Vago entre la salud y la enfermedad, con la gripe del sueño rondando mi cabeza, que es esa niebla de septiembre que te pone cuerpo de enfermo en cuanto caen las primeras lluvias. Es la hora de la siesta, el restaurante parece un zoo, y un camarero se afana en golpear los platos contra el fregadero tratando de hacer el mayor ruido posible, y hay que reconocerle una gran habilidad en esto, un talento para convertirse en un tipo absolutamente molesto. Exaspera el desprecio que el mundo moderno siente por el silencio. En la mesa de al lado, José Alfredo está al aparato y su jefe, que se está endosando un arroz con bogavante, le abronca sin descanso y a gran volumen, para que lo oigamos todos. Y yo desde aquí, Jose Alfredo, te diré algo: tu jefe es algo peor que un mal tipo, tu jefe es un pesado, tan anodino e insistente que acabo de ver bostezar al bogavante.

Debe estar el aire cargado de una rara electricidad porque esta mañana he visto a un sujeto enajenado destrozar la puerta de su propia furgoneta a golpes, contrariado por algún asunto, y a punto he estado de ayudarle, porque parecía estar disfrutando cada tortazo, y hay sensaciones que merece la pena experimentar, sobre todo si es contra el coche de otro. En vez de pararse y salir en defensa de la puerta, varios transeúntes se detuvieron para filmarlo con el móvil y enseñarlo después a las visitas y otras víctimas de sus reportajes callejeros. Hay un maldito periodista dentro de todo el mundo. La mayor parte de la gente es capaz de contenerlo, estudiar una profesión honrada, y enterrar esa vieja tentación de reporterista. Solo algunos sucumbimos a la tara y nos dedicamos al oficio con la seguridad de que es mejor no enorgullecerse de los vicios propios, especialmente de los literarios. A José Alfredo le sigue abroncando su jefe, que cada vez habla más alto, no sé para qué quiere teléfono, y yo ya estoy rezando para que quiebre la empresa o para que Arturo, que así se llama el CEO, decida ir de safari a África, hacerse un selfi fuera del coche, y que se lo coma un león.

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Busco un poco de calma para escribir, y busco más aún un sillón de grandes orejeras donde poder enterrar la cabeza unos minutos y retomar contacto con el más allá, olvidar a José Alfredo y a Arturo y volver a mi sintonía con la vida. Me ha dado un tirón en el cuello en mitad de un bostezo y me he quedado tanto rato con la boca abierta que las viejecitas han comenzado a meterme moneditas al pasar, mientras musitan oraciones a medio santoral. Tengo más sueño que un parlamentario en un debate del Brexit. Y es este entretiempo entre el verano y el otoño el que me sitúa a medio camino entre la gripe, el sopor, y la pasión por las mantas mullidas.

Llueve con fuerza en la calle y presiento que se trata de un homenaje a una de las instituciones más grandes de la vida española, la siesta, cima de una cultura nacional alimentada por miles de héroes siglo tras siglo y transmitida de padres a hijos con ritual devoción. Todo para que ahora, en el corazón de Madrid, no haya ni un solo bar silencioso donde escribir y dormitar, porque los que no gozan de los redobles de plato y cubierto de algún camarero ruidoso, están infestados de hilos musicales de temática probablemente criminal. Por no citar que ahora la cocina de los restaurantes ya no está en la cocina sino en el centro y sin puertas, de modo que igual estas escribiendo una columna, qué se yo, sobre la caza de la ballena, y un cocinero asesino te lanza un chorro de escabeche al traje, y te arregla el día, mientras le miras con cara de atún, pero de atún cortado en rodajas.

Y yo me pregunto por qué entre todos los oficios del mundo he tenido que elegir uno que a veces requiere silencio, y eso es algo que no existe cuando el mundo entero conspira para hacer ruido, porque odian a los columnistas, porque no soportan a los escritores, porque quieren acabar con nosotros como acabaron con los cafés del siglo XIX, con los despertadores que no repiten la alarma cada cinco minutos, con los zapatos de hombre, con el latín, y con las botellitas de ron de lujo en las habitaciones de los hoteles.

El mundo es hoy, en fin, un lugar feliz para los Arturos, los pacientes José Alfredos, y todos esos bárbaros que gozan en los restaurantes cocinando la carne en su propia mesa, como si estuvieran haciendo malditas barbacoas en pleno barrio de Salamanca, y es una cárcel para los poetas, los borrachos, y demás gente de orden.

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