jueves 2  de  abril 2026
TERRORISMO

Por los inocentes

Fue necesario admitir que un terrorista es un terrorista y nada más. Después se fue ganando la batalla, aunque cuando un país se niega a claudicar ante el enemigo injusto, asesino, y cruel, ya se ha ganado la parte más importante de la partida

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

@itxudiaz

Estamos cayendo. Como ceniza llevada por el viento del odio. Como caen las hojas de un jardín en un otoño agitado. Acostumbrados a besar la sangre de los nuestros, admitiendo como cotidiano la barbarie, la sinrazón, la masacre. La destrucción. Intentando sobrevivir al terror. Deseando que otro fogonazo digital nos deposite en trending topic más amable para poder olvidar cuanto antes esas imágenes con las que tanto nos cuesta sonreír cuando la vida nos regala un poquito de calma. Entonces gritan ellos, los inocentes, desde el pozo de su dolor, alzando sus cadáveres aún frescos y quizá ya olvidados.

¿Qué nos pasa? ¿Acaso no hemos visto esos ojos llenos de lágrimas, en esas camisas blancas tan rojas, sucias de dolor? ¿No hemos oído tantas veces ya la peor de las explosiones, ese silencio sordo que sigue al temor, antesala de incertidumbre y muerte, sepelio en vida de tantos inocentes? Otra vez ellos, los inocentes. Nada se mueve. Los caídos siguen regando nuestras calles ante la impotencia de miles de hombres buenos.

No le pongáis -idiotas- adjetivos al terrorismo. No maticéis la violencia. No busquéis tantas razones a la sinrazón. Los españoles sufrimos durante décadas el terrorismo de ETA, un atajo de asesinos a los que solo se les hizo daño cuando la sociedad -nunca olvidaremos aquellas manifestaciones en respuesta al cruel asesinato de Miguel Ángel Blanco- salió a la calle, en unidad y sin matices, contra el terror. Y detrás de esas masas de gente salieron también los políticos, algunos casi arrastrados, las fuerzas de seguridad, y se fueron activando todos los mecanismos que las sociedades modernas y libres tienen para acabar con los terroristas. Pero fue necesario admitir que un terrorista es un terrorista y nada más. Después se fue ganando la batalla, aunque cuando un país se niega a claudicar ante el enemigo injusto, asesino, y cruel, ya se ha ganado la parte más importante de la partida.

Qué obvio y qué necesario, ahora que Orlando ha vuelto a mostrar que la enfermedad de nuestro siglo es moral y sociológica e ideológica, y anida en el alma de todos aquellos que necesitan mirar la etiqueta del inocente asesinado para saber si es o no de los suyos, o que piden examinar a fondo al asesino en busca de gruesas razones para matar a medio centenar de personas. Son el Estado Islámico, los lobos solitarios de la yihad, o los independentistas, o los radicales, o los sectarios. Son todos los que emplean el terror como arma para imponer su basura ideológica. Y son todos terroristas. Y la única respuesta del Occidente que un día construimos con orgullo es la unidad, el rechazo, y la lucha sin cuartel contra esa violencia. Allá donde hay una víctima del terrorismo hay uno de nosotros muerto. Y sus familias son las nuestras. Da igual la latitud y el color. Da igual todo, aunque es razonable que nos duela más aún el alma cuando los muertos yacen en el corazón de América.

Antes hubo sangre en París, en Bruselas, en Londres, en Madrid, en Nueva York. Dicen que representan al islam pero en realidad ni siquiera vamos a discutirles ese desagradable matiz. No importa lo que representan, porque para nosotros su figura es solo la de un despreciable asesino. Deben sentirse asediados por nuestras sociedades e instituciones quienes aprietan el gatillo y quienes lo justifican, también quienes los financian directa o indirectamente -incluso, señor Obama, aunque sean millonarios saudíes-, y quienes brindan el sustento ideológico sobre el que elevan el edificio de su odio; que no es locura sino maldad. Maldad.

Escribo y quizá haya más caídos a esta hora. Será en Irak, o Afganistán, o tal vez de nuevo en nuestras avanzadas y antaño tan protegidas ciudades. Volverán las madres a llorar sin poder entender nada. Volverán los hijos a perder a sus padres sin un motivo, sin vuelta atrás. Y habrá un sujeto, lleno de infiernos, celebrando el crimen e instigando nuevos atentados en las redes sociales, en una mezquita perdida y -seguro- alejada de la mano de Dios, o incluso en nuestras propias calles. Y qué. Sea donde sea. Sabemos muy bien dónde están.

Hoy, una vez más, la sociedad grita por la paz, pero exige a sus gobiernos unidad, la misma que las velas en todo el mundo claman desde hace horas en memoria de las víctimas de Orlando. Para no olvidar y para exigir también un plan internacional para frenar a los asesinos. Para ganarles. En esto el expresidente español José María Aznar tenía razón: solo hay una forma de acabar con los terroristas: vencerles. Nadie olvide que estamos en guerra.  

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