sábado 4  de  abril 2026

Mi amigo Luis Mariano Carbonell

Para mí, Luis Mariano Carbonell es y será siempre, sobre todo, mi gran amigo. Nada ni nadie me lo pudo arrebatar

Cada vez que viajo a Cuba, recupero algo de lo que perdí al dejar mi país a los 15 años. En mi última visita, entre otras cosas, renové la amistad, interrumpida por las distancias, pero siempre viva en la memoria del corazón, con Luis Mariano Carbonell, u201cel acuarelista de la poesía antillana u201d.

n nDurante mi infancia habanera fue siempre un querido amigo de la familia, y uno de los asistentes más asiduos a las tertulias de mi tía Sara Hernández-Catá. Creo que le escuché recitar en reuniones íntimas tanto o más que en los escenarios, la radio y la televisión. En los últimos años, durante sus estancias en Miami y las mías en La Habana, habíamos hablado por teléfono varias veces, pero nuestro encuentro no se había llegado a concretar.

n nCarbonell cumplió 90 años en 2013 y me propuse no posponerlo más. Fui a verlo una soleada mañana a su pequeño apartamento en El Vedado y pasé con él una hora inolvidable.

n nLo encontré, naturalmente, envejecido, pero muy bien para su edad, y con una claridad mental privilegiada. Me contó cómo empezó su carrera en Santiago de Cuba, donde nació. La capital oriental se le hizo chica y se fue a Nueva York a mediados de los años cuarenta, ya terminada la guerra.

n nTrabajó en una joyería, disfrutó de la vida cultural de la gran ciudad, conoció a cubanos importantes como Esther Borja y Ernesto Lecuona, que mucho lo ayudaron, y comenzó a recitar en casas de amigos y en programas radiales. Con la promesa de una gira por España, regresó a Cuba, y se quedó en La Habana, donde no conocía prácticamente a nadie, en espera del viaje a la Madre Patria que nunca llegó a darse.

n nFue en esos momentos que trabó amistad con mi tía Sara, que le abrió las puertas de su casa y le presentó a personas importantes en el mundo de la cultura, algunas de las cuales luego lo apoyaron para que se abriese paso.

n nDurante mi visita, Carbonell dedicó un largo rato a recordar a mi abuela, mis padres, cada uno de mis tíos, hermanas y primos. Se acordaba de todos sus nombres y me trazó el retrato físico y las características de la personalidad de cada uno, como si en verdad pintara una acuarela, un retrato de familia.

n nPasó luego a repasar la lista de los u201chabitués u201d a las tertulias con igual exactitud. Estuve atenta a cada una de sus palabras, sin interrumpirlo, para disfrutar a plenitud el regalo que me hacía. u00a1Este hombre famoso había guardado por más de medio siglo intacta la memoria de cada miembro, incluso los niños, de mi familia! n nHace años que murieron mi abuela, mis padres, todos mis tíos, pero él los mantuvo vivos, junto a él, todo este tiempo.

n nMe aseguró que los Hernández-Catá habían sido como su propia familia; que en pocos hogares se había sentido tan arropado, tan protegido. Me agradeció la visita, que le había permitido recuperar esa etapa de su vida. No pudo seguir, porque se le hacía imposible contener la emoción. Una vez más comprobé el dolor de las ausencias que han sufrido los que se quedaron en Cuba. n nNo quise ahondar en nuestra mutua nostalgia, y le pregunté sobre su técnica para memorizar, sus poemas favoritos, su carrera, su familia. Cuando me vinieron a buscar, nos retratamos juntos. Me despedí con un beso y me fui pronto, para que no viera mis lágrimas. La persona que me recogió, me preguntó si había grabado la conversación. En ningún momento se me ocurrió. No había ido como periodista, sino a visitar a un viejo amigo.

Afortunadamente otros han hecho esa labor. El Museo de la Música acaba de publicar en La Habana El arte de Luis Carbonell, selección y prólogo de Radamés Giró. Contiene una larga entrevista a Carbonell, -donde habla precisamente de lo que conversamos sobre su técnica para u201ctrabajar u201d los poemas- y testimonios de varias personalidades. Una sección incluye poemas de su repertorio, como Mamita quiero arollar, de Roberto Díaz de Villegas, Mi Habana, de Álvaro de Villa, Me voy de flirt, de Féliz B. Caignet, y el inolvidable Los quince de Florita, de Jorge González Allué, así como varios de Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Andrés Eloy Blanco, Alfonso Camín y otro grandes poetas. El volumen contiene asimismo una relación discográfica y una serie de fotografías. Es un merecido homenaje a un hombre que con su voz, gestos, actuación y profesionalismo ha sabido darle vida a ese componente afroamericano tan vital en nuestra idiosincrasia nacional.

n nPara mí, Luis Mariano Carbonell es y será siempre, sobre todo, mi gran amigo. Nada ni nadie me lo pudo arrebatar. Lo he recuperado ya para siempre. n

n* Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española

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