La semana pasada comenté sobre la Declaración de Independencia de 1776 y su mandato de buscar la felicidad colectiva como fin prioritario de un gobierno, por encima del poder, la riqueza o la gloria militar, según lo definió John Adams, uno de sus firmantes.
Inspirados en los filósofos y en los primeros colonos que llegaron a bordo del Mayflower 156 años antes, escapando de la persecución británica, los fundadores entendían que esa felicidad era inseparable de la bondad, es decir, de vivir con virtud, de contribuir al bien común y de actuar conforme a principios morales. Ese binomio es el más exigente de todo lo que dejaron por escrito y también el más incumplido, empezando por ellos mismos, ya que entre la teoría y la práctica siempre hubo la misma distancia.
La historia de la humanidad está llena de principios proclamados y traicionados. Constituciones que consagran derechos y son reformadas para satisfacer a los gobiernos de turno. Revoluciones que se levantan contra la opresión y terminan imponiendo una peor. Líderes religiosos que predican la moral y amparan la pederastia. Políticos que combaten a otros tiranos y terminan ejerciendo tiranías propias. El poeta romano Ovidio, en su obra Metamorfosis, lo expresó con una brutalidad que no ha envejecido: "Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor". Sus palabras cobran valor universal al apelar a una condición permanente del ser humano, sin importar la época.
Jeffrey Rosen, en The Pursuit of Happiness, muestra que los fundadores no fueron ajenos a esa contradicción ni la negaron. Patrick Henry, una de las voces más elocuentes de la revolución, reconoció que la esclavitud violaba los derechos naturales que él mismo defendía, y aun así fue dueño de esclavos, sin intentar justificarlo.
No fue solo él. Thomas Jefferson redactó algunas de las frases más hermosas sobre la dignidad humana del siglo XVIII y fue dueño de más de seiscientos esclavos. George Washington tuvo trescientos. También los tuvo James Madison, el arquitecto de la Constitución, entre otros.
La esclavitud no era la única contradicción. La expansión hacia el oeste se hizo sobre los pueblos que habitaban ese territorio desde mucho antes de que existiera la palabra América. Fueron desplazados, masacrados y confinados. El derecho a la vida, proclamado en la Declaración, no era para todos.
Ahí está el nudo que los fundadores dejaron sin resolver. La felicidad virtuosa no se alcanza sin bondad. Y la bondad no puede ser solo una declaración. Es una práctica diaria, incómoda, costosa. Una nación, como una persona, puede proclamar lo mejor de sí misma y vivir de manera opuesta.
En esta celebración del 4 de julio, académicos y periodistas de todo el mundo han vuelto a interpretar la historia de los fundadores, cada uno desde su propia trinchera. Unos los reivindican, otros los condenan. El juicio depende más de dónde se para quien mira que de los hechos en sí. Y así seguirá siendo, porque cada generación juzga con los valores de su tiempo.
Lo importante es no confundir la conducta de los hombres con la validez de los principios. Los Diez Mandamientos llevan milenios sin cumplirse del todo y nadie propone abolirlos. Su valor no está en la obediencia perfecta, sino en que existen, en que nombran el bien y trazan una línea entre lo correcto y lo incorrecto.
Los principios de la Declaración funcionan igual, son el marco desde el que medimos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser.
Hoy, 250 años después, siguen siendo la vara con la que cualquier sociedad puede medirse. Lo que importa no es si los fundadores estuvieron a la altura de sus palabras, sino si cada uno de nosotros lo está.
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