hecho es que Estados Unidos había sido provocado en numerosas ocasiones por un país decidido a dominar una región, donde la participación estadounidense ha sido tradicionalmente una prioridad clave de la política exterior para Washington.

La acción de Trump podría representar una ventaja electoral si votantes y partidarios interpretan el hecho como una advertencia necesaria y oportuna de que Estados Unidos no vacilará en defender sus intereses si es provocado.

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