Toda Nochevieja es una invitación a la prudencia. Es cierto que termina el año, pero todo parece indicar que inmediatamente después comenzará el siguiente. De modo que la celebración ha de ceñirse en proporción a esta circunstancia. Ocurra lo que ocurra, el sol volverá a salir al día siguiente, y tendrás que regresar a casa, al trabajo, a las inclemencias de enero, y conviene que no lo hagas con serpentinas en el pelo y restos de purpurina en las orejas. Tus compañeros de trabajo no tienen por qué saber que has contribuido al repunte de beneficios mundiales de la industria licorera en el último suspiro del año.

Hay personas que pasan la noche de Fin de Año en la calle, alrededor de plazas o relojes más o menos concurridas, y otras que prefieren hacerlo en familia. Sea como sea el ritual, de pronto suenan doce campanadas, o una cuenta atrás, o algo similar, y el cielo se llena de fuegos artificiales de colores, y todos nos abrazamos como supervivientes de un holocausto nuclear, y tal vez la comparación sea escasa, teniendo en cuenta la gravedad y peligrosidad del siglo que nos ha tocado transitar, y que a fin de cuentas el verdadero milagro es que estemos vivos; o al menos a la hora de redactar estas líneas, todo apunta a que lo estoy.

Es muy común que tras el cambio de año la noche se extienda y se pierda en fiestas privadas y públicas. En todas ellas hay un componente esencial, que es el baile, y otro también de primer orden, que es la risa. Si cada vez que ejecutas el primer componente provocas en el resto de comensales el segundo componente, es preferible que acudas al tercero: la barra. Allí podrás ejercer tu derecho democrático al daiquirí o, echar mano de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para exigir a alguna camarera que te proporcione un combinado más o menos on the rocks: “Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente, y al libre acceso a la cerveza, el ron, y el whisky”, reza el artículo 17, “y casi todas las personas tienen también derecho al libre acceso a la ginebra; el asunto del vodka queda en suspenso por el momento, por su potente impacto olfativo; y por último, la granadina, está terminantemente prohibida por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Ahora que hemos conocido brevemente los derechos y obligaciones del donjuán de Nochevieja, hemos de detenernos un poco en el modo de vestir y de comportarse.

El atuendo ideal para la gala de Fin de Año varía según el sexo, la edad, y el país de celebración. En España los hombres suelen vestir traje, las mujeres se ponen guapísimas, y luego hay un montón de pingüinos de muy extraña definición a los que la fiesta parece haberles sorprendido por accidente mientras trataban de robar un cadáver en un funeral cercano. Una práctica muy extendida entre los pingüinos. Para todos lo demás lo correcto es vestirse como lo hagan todos los demás.

En este punto conviene recordar que la excitación etílica colectiva no exime a los sujetos de sus obligaciones ciudadanas: esto incluye el respeto a la ley y el orden, el pago de impuestos, el aseo personal, y el rechazo a cualquier tipo de actividad de karaoke que implique cantar canciones populares en un escenario, siguiendo la letra que aparece en la pantalla, con un montón de beodos azuzando al protagonista de la gesta. Dentro y fuera de esas salas de karaoke, la recomendación más oportuna es pasar desapercibido y rendir tributo al silencio, ese gran olvidado.

Algunas personas intentan darle un toque divertido a sus fiestas de Nochevieja ataviándose con extrañas caracterizaciones: conviene recordar que ni Cristóbal Colón, ni Shrek, ni Donald Trump han sido convidados al cotillón propio de la madrugada del 31. Además, en algunas personas afectadas por las burbujas de champán, la contemplación de personas muertas –me refiero a Colón- en actitud propia de los vivos –bebiendo ron y bailando salsa-, puede provocar graves efectos secundarios, entre los que hemos citar la muerte inmediata por impacto emocional. Cuidado con los disfraces. Que luego los abogados se lían y terminas tú en el juzgado, con la cara aún pintada de verde-Shrek, declarando por homicidio imprudente. Y no estoy seguro, pero es posible que haya formas mejores de empezar el año. Por ejemplo rompiéndote los dientes esquiando, o dejándote devorar por una familia de jóvenes cocodrilos en uno de esos viajes de aventura con los que las agencias ahora te cobran un dineral por llevarte a celebrar la Nochevieja a un sitio donde sea fácil morir de una manera más exótica que en una gran capital y de coma etílico. Siempre será mejor un colapso por mordisco de una víbora en el Amazonas que morir cayéndote por las escaleras de una discoteca en la noche del 31 de diciembre. Es una cuestión de estilo.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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