sábado 18  de  julio 2026
CUBA

Ernesto Miami, el 'youtuber' que difunde contenido apegado a los argumentos y el humanismo

Ernesto es un youtuber cubano que enfoca su contenido más que en el activismo militante, en ofrecer argumentos y hurgar en el conocimiento para demostrar el fracaso del modelo implantado en Cuba desde 1959

Por IVÁN GARCÍA y TANIA QUINTERO

LA HABANA Y LUCERNA. - El acceso masivo a internet lo cambió todo en Cuba. Cuando en junio de 2014 se abrieron las primeras salas de navegación en La Habana, unas pocas personas hacían cola en la entrada, mientras esperaban que un empleado de ETECSA, la única empresa de telecomunicaciones en la Isla administrada por el emporio militar de GAESA, te avisara que ya podías sentarte frente a un ordenador chino e ingresar a un mundo desconocido y mágico para la mayoría de los cubanos.

Una hora en la red de redes costaba el equivalente a 4.50 dólares. Un auténtico abuso. Desde el otro lado de la acera mucha gente miraba con recelo a un puñado de friquis que se podían dar el lujo de gastar en internet lo que costaba un kilogramo de picadillo o dos litros de aceite vegetal. Había una mezcla de modernidad y hambre de contrastar la información entre aquéllos que usaban un servicio que la dictadura tachaba de 'Caballo de Troya del enemigo' infiltrado en la finca de Fidel Castro.

Pero el dólar tiene cara de diablo. El régimen necesitaba el billete verde para no quedarse aún más rezagado en la era de las nuevas tecnologías y la información. Y la apertura de internet, a velocidad lenta y desquiciante, representó una liberación espiritual y cultural en un segmento amplio de compatriotas. A cuentagotas, el Estado fue abriendo el puño represivo. Se inauguraron cientos de parques con conexión wifi donde las familias acudían como si fuesen a un picnic.

En esos primeros tiempos fue una herramienta meramente comunicacional, sobre todo para hablar con los parientes al otro lado del charco. Siempre hubo quien utilizó internet para prostituirse, conseguir empleo o una beca universitaria en el extranjero. Pero fue un regalo para los ciudadanos ávidos de información. En una de esas plazas colectivas conocí a un señor culto y muy serio, que desplegaba su laptop sentado en un banco y navegaba durante horas. Guardaba la información en el disco duro para leerla con calma en su casa. Me solía sugerir sitios y compartía conmigo artículos interesantes.

Un día, pagó 200 dólares y tuvo internet. Se compró un tv inteligente con pantalla de 40 pulgadas y veía YouTube desde el sofá de la sala. Por ese señor fue que supe del canal de Ernesto Miami. “Ve el programa sobre el éxito en el capitalismo”, “el súper didáctico podcast sobre el estalinismo”, o “el tipo es un crac, mira el audiovisual que hizo sobre la envidia a los cubanos que emigran”, me decía. Y así, semana, tras semanas me remitía los vínculos de su canal.

Me considero un tipo de los de antes, me gusta más leer un libro, ver una buena película que los reels o canales de YouTube. Soy tan anticuado que escribo largas parrafadas por WhatsApp en vez de enviar audios. Ante la insistencia de ese amigo, de mi esposa, luego mi hija y mi madre que reside en Suiza, comencé a ver a ErnestoMiami.com con frecuencia. Fue en algún momento de 2022 que el youtuber me atrapó.

Si buscas a un tipo incendiario o vitriólico, te aseguro que te equivocaste de canal. Los podcasts de Ernesto están dedicados al análisis profundo y centrado en la libertad individual. En una ciudad como La Habana, donde el mito y los rumores se confunden con la verdad, algunas personas me han dicho que Ernesto vivió en la barriada de La Ceiba en Marianao, otras, que fue su profesor en la universidad o que una vez se tomaron media docena de birras en un bar de las playas del este. Que el propio Ernesto nos devele su misterio.

Ernesto, nos llama la atención, tu capacidad de análisis de forma amena y didáctica. Además del manejo de la dramaturgia en un contenido audiovisual netamente político, ¿quién es Ernesto García? ¿Dónde naciste? ¿Por qué emigraste?

_ Nací en La Habana, en Maternidad de Línea, a finales de los años sesenta; pertenezco a la primera generación de mi familia que nació en un hospital y no bajo la asistencia de una comadrona. Viví mis primeros treinta años dentro de la estructura comunista, atravesando sus etapas más complejas: una infancia y adolescencia bajo el diseño de una Cuba profundamente "sovietizada" -una simbiosis entre el estalinismo y castrismo-, y una juventud marcada por la falsa expectativa de apertura que traería la Perestroika y la Glasnost. Pero cuando las compuertas de la historia parecían abrirse con la caída del Muro de Berlín, el régimen duplicó su apuesta autoritaria: “ahora sí vamos a construir el socialismo”.

Siempre mantuve una inclinación natural hacia los valores occidentales y de libertad individual, lo que en el contexto cubano se traducía en ser proamericano. No me gustaba la “cumbancha” ni el colectivismo. Así que me fui entre otras cosas por asfixia. El totalitarismo cubano logró algo más destructivo que la confiscación de las propiedades: logró el secuestro del significado de nación. Castro fundió la idea de patria, soberanía y cubanía con su propia figura y con el Partido Único. Bajo ese diseño, si no comulgabas con la doctrina oficial, quedabas despojado de tu identidad; te convertías en un apátrida dentro de tu propia tierra. Mi exilio fue un rechazo categórico a una simulación obligatoria. No se puede habitar un país que no te permite pertenecerte a ti mismo.

-¿Cuándo y cómo surge la idea de abrir un canal? ¿A qué público va dirigido?

El proyecto nació en abril de 2018 bajo una premisa y un formato radicalmente distintos a los actuales. Inicialmente concebido como un espacio estrictamente de audio, no me gustaba el protagonismo visual; siempre he sido una persona reservada y consideraba que la rigurosidad del argumento debía prevalecer sobre la tiranía de la imagen. Pero el mercado dictó otra cosa, así que al final tuve que encender la cámara. Al inicio el objetivo era divulgar análisis críticos y conceptos de filosofía política general y libertad. Cuba no figuraba en mi agenda. Presuponía que Youtube ya estaba saturado de creadores abordando la problemática nacional y que mi enfoque no aportaría nada nuevo. Sin embargo, la realidad cubana, con su disfuncionalidad económica y control social, es un centro gravitacional ineludible. Decidí publicar los primeros análisis sobre la isla y el resultado alteró el camino del canal: existía un profundo vacío de contenido analítico de alta intensidad. Lo que abundaba en las plataformas era la reacción noticiosa o el activismo, pero descubrí que el público demandaba esto que yo ofrecía. Mi contenido encontró su público, personas que buscaban descifrar el totalitarismo cubano fuera de las zonas de confort ideológico. El canal no se dirige al espectador que busca la catarsis efímera o el entretenimiento político. Es una comunidad -tanto dentro de la isla como en la diáspora- que exige rigor histórico, desmontaje de mitos metodológicos y un examen frío de la economía política y la sociología del castrismo. Mi propósito no es decir qué pensar, sino proveer la arquitectura conceptual, las herramientas necesarias para comprender cómo operan las estructuras del poder y la sumisión. La democracia es un sistema ruidoso, lleno de debates económicos, tensiones institucionales y dilemas de políticas públicas. Es ahí, en la construcción de lo nuevo, donde el pensamiento crítico se vuelve indispensable. Aspiro a ejercer la crítica y al debate libre dentro de esa nueva Cuba que comience a edificarse. El fin de la dictadura no será el cierre de mi canal; será el inicio del capítulo más complejo, desafiante y estimulante de nuestra historia contemporánea. No trabajamos para ver el fin de una pesadilla, sino para auditar el comienzo de una república.

-Algunos de tus seguidores piensan que eres profesor universitario de filosofía, otros un diseñador gráfico y los más imaginativos, que eres músico, amante del rock. Para la coautora de esta entrevista eres una combinación de periodista, profesor, locutor y realizador audiovisual. Lo cierto es que dominas temas históricos, políticos, económicos y filosóficos, tienes buen manejo del idioma y dicción.

Hay cierta mística en esos rumores. No, nunca he sido profesor universitario de filosofía. Sin embargo, el resto de las sospechas son ciertas. He habitado muchas vidas en una sola: fui músico profesional -rockero de pelo largo, para más señas-, compositor de bandas sonoras para cine, televisión y teatro, diseñador gráfico, dramaturgo, webmaster, escritor de televisión, dueño de un negocio de computadoras y, en los códigos más realistas, también he sido chofer de camiones y guardia de seguridad. He cargado cajas y he programado códigos. La realidad es que han sido mis músculos los que me han dado comida y techo. Esta acumulación de oficios es en realidad la infraestructura técnica y mental detrás de mi canal. Yo no concibo el formato de YouTube como el espacio de un profesor que dicta cátedra, sino como el territorio de un ensayista. La diferencia es fundamental: el profesor transmite un dogma o un programa preestablecido; el ensayista, en cambio, se plantea una pregunta, investiga, duda, cruza variables históricas o económicas y propone una tesis personal. En mi caso, el video en sí mismo es el ensayo. En cada entrega confluyen todas mis facetas previas: el diseño de la identidad visual, la edición, la investigación y la composición de la música original. Absolutamente todo lo que el espectador ve y escucha en la pantalla está hecho por mí.

-¿Tu ascendencia china es por línea materna o paterna? ¿Cuál es tu estado civil?

Para ser honesto, la clasificación racial o fenotípica es algo a lo que nunca le he prestado la menor importancia; para mí, el centro siempre es el individuo, no su taxonomía. A raíz de la pregunta de Tania, consulté a mi tía, la matriarca de la familia, quien me confirmó que un tatarabuelo de mi línea materna era chino-cubano. De ser exacto su recuerdo, el ancestro asiático sería mi tras tatarabuelo. Me acabo de enterar, pensé que tenía de congo o de carabalí y resultó que era de “narra”. Vengo de una familia muy pobre, de la que no se puede dar el lujo de hacer árbol genealógico, por eso priorizo las ideas por sobre los linajes. Estoy casado desde muy joven. Mi esposa ha sido la constante y el anclaje fundamental a lo largo de todas estas décadas de transiciones, exilios y proyectos.

-¿Siempre Ernesto Miami ha tenido esa barba estilo bolchevique?

¿Bolchevique? Si repasamos la iconografía soviética, los bolcheviques -desde Lenin y Trotsky hasta Dzerzhinski o Kalinin- lo que usaban era perilla, no una barba densa como la mía. Es sintomático, y a la vez divertido, que en el imaginario cubano cualquier barba se asocie de inmediato con el comunismo. Ese es el vivo reflejo del trauma antropológico y estético que inoculó Fidel Castro: el régimen confiscó hasta la fisonomía y la moda. En la dinámica del canal, mi barba es un fenómeno divisivo; de hecho, estoy convencido de que, si me afeitara, los algoritmos y los números subirían de inmediato porque hay un sector al que esa estética le activa las alarmas del subconsciente. Uso barba desde los 21 años -con breves interrupciones por exigencias de mis empleadores- y me niego a que el castrismo decida cómo debo lucir. Si tuviera que buscar el origen de esta estética, mis referentes no son los guerrilleros de la Sierra Maestra ni los burócratas del Kremlin, sino mis primeros héroes intelectuales: Sócrates, Platón, Aristóteles, Da Vinci, Darwin o Walt Whitman. La barba pertenece a la tradición del pensamiento clásico y del humanismo, no al colectivismo militar. Además, para despojarnos por un momento de la densidad filosófica, hay un factor estrictamente pragmático: afeitarse todos los días es una pérdida de tiempo soberana. Prefiero invertir esos minutos diarios en investigar, editar y seguir desmantelando las ideas que destruyeron Cuba.

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