Tenía ochenta o cien preguntas en la cabeza para decírselas a Milei, pero el encuentro o la charla había abortado por culpa de un avión plagado de averías. Triste y, al mismo tiempo, aliviado, salí a caminar por las calles de siempre, pensando en que, después de tantos viajes recientes, no me vendría mal pasar un fin de semana en casa con mi esposa y nuestra hija, viendo sosegadamente la vida pasar allá afuera. Aquella noche, para celebrar el infortunio o para convertirlo en un evento afortunado, hicimos el amor y me fui a dormir con la tranquilidad de que había hecho mi mejor esfuerzo, aunque por lo visto en vano, para entrevistar a Milei y, si acaso, contribuir de un modo ínfimo, modesto, irrelevante, a su eventual victoria, un triunfo que parecía seguro después de las primarias, pero que, luego de la primera vuelta, lucía ahora bastante incierto.
El sábado por la tarde, insatisfecho con mi derrota personal, deplorando mi rendición, sintiendo las voces de mi madre y mi hermana que me arengaban a no deponer las armas y a perseverar en la batalla, llamé a la aerolínea y, por las dudas, como quien compraba un billete de la lotería, pregunté si se había abierto algún asiento en el vuelo de ese sábado a las nueve de la noche a Buenos Aires, que estaba todo vendido cuando hice la consulta el día anterior. Para mi sorpresa, la operadora me comunicó una noticia que podía ser buena o mala, reconfortante o inquietante, prometedora o peligrosa: sí, alguien había cancelado, y entonces había un asiento, solo un asiento disponible ese sábado a las nueve de la noche. No lo dudé, compré el boleto sin dilaciones, pagué una tarifa de usura, me aseguré de que llegaría a Buenos Aires al día siguiente, un domingo a las siete de la mañana. De inmediato les escribí a Milei y sus colaboradores y les dije que, por mi parte, podíamos hacer la entrevista como habíamos pactado originalmente, es decir el domingo a las cinco de la tarde. No tardaron en decirme que se alegraban, que me esperaban, que la entrevista estaba confirmada.
Entonces, esa misma noche, viajé contento a Buenos Aires, nada insólito en lo que a mí respecta, porque siempre he viajado contento a aquella ciudad. Empecé a viajar a Buenos Aires hace cuarenta años, cuando la ciudad y yo carecíamos de futuro, unas brújulas desnortadas que no han cambiado, y siempre he viajado con la determinación inequívoca de que allá me aguardaba una cita con mi destino, aun si esa cita no estaba exenta de riesgos, amenazas y peligros. Nada ni nadie me obligaba a viajar y entrevistar a Milei, salvo mi curiosidad periodística y mi pueril, adolescente deseo de hacer una contribución a la causa de la libertad en aquel país donde seguramente viví alguna de mis vidas anteriores, a buen seguro como una señora afrancesada y adiposa de Recoleta.
No dormí en el vuelo ni intenté hacerlo. Me gusta estar lúcido, atento, despierto, mientras los demás duermen, y en cambio dormir a contramano mientras los otros están en pie. Dediqué el vuelo a leer, ver una serie y tomar nota de las preguntas que le haría a Milei. Al salir del aeropuerto de Ezeiza, acompañado de un conductor muy amable que el hotel había enviado a buscarme, sentí una inesperada brisa fresca, miré el reloj, las ocho de la mañana, y pensé ojalá pueda dormir unas horas en el hotel, antes de la entrevista.
Yo no quería hacer una entrevista hostil, agresiva, con preguntas de mala leche, tratando de lucirme por una parte y deslucir a Milei por la otra, pero tampoco quería una entrevista complaciente, adulona. Quería hacer una entrevista decorosa, con preguntas razonables, que, en lo posible, sacaran lo mejor de Milei y lo mejor de mí. No quería una confrontación, un diálogo áspero, una pelea acalorada. Quería humanizar al candidato, moderarlo, hacerlo estimable y hasta simpático para quienes lo veían como un loco suelto, un desquiciado peligroso, un demente que no toleraba barullos.
No pude dormir nada en el hotel. Estaba demasiado inquieto y, peor, la luz diáfana de la mañana penetraba impertinente en la habitación, sin que las cortinas consiguieran bloquearla o atenuarla. Daba vueltas en la cama, anotaba preguntas, me torturaba pensando si la primera pregunta debía ser amable o levemente punzante. En mis cuarenta años de periodista haciendo entrevistas a políticos y a gente aún peor, había aprendido que, si quieres que tu interlocutor te diga las cosas que quizás no quería decirte, que no le convenía decirte, entonces no conviene atacarlo ni incordiarlo ni mortificarlo ni humillarlo: lo que conviene es seducirlo, masajearle el ego, derribar sus defensas y luego, con suerte, como en una charla de amigos o un té de tías, llevarlo a decirte esas cosas que acaso no quería confesarte. La técnica del interrogatorio no funciona; la técnica de la seducción da mejores resultados.
Sin conciliar el sueño, fatigado pero entusiasta, vestí el traje y la corbata de siempre y llegué al lugar de la entrevista a las cuatro de la tarde, una hora antes de la cita con Milei. Había contratado a un equipo técnico solvente y profesional, y el hotel nos había facilitado un salón acogedor. Bebiendo un café tras otro, resuelto a no maquillarme, conversando con los productores y los técnicos, esperamos a que llegase el candidato presidencial. Confiaba en que sería puntual. La entrevista debía durar una hora, terminar a las seis de la tarde, y enseguida yo debía tomar un taxi al aeropuerto para abordar el vuelo de las nueve de la noche de regreso a Miami, es decir que los tiempos estaban muy apretados.
Milei llegó con una leve, comprensible tardanza. Me dio un abrazo, saludé a su novia, le dejé a ella dos corbatas y un libro como regalos al candidato, quien se retiró a maquillarse con su estilista personal en una esquina bien iluminada del salón. Me sorprendió que la delicada operación de maquillaje les tomase tanto tiempo. En casa, yo me maquillo en cinco minutos. Cuando comenzó la entrevista, Milei erguido en su silla, yo desparramado como un elefante inválido en la mía, teníamos casi una hora de retraso. Debía grabar cincuenta minutos, sesenta como máximo. ¿Llegaría a tiempo para abordar el vuelo de las nueve de la noche de regreso a casa? No parecía algo tan seguro. Me arrojé, rendido, a mi incierta cita con el destino.
-He venido a Buenos Aires a decirte que vas a ser el próximo presidente de la Argentina -comencé la entrevista, recurriendo a la probada técnica de la seducción.
Milei me agradeció el apoyo y comenzamos. Primero hablamos de la política local: por qué Massa sacó tantos votos en octubre, por qué Milei no ganó en primera vuelta, por qué Macri no fue candidato, por qué pactó con Bullrich y Macri si estos representaban a la casta. Luego hablamos de política exterior: las dictaduras de Venezuela y Cuba, cómo sería su relación con Lula y con Putin, las asperezas e indelicadezas con el Papa, las guerras en Ucrania y en Medio Oriente, sus posturas frente a Trump y Biden. En general, parecía en dominio de los temas y, en particular, de sus emociones. Raramente se permitía un estallido de furia o cólera. Lucía moderado, respondía con aplomo, solo a veces levantaba la voz y me miraba con un destello de impaciencia o de firmeza no negociable.
Solo en dos momentos Milei consiguió aburrirme: cuando habló de la historia de la inflación y la moneda en la Argentina, una historia que ya le había escuchado muchas veces, lo que me obligó a escucharle dócil, sumiso y odiándolo un poco, porque quise interrumpirlo y en un gesto de autoridad o envanecimiento no me lo permitió, lo que devaluó ese particular momento de la charla, y, más adelante, cuando trató de explicar, de nuevo en tono profesoral, y teorizando demasiado, por qué los artistas suelen ser de izquierda. En ambos momentos, me encontré turbado por el sopor, hundido en el tedio y confiado en que, llegando a Miami, editaría aquellas respuestas tan abusivamente largas y, por tanto, tan definitivamente inconvenientes por aburridas. Yo pensaba: si me estoy aburriendo yo mismo, el espectador se aburrirá más todavía. Salvo esos dos momentos que habría de suprimir, la entrevista fluyó bien.
Debo ser honesto, sin embargo: cuando le pregunté si tenía amigos gays o si era homofóbico, y a sabiendas de que algunas de sus colaboradores habían comparado a los homosexuales con personas que no se bañan y tienen piojos, me sorprendió y decepcionó que Milei dijera que respetaba lo mismo a dos amantes de un mismo sexo que a un hombre teniendo sexo con un elefante.
-El elefante soy yo -le dije, pero no celebró mi humorada.
Si bien deseo que Milei gane la presidencia, me permito algunas discrepancias con él: por ejemplo, en el tema del aborto, pues yo defiendo la libertad de la mujer a interrumpir su embarazo en los primeros meses, y en el tema de las minorías sexuales, pues, siendo bisexual, creo que la identidad sexual de una persona es una información capital para comprenderla en su cabalidad y dotarla de los mismos derechos que poseen los heterosexuales, que son la mayoría moral.
Terminada la entrevista, nos dimos un abrazo y le dije al oído:
-Tus enemigos no son los que están en la orilla contraria a rostro descubierto: tus peores enemigos están cerca de ti, cuídate de ellos.
Luego corrí a la habitación, me puse atropelladamente mi habitual ropa de viajero con sobrepeso y subí a la camioneta rumbo al aeropuerto. Llegamos minutos antes de que cerrasen el vuelo. Luego vino lo peor: las colas para la inspección de las maletas y luego para la innecesaria revisión del pasaporte fueron realmente terroríficas, centenares de personas ansiosas y apiñadas en una fila serpentina que, con suerte, debía de llevarme a mi asiento en el vuelo de regreso a casa. Apenas me senté en el avión, pedí no una, sino dos coca-colas con hielo, y pensé que estoy condenado a morir gordo, de un infarto, corriendo por un aeropuerto.
-Misión cumplida -me dije.
Pero luego me pregunté:
-¿La entrevista ayudará o perjudicará a Milei?