Ha llegado el calor a Madrid. Y con el calor, una inmensa muchedumbre de hinchas ingleses del Liverpool y el Tottenham que vienen a la final de la Champions League; ya saben, esa competición que siempre gana el Real Madrid, salvo cuando nos parece que seguir haciéndolo sería abusar y entonces decidimos retirarnos algún año y darles una oportunidad a otros. Estos fans ingleses llevan completamente borrachos desde que pusieron un pie en Madrid, y no deja de tener mérito, porque aún ebrios como piojos por tercer día consecutivo, sé que llegará el momento del partido y entonarán solemnemente esos himnos tan bonitos con la mano en el pecho, supongo que en sincero homenaje también a los caídos en combate en la capital de España luchando en el Frente de Cirrosis.

A media tarde de ayer, ya era complicado hacerse con una cerveza en Madrid, porque la mayor parte de las reservas estaba ya en la panza de estos chicos, que imagino que tienen el hígado de platino. Tal vez eso esté relacionado con la pasión con la que son capaces de corear las canciones de sus equipos durante toda la noche. Sí. También bajo mi ventana. Que a eso de las cuatro de la mañana llegué a convertirme en un fervoroso devoto de la idea de legalizar las armas o al menos ilegalizar a los botarates. Que, en la noche y la mañana, las calles de la capital parecían la Coral de la Cogorza. Justo es decir que han venido a Madrid con buena actitud, preguntan muy educadamente dónde está el cuarto de baño –mientras pegan divertidos saltitos y cruzan las piernas con angustia pero sin perder la compostura, aunque estén a punto de sufrir un espasmo prostático-, y te paran en grupo por la calle para que les expliques dónde puede cenarse de pinchos y cañas por los barrios castizos de la ciudad. Bien. Esto es un ejemplo de integración cultural. Estos chicos saben a lo que vienen. Me gustan. Y van borrachos al tablao flamenco, que casi es lo mejor que puede hacer un inglés en un lugar así.

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Yo imagino que han venido a ver el fútbol, además de beberse hasta el agua de los floreros, pero no deja de asombrarme la educación con la que piropean sin descanso a las mujeres españolas. En media hora en la terraza del Círculo de Bellas Artes vi a decenas de ingleses exaltar a las bellezas de Madrid que suben y bajan sin descanso por la calle Alcalá en esta época del año. Lanzan el cumplido con ese punto entre educación y admiración que hace que la que lo recibe lo devuelva con una sonrisa, o incluso lo agradezca de palabra, como hizo una muchachita que llevaba un precioso vestido y a la que se lo hicieron notar tanto los hinchas como las hinchas, que se cruzaban con ella. Otro, chapurreando español, exclamó ante el paso de una morenaza como las de las canciones de Sabina: “¡Viva la mujer española!” y una muchedumbre vestida con los colores del Liverpool respondió al unísono “¡Viva!” en un castellano que bien podría ser el de Miguel de Cervantes. Que estos tipos no tienen ni idea de español pero cuando se trata de ligar son capaces de hablar sánscrito con fluidez.

Se respira en la calle un aire festivo que es muy propio de este tiempo. Una euforia desmedida, tal vez provocada porque por fin no tenemos citas electorales en el horizonte inmediato, que no sé si saben ustedes que últimamente los españoles nos pasamos el día votando.

En cosa de tres semanas lo que hoy es calor se convertirá en fuego y entonces ya no estará tan amable el Madrid de las terrazas, y habrá que refugiarse en el de los pubs con aire acondicionado, donde sin duda quedará todavía algún inglés borracho desde el día de la final, de entre los ganadores.

Pocas veces se insiste en el carácter acogedor de Madrid, que es todo un ejemplo en el trato a los turistas. No me refiero solo a las instituciones, sino que en Madrid existe ese tipo de gente a la que preguntas dónde está una calle y no se separa de ti hasta que la encuentra, diseña la ruta, y te deposita en la propia acera que buscabas, no sin antes desearte una feliz estancia, o suerte en el partido, o qué se yo. Esto ocurre también en Italia, pero la diferencia es que el español rara vez te roba la cartera en el proceso. No pretendo faltar al respeto a los italianos, entre otras cosas porque es mi destino favorito de vacaciones. Solo que la picaresca romana y veneciana han alcanzado un grado de histrionismo que hasta te hace gracia que te roben, solo por ver cómo habrá sido la sofisticación del golpe.

Madrid, epicentro del fútbol mundial. Hay quien objeta que este es un turismo ordinario porque bebe, grita por las calles y no visita museos. Yo después de cruzarme con treinta aficionados beodos esta mañana, todavía no se habían acostado desde la noche anterior, creo que es preferible que no entren en el Museo del Prado. Son capaces de pintarles bigotes y la camiseta del Tottenham a Las Meninas, si es que el subidón etílico no les sugiere aún algo más perverso. Con o sin museos, es un turismo que viene a gastarse un dineral a Madrid, que se enamora de la ciudad cada vez que visita una taberna de la Cava Baja, y que cree que España es una gran nación, festiva y alegre. Y no tenemos ninguna razón para llevarles la contraria. Somos una gran nación. Somos festivos. Y somos alegres. Al menos a partir de la tercera jarra de sangría.

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