LA HABANA.- Varias personas conversan junto a un viejo auto en La Habana. (EFE)

 

IVÁN GARCÍA/ Especial para DLA

Cualquier gestión aparentemente simple se puede convertir en un drama. Hace un mes, una llamada de ETECSA, empresa estatal de telecomunicaciones, obligó a Erasmo, de 49 años y vendedor de frituras de harina, a cerrar su negocio durante tres días.

Debía tramitar los papeles para legalizar el teléfono fijo y ponerlo su nombre. “Ha pasado un mes y aún no he resuelto el asunto. El teléfono de mi casa estaba a nombre de mi abuela, fallecida en 2001. Mi madre y mi hermana que residían conmigo se marcharon definitivamente de Cuba en 2003. Además del acta de defunción de mi abuela, tengo constancia de inmigración, del registro de direcciones y de la OFICODA (oficina que controla la libreta de racionamiento en la isla). También tengo pruebas de que siempre conviví con mi abuela, mi madre y hermana y me mudé para esa casa en 1979 y desde entonces resido en ella ", cuenta Erasmo.

A pesar de que las evidencias prueban de que Erasmo era el único nieto varón de su abuela, a una funcionaria de ETECSA tenía que demostrarle que era el único hijo varón de su madre. "No podía dar crédito a tamaña tontería. Pensé que era sencillo. Ir a un registro civil y pedir una inscripción de nacimiento de mi madre. Ahí empezó la odisea. En el correo no había sellos del timbre de cinco pesos, necesarios para legalizar el documento. Después de varios días, pude comprar el maldito sello dándole una propina por debajo de la mesa a una empleada del correo", relata.

Pero la aventura no había terminado para Erasmo. Las inscripciones de los nacidos antes de 1959 se encuentran en un sitio fuera de su municipio. "Como el certificado de nacimiento de mi madre no aparecía, me dijeron que volviera dentro de un mes. Mientras se pueda demostrar. ¿No sería más simple para ETECSA que el teléfono pasara automáticamente a nombre de otro inquilino sin tanto papeleo?", se pregunta.

Pero en Cuba la lógica está de vacaciones. Desde hace 55 años, tras la llegada de Fidel Castro al poder, cualquier trámite o gestión personal es algo irracional. Si desea conocer el reino del absurdo, sólo hay que ir al bufete jurídico internacional en la apacible barriada de Miramar, en el oeste de La Habana.

Ante de las tres de la madrugada, van llegando las personas, con la esperanza de ser de los primeros en ser atendidos. Niurka, 35 años, arquitecta, trajo un termo con café y una sábana, que tendió debajo de una frondosa ceiba y se acostó a dormir. 
“Solo dan 40 turnos diarios. Hay algunos que se dedican a marcar y vender los turnos a 5 cuc. Los abogados tramitan los casos con una lentitud pasmosa. Llevo casi un mes para legalizar mi título, por el cual debo pagar 200 pesos convertibles, el salario de 10 meses de una oficinista. El sistema en Cuba ni siquiera es eficiente cuando se trata de trámites que se pagan con divisas”, dice Niurka notablemente enfadada.

El papeleo, la escasez y las colas en Cuba son habituales. Desde que uno se levanta, comienza el enfado. Es el caso de Osvaldo, obrero de la construcción. “Por la mañana no hay agua en mi edificio, porque el motor está roto o la noche anterior no entró agua a la cisterna. Para desayunar sólo tengo una tacita de café y pan con aceite y ajo. En la parada del ómnibus a veces demoro una hora para ir al trabajo. A veces terminas gritando improperios o a golpes con un tipo que también tiene los nervios de punta”.

Es extensa la cadena de despropósitos. Gastas las suelas de los zapatos en conseguir comida, aseo o hacer una gestión. “Parece que el régimen lo hace a propósito, para que la gente siempre tenga su mente ocupada y no pueda organizarse en una oposición articulada o convocar protestas callejeras. El cubano siempre tiene un problema de supervivencia que resolver”, señala un sociólogo habanero.

Cuando en las agencias de noticias se leen loas al castrismo por parte de intelectuales europeos y estadounidenses, sonríes para no encabronarte.

Lidia, una estudiante universitaria, invitaría a rojillos de la izquierda española como Willy Toledo o Pablo Iglesias, líder de Podemos, a residir en la isla como un cubano más.

“Sin automóvil y con libreta de racionamiento, sin divisas y con el salario promedio, con un pan de 80 gramos al día y recibiendo 10 almohadillas sanitarias al mes para su novia o esposa, si Toledo o Iglesias pueden vivir un año de esa manera, me convierto en fan del socialismo”, señala la joven.

Más que estresante, la vida en Cuba roza el delirio. Las estadísticas hablan por sí solas. Actualmente, unas 130.000 personas padecen demencia. Y para 2040 la cifra podría triplicarse.

 

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