Celebrar un día de la madre cuando se vive tan lejos de ella tiene un sabor agridulce. Por un lado se agolpan los recuerdos en la memoria de aquellos años en los que mamá era el centro de nuestro universo. Carmen, así se llama la mía, pertenece a esa generación de mujeres españolas que entregó sus mejores años al cuidado de su esposo y sus hijos. Nacida poco antes del inicio de la Guerra Civil, su educación y posterior desarrollo tuvo lugar en el marco de la dictadura franquista, donde los valores religiosos y morales de la época tenían un papel definido y predeterminado para la mujer.
Aun así, si tuviera que calificar a mi madre con un adjetivo sería el de luchadora. Estudió una carrera en una época en la que muy pocas mujeres lo hacían y aguantó estoicamente la vida que le tocó vivir entregándose a sus seres queridos con la mejor de las sonrisas. Quizás, Carmen de haber vivido en otra época podría haber triunfado en el mundo de la docencia, su vocación. Pero el destino tenía preparada para ella otra misión.
Esposa, madre, ama de casa… Finalmente, su vida, como la de tantas y tantas otras, fue vivir la de los otros, de los miembros de su familia a los que cuidó para propiciar una existencia agradable, renunciando en muchos casos a su propia felicidad.
A estas alturas ya sabemos que nunca podremos saldar la deuda con nuestra madre. Nos queda llamarla por teléfono, hacerles saber que no las olvidamos, visitarlas, hacerles disfrutar de los mayores momentos de felicidad posible.
Al fin y al cabo, nuestra vida es la suya y nuestra felicidad será también la de ellas. Siempre que añoro a mi madre y los momentos en que la felicidad se limitaba a sentir su protección suena en mi memoria el Soneto a mamá de Joan Manuel Serrat. Saber expresar en palabras lo que ellas nos enseñaron hay que dejárselo a un maestro del sentimiento con letra y música como lo es Serrat. De una madre, uno no puede olvidarse aunque se lo proponga y los besos, las caricias, las miradas, los olores emanados de una vieja cocina y en definitiva el amor incondicional, persistente, contra viento y marea, no siempre correspondido por los bandazos que damos en nuestro incierto rumbo, permanecen.
Felicidades mamá y felicidades a todas las madres del mundo que renunciaron en mayor o menor medida a su propia felicidad por cincelarnos como buenos seres humanos. Les dejo con Serrat.
No es que no vuelva, porque me he olvidado
de tu olor a tomillo y a cocina.
De lejos, dicen que se ve más claro,
que no es igual quién anda y quién camina.


