Imagina que ha inventado un motor revolucionario. Este motor es tan potente que, si lo pone en un coche, gana todas las carreras. Pero si lo pone en un tanque o en un misil, se convierte en el arma más peligrosa del mundo.
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Imagina que ha inventado un motor revolucionario. Este motor es tan potente que, si lo pone en un coche, gana todas las carreras. Pero si lo pone en un tanque o en un misil, se convierte en el arma más peligrosa del mundo.
Ahora, imagine que su mayor rival geopolítico, uno con el que tiene tensiones constantes, quiere comprarle esos motores. Le ofrece miles de millones de dólares.
Tiene dos opciones, la primera es vender, enriquecerse y emplear ese dinero para el desarrollo de un motor aún mejor. Y la segunda es no vender, pierde el dinero, pero se asegura de que su rival no tenga su tecnología para usarla en su contra.
Este es, en palabras sencillas, el conflicto que sacude a Estados Unidos y China ahora mismo. Y no se trata de motores, sino de chips de inteligencia artificial (IA).
¿Qué son estos "chips" y por qué son tan especiales?
No hablamos del chip que tiene tu tarjeta de crédito o el que hace funcionar tu lavadora. Son los semiconductores avanzados y Nvidia fabrica la mayoría de estos; estos son algo como "super cerebros" electrónicos.
Para crear una IA como la que usas en el chat, diseñar armas autónomas o hackear los sistemas de seguridad de otro país, necesitas procesar una cantidad de datos inimaginable. Un ordenador normal tardaría 100 años en hacerlo. Estos semiconductores lo hacen en días.
En suma, quien tenga más de estos chips, gana la carrera del futuro.
El conflicto: ¿negocio o supervivencia?
Aquí es donde entra una pelea en Washington en este momento, donde hay dos bandos discutiendo qué hacer con China. Está por un lado el bando del dinero y la estrategia comercial.
Estos argumentan algo que suena lógico al principio: "si no les vendemos nosotros, ellos fabricarán los suyos propios o se los comprarán a otros. Mejor vendamosle una versión un poco menos potente, ganamos su dinero, y usamos esos fondos para sostenernos como los líderes en Estados Unidos".
Por otro lado está el bando de la seguridad total liderado por el congresista Brian Mast, y dice: "¡están locos! China no quiere estos chips para jugar a videojuegos, los quieren para mejorar su ejército y su espionaje".
Aquí es donde entra Dario Amodei, el CEO de Anthropic, una de las empresas de IA más importantes del mundo, él soltó una frase lapidaria y dijo: "vender estos chips a China es como vender armas nucleares a Corea del Norte".
¿Por qué la comparación con las armas nucleares?
Puede sonar exagerado, pero la lógica es que una IA avanzada en manos de un ejército rival no es solo una herramienta más; es un multiplicador de fuerza. Permite a un país capacidades como crear virus informáticos que nadie sepa detener, diseñar armas biológicas nuevas o controlar enjambres de drones militares sin intervención humana.
El argumento de Amodei y Mast es que una vez que se instalan esos chips, no hay vuelta atrás. Es un riesgo irreversible y no se puede "apagar" esos chips a distancia si estalla una guerra. Si se entregó la capacidad de ser más letales, ese poder ya es suyo.
La nueva ley que proponen, llamada AI Overwatch Act o Ley de Vigilancia de IA, busca el cierre completo del grifo.
El argumento que más convence a los expertos en seguridad establece que el dinero se puede recuperar, pero la ventaja militar, una vez perdida, quizás no.
Si Estados Unidos vende estos "super-cerebros" a China, financiará su derrota futura. Aunque a las empresas tecnológicas les duela perder esos clientes millonarios, esa es la razón por la que la balanza se inclina hacia la precaución extrema y no se le dan herramientas avanzadas a quien podría convertirse en un enemigo.
El mito de la "copia china": por qué el dinero no compra esta tecnología
Por su parte, los críticos de la ley, y las empresas que quieren vender, usan un argumento económico que suena lógico: "si no les vendemos nosotros, China los fabricará por su cuenta. Mejor vendamos nosotros y ganemos ese dinero".
Este argumento es falso porque, históricamente, el modelo de China fue exitoso tomando una tecnología occidental, desmontándola con ingeniería inversa, copiándola y fabricándola más barata. Lo hicieron con los trenes de alta velocidad y con los teléfonos. Sin embargo, con los chips de IA de última generación, se han estrellado contra un muro de hormigón.
China no fabrica estos chips, y no es por falta de dinero ya que tienen billones, tampoco es por falta de voluntad política. No los fabrican porque no son capaces de inventar tecnología de punta, y esta tecnología en particular es físicamente imposible de robar o copiar.
Para entender por qué, hay que diferenciar entre tener la "receta" y tener la "cocina". El diseño no basta, China usa hackers para robar los planos digitales de un chip de Nvidia y almacenar el archivo en sus ordenadores. Pero eso es como tener la partitura de una sinfonía, no significa que tengas la orquesta para tocarla.
La máquina imposible
Para fabricar estos chips, se necesita una máquina de Litografía Ultravioleta Extrema o EUV por su sigla en inglés. Es, posiblemente, el objeto más complejo de la Tierra.
Entre otras particularidades, solo una empresa en el mundo sabe hacerla, y esta es ASML, en los Países Bajos. Esta máquina utiliza espejos tan planos que, si fueran del tamaño de Alemania, no tendrían un bache de más de un milímetro.
Funciona con el disparo de un láser a una gota de estaño que cae al vacío, golpeándola dos veces para generar una luz más caliente que la superficie del sol.
En suma, esta máquina no se puede copiar ya que tiene más de 100.000 piezas ultraespecializadas que vienen de todo el mundo. China no puede robarla porque es del tamaño de un autobús y aunque obtuvieran una, no sabrían calibrarla ni operarla sin los ingenieros occidentales que llevan 30 años aprendiendo a hacerlo. Es un conocimiento tácito, que no está escrito en ningún manual que se pueda fotocopiar.
El jaque mate de la seguridad nacional
Entendido esto, el argumento de Brian Mast y Dario Amodei cobra una fuerza indiscutible.
Si Estados Unidos prohíbe la venta de estos chips, China queda bloqueada.
Al no poder copiarlos, porque la ingeniería inversa es imposible a este nivel de complejidad, y al no poder fabricarlos, ya que no tienen las máquinas ni el ecosistema industrial, China perderá la carrera de la IA.
Si, por el contrario, Estados Unidos sigue vendiendo chips aunque sean versiones un poco menos potentes, le regala a China lo único que no pueden conseguir por sí mismos y es la capacidad de cómputo bruta.
La irreversibilidad del riesgo
Dario Amodei advierte que una IA avanzada en manos del ejército chino es un riesgo existencial. Se empleará para la creación de armas biológicas o ciberataques que desestabilicen la red eléctrica de Estados Unidos.
El argumento de "ganar dinero para reinvertir" se desmorona frente a la realidad de la seguridad, ya que el dinero, en realidad los beneficios de Nvidia, se puede recuperar de otras formas.
Y por otra parte, la ventaja militar, una vez entregada, es irreversible. No puedes "apagar" remotamente los chips una vez que están instalados en los centros de datos militares de Pekín.
Por lo tanto, la disputa actual no es sobre comercio, es sobre supervivencia. La realidad técnica demuestra que China depende desesperadamente del hardware occidental porque su sistema de "copiar y pegar" falló ante la complejidad extrema de los semiconductores modernos. Venderles ahora sería lanzarles un salvavidas justo cuando se están ahogando, permitiéndoles competir en una carrera que, de otro modo, perderían tecnológicamente.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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