Si bien la tradición data de 1621, fue el presidente George Washington quien proclamó en 1789 un día nacional de Acción de Gracias. Abraham Lincoln lo declaró fiesta nacional de los Estados Unidos y el Congreso finalmente lo hizo celebración oficial en 1941.

Haciendo honor a ese espíritu del Día de Acción de Gracias, familias y amigos se reúnen para reflexionar y agradecer por la buena fortuna de celebrar juntos y hacer votos para que siempre reine la armonía entre todos.

Es un momento para evocar la unidad, algo que el país necesita ahora más que nunca.

La sociedad política de Washington está en crisis. Hay muy pocos signos de concordia, aunque hubo progresos la semana pasada, luego de que la Cámara de Representantes aprobara la propuesta republicana para lograr un acuerdo sobre la reforma tributaria.

Sin embargo, en otras áreas aún existen tantas divisiones, que parece poco probable que se logren pactos significativos entre republicanos y demócratas.

Las investigaciones oficiales sobre la presunta colusión entre Rusia y el equipo de campaña electoral del presidente Donald Trump y los casos de políticos de alto perfil acusados de acoso sexual han exacerbado las pasiones, creando un clima propicio para la desconfianza y la revancha.

Los potenciales escándalos están alcanzando una suerte de “momentum" político, donde cada acusación provoca una contra acusación.

Por lo pronto, el presidente Trump está presionando a su fiscal general Jeff Sessions para que abra una investigación en contra de Hillary Clinton, sobre una serie de señalamientos que van desde el uso indebido de correos electrónicos privados, cuando era secretaria de Estado, hasta las sospechas de que validó la venta de una compañía minera canadiense llamada Uranium One a una agencia nuclear rusa, a cambio de donaciones para la Fundación Clinton.

Y mientras Clinton ha desestimado las acusaciones, considerándolas parte de una vendetta política, las denuncias de los supuestos abusos sexuales, cometidos 29 años atrás por su esposo, el expresidente Bill Clinton, han vuelto al tapete, después del creciente número de casos de acoso que han surgido en las últimas semanas y que involucran a prominentes figuras políticas.

Sorprendentemente fue la senadora demócrata Kirsten Gillibrand, de Nueva York, quien, al ser interrogada sobre el infame asunto de la pasante de la Casa Blanca, Monica Lewinsky, dijo que en esa oportunidad el presidente Clinton debió haber renunciado.

El caso de Roy S. Moore, el candidato republicano, despertó la ira por resistirse a abandonar su postulación para el Senado por Alabama, en medio de acusaciones que lo señalan como responsable de atacar hace años a varias jóvenes, incluida una menor de edad.

Si bien el aspecto positivo desencadenado por las incriminaciones por abusos sexuales en contra de Harvey Weinstein, el productor de Hollywood, es que las supuestas víctimas están decididas a hablar para cambiar esos patrones de conducta, también es cierto que ha puesto en evidencia alarmantes divisiones sociales no solo en Washington, sino en el resto del país.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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