He estado tomando una copa con Javier Quero y he vuelto a pagar yo. Mi amigo Luis Livingstone está de testigo. O los camareros del Makkila, frente a la embajada de Estados Unidos, a cuyos guardias recomiendo revisar si tienen todos sus fusiles en orden porque anduvo Quero por allí. Tiene mi compadre innata habilidad para escurrir el ticket en el último segundo. No por necesidad sino por diversión, que se lo pasa como un gorrino en una charca puliendo su táctica.

Durante dos horas te convence de que hay mucho que celebrar y que, en consecuencia, esta vez pagará él los gintonics. Y yo, con la guardia baja, detengo una lágrima al borde de la emoción al escucharle por primera vez en la vida que está dispuesto a asumir una cuenta. Error de principiante. Dispuesto está. Pero la cuenta siempre la pago yo. Siempre. Lo saben los chinos, la madre superiora, el algoritmo de Google y hasta el gobernador del Banco de España. La última vez que Quero pagó un café, todavía regía el trueque. Lo cambió por un guionista sano criado en cautividad.

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Hace algunos años compartimos mesa de trabajo en la tele. A las doce tomábamos café en el pequeño bar que había en mitad de la redacción. Por esas cosas de las costumbres horarias, coincidíamos siempre con los mismos en la barra. La cortesía habitual era invitar a los compañeros. En uno de esos días de tedio y rutina, Quero y yo hicimos una apuesta: a ver durante cuánto tiempo era capaz de exhibir el mismo billete para hacer el amago de pagar y dejarse adelantar por otro, más rápido en la invitación. Para acallar la mala conciencia, tengo en mis oraciones a los cuatro que terminaron pagando siempre nuestros cafés. Día tras día. Canonizables. Muchas semanas después de la apuesta, hacia el final de la temporada, el billete de Quero lucía ya bastón y barba bíblica y seguía danzando intacto en su bolsillo, saliendo a pasear a la hora del café y regresando a su madriguera mucho antes de que la camarera pudiera hacerse con él. Yo llegué a cogerle tanto cariño al billete que, de haberlo perdido, habría llorado con desconsuelo su ausencia.

De la misma temática hay otras tantas apuestas protagonizadas por mi compadre en el noble arte de dejarse invitar. Las guardo para mí porque sospecho que aún no han prescrito y en España los jueces no tienen sentido del humor.

Hay toda una escuela en la destreza de no pagar la cuenta. Quero es caso aparte porque consigue que pagues y que, al tiempo, te sientas agradecido por su generosidad. Es más, llegas a casa con la sensación de que ha pagado él. Pero los especímenes normales disponen de un amplio lenguaje corporal para evitar el momento de abonar las copas.

Está el que rebusca en todos los bolsillos; una táctica que me ha llevado a descubrir que tengo amigos que tienen cerca de ciento cincuenta bolsillos en cada traje. Está el que cuenta monedas pequeñas como quien busca contrariado las gordas pero nunca da con ellas. Está el que se adelanta con un billetón enorme y solitario que pone pálido al camarero solo de pensar en encontrar cambio a semejante cosa; los presentes resuelven el azaroso momento obligándole a recoger su billete y pagando con otros de menor cantidad.

Hay verdaderos artistas. Uno de mis favoritos es el perfil del que ha desterrado las monedas de su vida. El que paga el café con tarjeta porque no lleva efectivo jamás, que es un tipo que nunca pringa en cafetería aunque cuando el importe es mayor –por ejemplo, en un restaurante de lujo– no encuentra escapatoria y cuando cae, cae con todo el equipo. Está también el fugado, que es uno que en cuanto huele que la reunión se va a dispersar, se despide a toda prisa, justo antes de que alguien diga eso de ¿qué le debo? Y está también el que no calla, que es un sujeto que mientras parte del grupo pide la cuenta, finge entablar una conversación importante en la esquina opuesta; incluso baja la voz y arruga la frente, para potenciar la solidez de la estrategia.

Todos ellos interpretan un papel. A Quero le asiste el hecho de ser un magistral humorista e imitador, como podremos comprobar una vez más esta noche en el estreno de Hoy no, mañana de Televisión Española. Allí hace de Bertín Osborne, como de costumbre, y de José Coronado entre otros. Haría bien Bertín en revisar sus cuentas porque tengo para mí que mi compadre puede estar asaltando marisquerías de toda España en su nombre, con ese gracejo tan suyo –de Bertín– para levantarse de la mesa y abandonar el restaurante al grito de “¡Ponlo a mi cuenta, figura!”.

Hay quien pensará que este artículo es una venganza contra mi compadre por las copas de anoche. De eso nada. Es una columna escrita desde la más sincera admiración, con la ilusión y la inocencia de quien espera que el próximo día Quero se invite a unos tragos, las ranas críen pelo y miles de camellos se afanen en pasar por los ojos de las agujas.

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