Jubilado, setenta y dos años, Niño de Guzmán se levanta a la hora de siempre, ocho de la mañana, toma un desayuno frugal, apenas una tostada con queso cremoso y un café, se asoma a la ventana de su departamento y confirma que su vecino, el doctor Fernández, no ha arriado la bandera de la nación que, hace semanas, izó y puso a ondear, durante las fiestas patrias. Todos en el apacible vecindario mesocrático han retirado y guardado sus banderas hasta el próximo día de la independencia, pero el doctor Fernández, por descuido o testarudez, por olvido o extravagancia, mantiene airosa y flameando la bandera nacional. Niño de Guzmán se indigna al ver todavía desplegada la bandera de su vecino y le dice a su esposa Susana:

-La bandera de Fernández es un asco, un trapo inmundo. Es una vergüenza que exhiba una bandera tan sucia, tan cochina.

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Susana no presta demasiada atención a los regaños de su esposo.

-No te metas -le dice-. No es tu problema. Es su casa, su azotea, su bandera. Si no ha lavado su bandera, es problema suyo.

Niño de Guzmán se exaspera:

-¡No es un problema suyo, es un problema nuestro, de todos los vecinos! ¡Porque ese trapo asqueroso afea el barrio! ¡No tiene derecho a atentar contra el ornato del distrito!

Susana suelta una carcajada levemente burlona, que irrita a Niño de Guzmán, quien le pregunta:

-¿De qué te ríes, se puede saber?

-De que seas tan viejito para usar la palabra “ornato”.

Continúa riéndose y enseguida agrega:

-Además, la has usado mal.

Niño de Guzmán se enfurece con su esposa, sale del departamento, dando un portazo, y se dirige a un café cercano. A continuación, le escribe una carta al doctor Fernández, su vecino, al que odia secretamente:

“Querido doctor Matasanos:

¿Es usted ciego o miope? ¿Es tonto o se hace el tonto? ¿No se da cuenta de que su bandera es un trapo inmundo, polvoriento, que no ha lavado en años? ¿Cómo tiene el mal gusto de exhibir esa tela asquerosa? Además, las fiestas patrias fueron hace semanas, ¿no le parece que ya va siendo hora de bajar su jodida bandera y tirarla a la basura? ¿Sabe que todos en el vecindario, todos, créame, estamos hartos, hasta la coronilla, de ver esa horrible bandera que parece un trapo para lavar carros? Si no saca la bandera mañana mismo, si continúa insultándonos a los vecinos, lo denunciaré ante la alcaldía, para que le impongan la multa que usted merece pagar, por ser un vecino tan egoísta y desaseado. Atentamente,

Un vecino anónimo”.

Niño de Guzmán espera a que caiga la noche para dejar furtivamente la carta en la casona del doctor Fernández. Es un consultorio de dos pisos, con una recepcionista y una sala de espera en el primer piso, y una oficina amplia en la planta superior, donde el doctor Fernández, siquiatra de prestigio, con maestría en el extranjero, recibe a sus pacientes, entre seis u ocho cada día, a quienes cobra cien dólares la hora. Niño de Guzmán es paciente del doctor Fernández, lo visita todos los jueves a las tres de la tarde. Lo odia. ¿Por qué lo odia? Porque el doctor Fernández es un hombre de éxito, que gana mucho dinero. También lo odia porque le duele pagarle cien dólares todos los jueves. ¿Por qué continúa viéndolo todas las semanas, si lo odia y le parece excesivamente oneroso? Porque lo necesita: Niño de Guzmán es bipolar con fuertes tendencias depresivas, ha sido alcohólico y tiene crisis de ansiedad y ataques de pánico, y se vuelve impotente si no toma las pastillas que le prescribe el doctor Fernández, junto con otras cápsulas o píldoras para combatir la depresión, el insomnio y la ansiedad. Niño de Guzmán está mejor, mucho mejor, gracias al doctor Fernández, pero no se lo agradece, le guarda rencor, lo detesta, porque le parece un abusivo, un usurero: ¿cómo puede cobrarme cien dólares por semana, si sabe que soy jubilado y no me sobra la plata?

Esa noche, Niño de Guzmán le dice a su esposa que saldrá a caminar, pasa por el consultorio del doctor Fernández y desliza la carta anónima por debajo de la puerta. Luego se ríe con malicia y se siente joven, travieso, lleno de vida.

Lo que no sabe ni imagina Niño de Guzmán es que el doctor Fernández tiene cámaras de seguridad que lo han grabado, agachándose y empujando la carta insidiosa por debajo del portón del consultorio. Al día siguiente, el doctor Fernández lee la carta, no se enfada, suelta una carcajada y, poco después, comprueba, con la ayuda de la empresa de seguridad que ha instalado las cámaras, la identidad del vecino quejumbroso y amenazante: tenía que ser Niño de Guzmán, piensa, con una media sonrisa. Luego decide que va a ignorar la provocación, no se dará por aludido y castigará la insolencia de su vecino, manteniendo enarbolada y flameando la bandera de la disputa. Que se joda, piensa. Voy a dejarla hasta navidad, malicia su venganza. ¿Desde cuándo Niño de Guzmán es el inspector de higiene y buenas costumbres para decirme que mi bandera está sucia y que agrede su campo visual?, se pregunta, menos furioso que divertido.

Como pasan los días y el doctor Fernández no retira su bandera del techo del consultorio, Niño de Guzmán camina a la alcaldía y lo denuncia, pero nadie le hace caso, nadie hace nada, lo tratan como a un viejito cascarrabias y lo mandan a su casa, “tómese un calmante y una manzanilla”, le dicen, menoscabándolo, humillándolo. Esa misma tarde, con una indignación que no cesa, Niño de Guzmán sale de su edificio, pasa al lado del consultorio, saca un llavero y raya sigilosamente, una y otra vez, la puerta del auto de alta gama que el doctor Fernández ha dejado estacionado en el lugar habitual. No sabes con quién te has metido, piensa Niño de Guzmán: esta guerra la voy a pelear hasta el final. Mientras deja las marcas de su odio en la carrocería negra del auto del doctor Fernández, Niño de Guzmán ignora, vuelve a ignorar, que las cámaras de seguridad están pillándolo en falta, y que el siquiatra agredido conocerá sin demora la identidad de su atacante.

Sabiamente, el doctor Fernández decide no tomar represalias contra Niño de Guzmán. Está enfermo, es un hombre desdichado, no tiene vida, necesita odiarme, piensa, sin sucumbir a la tentación de la venganza. Debe de estar mal medicado, voy a considerar darle otras pastillas más potentes, que rebajen su ira contra el mundo, razona. No me odia a mí, ni a mi bandera: se odia a sí mismo, odia su vida infeliz, y expresa ese odio insultándome o rayándome el carro, concluye.

El jueves a las tres en punto de la tarde, Niño de Guzmán pasa al consultorio del doctor Fernández, le da la mano fríamente y se acomoda en el diván. Tiene ganas de darle una trompada, subir a la azotea y romper la bandera de marras, tiene ganas de irse sin pagar. Pero no se atreve, no es valiente, nunca lo ha sido. El doctor Fernández lo trata con el comedido afecto de siempre, no quiere que Niño de Guzmán sospeche o advierta que él sabe quién le escribió la carta, quién le rayó el auto de lujo. El doctor pregunta cómo va todo. Niño de Guzmán responde:

-Todo va mal. Muy mal.

-¿Por qué? -pregunta el doctor.

-No estoy durmiendo bien. No tengo apetito. Me siento cansado todo el día. Necesito otras pastillas para dormir.

-Comprendo.

-También estoy experimentando problemas en mi vida sexual.

El doctor Fernández arquea las cejas, sorprendido, y se permite un mohín levemente desdeñoso.

-¿Problemas de qué tipo?

Niño de Guzmán lo mira con abierta hostilidad y dice:

-Me cuesta trabajo tener una erección, ¿qué más va a ser?

-A su edad, es normal -sentencia el doctor Fernández.

Luego abre un cajón de su escritorio y saca un frasco de pastillas.

-Quiero que tome estas pastillas -dice-. Tres veces al día, cada ocho horas, sin falta. Son para aumentar el apetito sexual.

Enseguida saca otro frasco y dice:

-También debe tomar estas pastillas. Solo una antes de dormir.

Cuando el doctor Fernández le alcanza los frascos, Niño de Guzmán advierte que el siquiatra se ha pintado las uñas con un esmalte transparente que refuerza el color natural de las uñas y les da un brillo coqueto, llamativo. Rencoroso, Niño de Guzmán piensa: se pinta las uñas, pero no lava su bandera, es un payaso este siquiatra. Al salir, la recepcionista lo sorprende doblemente, pues no le cobra la consulta ni las pastillas.

-Son un regalito del doctor -le dice.

Lo que ella no sabe, y Niño de Guzmán tampoco, es que el doctor Fernández ha elegido esas pastillas no para aliviar los padecimientos de su paciente, sino para agravarlos.

Unos días después, Niño de Guzmán sigue viendo la bandera que a sus ojos luce inmunda y agraviante, pero ahora todo le parece más feo, más chocante, más insultante, porque lleva días sin dormir bien y sin tener una mínima erección que le permita hacer el amor con su esposa, o procurarse un mustio placer solitario, mirando pornografía a hurtadillas. La venganza del doctor Fernández ha sido perfecta: no ha arriado su bandera y ha sumido en una honda depresión a su enemigo, el vecino belicoso.

Preocupada por la salud de su esposo, Susana examina los frascos de las pastillas que el siquiatra le obsequió a Niño de Guzmán y confirma que están expiradas.

-¡Ese hijo de puta me quiere envenenar, me quiere matar!- grita Niño de Guzmán, poseído por una furia ciega, asesina.

Luego dice gritos que entrará esa noche al consultorio y quemará la bandera del siquiatra, pero Susana sabe que son solo amenazas, que su esposo no está en condiciones de ejecutarlas.

A la mañana siguiente, mientras desayuna, Niño de Guzmán dirige una mirada a la casona de su enemigo y advierte que la bandera ha sido retirada por fin. He ganado la guerra, piensa, orgulloso. Me hice respetar, se dice a sí mismo. De todos modos, ha decidido que no verá más al doctor Fernández, pues ahora sabe que no puede confiar en él. Quiere cobrarse la venganza por la afrenta de las pastillas expiradas, pero no sabe cómo.

Meses más tarde, el día de su cumpleaños, Niño de Guzmán recibe un regalo inesperado de su vecino. Lo abre, desconfiado, receloso. Es la bandera de la nación, una tela voluminosa, bien lavada, bien planchada y doblada, que huele a lavanda. Entre sus pliegues, hay una nota que dice:

“Querido vecino: Ya que no puede erguir su colgajo o palo menor, tal vez le sirva de consuelo levantar esta bandera y verla bien erecta, bien rígida. ¡Feliz día! Su amigo,

El doctor Fernández”.

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