sábado 25  de  abril 2026
OPINIÓN

La ilusión de la impotencia militar: por qué la guerra es el árbitro final

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

El 25 de febrero, Janan Ganesh publicó en el Financial Times un artículo titulado Cómo la guerra dejó de funcionar. En dicho texto, el analista plantea que la historia del siglo hasta ahora es la inefectividad de la fuerza. Ganesh argumenta que, tras los resultados en Ucrania, Irak y Afganistán, existe un patrón de frustración militar que afecta tanto a democracias como a autocracias. Según su visión, el hardware tradicional ya no basta para someter a un adversario y la guerra se volvió un ejercicio de costo excesivo para una ganancia mínima. Sin embargo, esta tesis resulta frágil al contrastarla con la realidad estratégica y la historia profunda.

El primer error de Ganesh es la extrapolación negligente. Utilizar tres o cuatro conflictos mal gestionados para decretar el fin de la utilidad de la fuerza es ignorar que el poder bélico dicta sentencias. Mientras el autor ve "impotencia", la realidad muestra que la capacidad bélica se mantiene como el recurso definitivo. Si una potencia decidiera una destrucción total, sin las restricciones morales modernas, la guerra recuperaría su eficiencia histórica. Un bombardeo sistemático al estilo de Dresde en la Segunda Guerra Mundial demuestra que la fuerza bruta funciona; lo que cambió es la voluntad política de emplearla y el miedo a la escalada nuclear que actúa como inhibidor.

El caso de Israel es quizás el ejemplo más claro de que Ganesh se equivoca. Para el Estado hebreo, la guerra no es una opción de "baja rentabilidad", sino una herramienta de supervivencia. En sus enfrentamientos con Hezbolá en el Líbano o en la actual situación en Gaza, Israel utiliza la fuerza para desarticular capacidades operativas, eliminar líderes y establecer zonas de seguridad que la diplomacia jamás garantizará. No se busca una "paz definitiva", algo que es una ilusión de Hollywood, sino una ventaja estratégica para la continuidad del Estado. Asimismo, la presión militar constante sobre Irán demuestra que la acumulación de poder bélico es lo único que mantiene a raya un estallido regional total.

Ganesh también cae en la trampa de la "victoria cinematográfica". Sostiene que no hubo victorias claras desde la Operación Tormenta del Desierto en 1991, pero la realidad es que casi ninguna guerra en la historia tiene un final de guion con principio, nudo y desenlace perfecto, a excepción quizás de las guerras mundiales. La mayoría de los conflictos son procesos continuos de desgaste y acuerdos bajo presión. Decir que la guerra no funciona porque no hay un desfile de victoria en una capital es no entender la naturaleza del conflicto humano; es decir, algo permanente e inherentemente indeciso, como ya prefiguró la guerra de Corea.

Finalmente, el artículo ignora un factor sociológico clave como el alejamiento de la violencia en la vida civil de las democracias occidentales. Llegamos a un punto donde la violencia física fue desplazada de la resolución de problemas cotidianos y la reemplaza una hipersensibilidad al conflicto verbal. En un entorno donde un agravio retórico se vive como una agresión grave, la población, y analistas como Ganesh, perciben la guerra real como algo ineficaz o ajeno. Esta percepción nace de una sociedad que perdió la capacidad de comprender la contundencia como método de resolución.

La guerra es una herramienta funcional cuando se aplica con la determinación necesaria. Los factores que impulsan el conflicto no desaparecieron; sólo están a la espera de actores que no teman al costo ni a las narrativas de "impotencia" para imponer su voluntad por la fuerza.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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