MADRID.- No es infrecuente que las noticias me lleguen estando en la cocina. Paso allí un porcentaje no pequeño de mi tiempo doméstico, eligiendo menús, repasando ingredientes, cortando, cocinando, probando. En la cocina es donde nacen algunos de nuestros mejores momentos. Así que es toda una metáfora que recibiera la primera noticia sobre los cambios que se avecinan en Cuba estando en la cocina.

“Algo se cocina en Cuba”, me dicen. “Desaparece el peso convertible”, me han contado. Sin duda, algo nuevo se está cocinando en Cuba, y desde mi propia cocina me llegan aromas de Ecuador, de China, de Europa, de Estados Unidos y por supuesto de Cuba. Me meto en mi otra cocina, la de los análisis, de la que también sale humo, a intentar comprender los caminos por los que se va a mover Cuba próximamente.

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Voy a empezar por China. Cuando el expresidente del Gobierno español Felipe González visitó China en 1985, Deng Xiaoping, el entonces líder del país, le dijo una frase que se ha convertido en emblema del pragmatismo: “Gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones”. Si uno mira la economía china, con Alibabá, el Grupo Wanda, Huawei… no puede sino afirmar que efectivamente, el gato caza ratones, aunque no se parece en nada al felino que crió Mao. Podríamos decir que ahora es más bien un tigre, que se ha adaptado a las circunstancias del entorno.

Como es bien sabido, las divisas sólidas son valores refugio que cualquier economía, ya sea familiar, empresarial o nacional, quiere tener como respaldo por diversas razones, entre las que se puede destacar su capacidad de cambio o su estabilidad. Por eso, es muy habitual que el euro, y sobre todo el dólar, sean bienvenidos en los comercios y negocios de muchos países, muy especialmente aquellos que tienen una afluencia importante de turistas o que reciben flujos importantes de efectivo procedentes de otros países. Podríamos decir que esto lleva a muchas economías a un nivel inicial de dolarización, en el que el dólar se convierte en una moneda deseada por los residentes.

Si la mencionada economía local es relativamente fuerte, este proceso no va más allá, e incluso se produce un cierto retroceso, por la falta de necesidad de estas divisas refugio. Pero en otros casos, ante ciertas tensiones e inestabilidad de la economía, el efecto refugio se multiplica: los residentes quieren dólares, de forma que el dólar se aprecia frente a la moneda local, que a su vez se vuelve inflacionaria, lo que hace más deseable la divisa extranjera. Llegados a este punto, cualquier persona o empresa prefiere recibir dólares, cobrar en dólares, guardar dólares. Los depósitos bancarios comienzan a abandonar el país y a denominarse en moneda extranjera, huyendo de ese impuesto cruel que es la inflación. Una vez entrado en este círculo, es difícil salir de él, salvo a través de un fortalecimiento de la economía que suele requerir procesos dolorosos de ajuste o de devaluación de la moneda local, que a veces no terminan de conseguir el propósito deseado, o de establecimiento de rígidas reglas de cambio de moneda, que en la práctica no conducen a usar la moneda local sino todo lo contrario.

Un siguiente paso sería la renuncia a la moneda local. En ese momento, el banco central de un país deja de ser el emisor de la moneda, potestad que queda en manos de una autoridad externa e independiente del poder político local. En España, como en muchos países de la Unión Europea, cedimos esta potestad al Banco Central Europeo, utilizando desde 2002 a todos los efectos el euro como moneda única y común. En Ecuador, en 2001, se decidió la transición al dólar, de forma que el sucre quedaría únicamente como moneda fraccionaria y el país perdería la capacidad de establecer políticas basadas en el manejo de la masa monetaria. Este paso suele implicar a corto plazo una subida de los precios, especialmente de los productos que son relativamente baratos, pero a su vez una estabilidad de los precios a medio y largo plazo, denominados en una moneda más estable, y por qué no, una ganancia posterior de poder adquisitivo para los residentes en el país que ha tomado este camino. No obstante, el cambio no es sencillo, y puede ir también acompañado de ajustes y peajes, no siendo menor el impacto de renunciar a tu moneda de siempre, la de toda tu vida. Todavía nuestros abuelos siguen haciendo algunas cuentas en pesetas, y pienso que nunca dejarán de hacerlas.

De facto

Cuba está ahora mismo, de facto, en mitad del camino hacia la dolarización, con un sistema en el que los dólares que entran en el país a través de remesas de aquellos que, como me dijo un día un amigo cubano, tienen FE, se transforman en pesos convertibles, previa retención de una tasa de cambio por parte del Estado, retención que al parecer acaba de ser eliminada (justo ahora que ya no tendría sentido). A su vez, el dólar propiamente dicho circula en la isla procedente del extranjero, porque como hemos dicho antes nadie rechaza nunca una divisa estable, ni los comercios locales, ni los residentes, ni el mismísimo Estado cubano. Finalmente, los pesos convertibles también se pueden canjear por la moneda verdaderamente local, el peso cubano, con una relación de conversión, 25 CUP por cada CUC fija. Todo ello se puede usar para comprar, lógicamente, pero no siempre que vas a comprar encuentras lo que quieres, y desde luego es más fácil conseguirlo cuanto más fuerte es la moneda. Y nada es más fuerte que el dólar. Si las tiendas oficiales no aceptan dólares, siempre habrá algún lugar donde comprar lo que necesitas con la moneda del tío Sam.

La COVID-19 ha hecho estragos en las economías más basadas en fuentes de ingresos exteriores, y muy notablemente en aquellas, como la española o la cubana, que dependen fuertemente de turistas que ahora mismo no se están desplazando a uno y otro país. En el caso de Cuba, esto se suma a una baja productividad, derivada de un modelo de planificación central que no promueve la iniciativa privada, sino que la frena. Estamos, de esta forma, ante un escenario de tormenta perfecta, con una crisis económica que potencia la búsqueda del dólar como refugio por parte de todos los cubanos que pueden acceder al mismo… incluyendo, sin disimulo alguno, al propio Estado cubano.

Se podría decir, por tanto, que los cambios que llegan a Cuba no se producen tanto por voluntad, sino por necesidad. Todas las Cubas, la informal, la familiar, pero también la oficial, necesitan dólares. El peso convertible, que en su momento era un instrumento para manejar la masa monetaria del país, pasa a ser algo no solo innecesario, sino indeseable. Si los precios se dejaran fluctuar libremente, la inflación tanto del CUC como del CUP serían insoportables. Como esto no se permite, simplemente hay muchas cosas que no pueden comprarse con pesos, ni convertibles ni cubanos.

Ante esto, el Estado cubano ha tomado un paquete de medidas económicas de las que la dolarización es sólo la punta de lanza, aunque quizás sea la más llamativa. El peso convertible desaparecerá, y el peso cubano se transformará realmente en una moneda fraccionaria del dólar, que pasará a ser moneda oficial. Es verdad que no se habla literalmente de LA moneda oficial, pero en la práctica, con el peso cubano como moneda fraccionaria, metálica, con un tipo de cambio estable frente al dólar, no se podrán hacer políticas monetarias respecto al peso sin perjudicar la ecuación de cambio. Y no parece que esa sea la intención.

Atraer dólares

Al contrario. Como hemos dicho, se trata de atraer dólares. Las tiendas oficiales admitirían dólares, por lo que se convertirían en competidoras de cualquier mercado alternativo. De hecho, tanto las informaciones como los rumores señalan que se dejará fluctuar la mayoría de los precios, salvo de los productos que puedan considerarse básicos, permitiendo más márgenes a las cooperativas y más iniciativa a los trabajadores autónomos. Si esto realmente se cumple, quizás dentro de no mucho tiempo veamos en Cuba una cierta apertura económica que trate de capitalizar la iniciativa y capacidad emprendedora que caracteriza al buen cubano, algo que ahora es hasta penalizado por el Estado. Y por qué no decirlo, podríamos estar caminando con timidez hacia una mayor libertad económica.

Sin embargo, si el Estado cubano sigue frenando e incluso penalizando la iniciativa privada, la hecatombe económica podría ser monumental. Una economía sin productividad y dolarizada sería insoportablemente inflacionaria, una verdadera tortura para cualquier residente en Cuba, que tendría al alcance de su vista bienes que cada vez estarían más lejos de su bolsillo.

Volvemos a la cocina. Tenemos especias de España, de Ecuador, de China, y de los Estados Unidos. Pero los que apreciamos una buena ropa vieja sabemos que en ninguna parte tendrá el mismo sabor que en Cuba. Esperemos que pronto, lo antes posible, nos sentemos en una mesa en La Habana para poder compartir ese o cualquier otro plato sabroso. Yo me llevaré unos dólares.

El autor es Profesor Titular de Economía de la Empresa en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid

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