LA HABANA— En la India encontramos a los panchamas; en la Roma clásica, a los infames; en la castrense Esparta, a los iliotas; en la Mesoamérica precolombina, a los mayeque, y en la Europa medieval, a los judíos. En sociedades antiguas eran comunes los grupos considerados parias, ciudadanos de segunda jurídicamente excluidos de muchos de los derechos que amparaban al resto, y por ello maltratados, humillados y despreciados.
Fidel Castro, bajo la coartada de la nación-Revolución como bien supremo —dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada— convirtió a los cubanos en parias en su propia tierra, ciudadanos de segunda con respecto a la élite gobernante y a los extranjeros. Bajo Raúl Castro, el régimen comenzó a otorgar permisos temporales —pues no son derechos— que aparentan zanjar esa humillante situación.
Hoy, la mayoría de los cubanos tiene permiso para viajar, vender sus propiedades, acceder a internet o tener celular, entrar a cualquier hotel —excepto los del turismo de salud— restaurante o tienda, mientras puedan pagar, crear pequeñas empresas —con muchas excepciones y cortapisas—, manejar moneda extranjera y mantener una relación normal con sus familias exiliadas.
Lo hecho por Raúl Castro, directamente o vía testaferros, ha sido devolver, lenta, parcial y solo cuando es conveniente al régimen, algunas capacidades arrebatadas por su hermano mayor al pueblo, aunque negándole aún el único derecho que verdaderamente importa: el derecho a tener derechos, que solo se realiza con el poder político.
La más reciente de estas restituciones es permitir a los cubanos residentes en el extranjero invertir en Cuba, lo que los igualaría a los extranjeros, que siempre han podido hacerlo.
Aunque desde 2014 la Ley No. 118 de Inversión Extranjera no establece restricción sobre el origen del capital, abriendo la puerta a cubanos radicados en el extranjero, "esta posibilidad no se ha concretado en demasía", reconoció por estos días Rodrigo Malmierca, ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, quien además anunció un panel de oportunidades de negocios e inversiones específicamente dirigido a convencer a los emigrados. "Nos interesa que todo capital extranjero pueda venir a Cuba, incluyendo el de los cubanos residentes en el exterior", dijo.
En el pasado, regiones gallegas, andaluzas o canarias se desarrollaron gracias a inversiones que españoles emigrados hicieron desde Cuba. Importantísima es hoy en sus países la inversión que realizan dominicanos y mexicanos residentes en Estados Unidos. ¿Por qué hay que "convencer" a los cubanos de algo tan natural como debería ser invertir en su tierra de origen?
La respuesta obvia es que, aunque para aquellos connacionales que han amasado capital fuera pueda haber un sesgo afectivo a favor de invertir en Cuba, se resisten a hacerlo porque en el país no hay Derecho. Solo existe la voluntad del Gobierno, por lo que es posible saber cómo entrar a la finca ahora que el castrismo invita, pero no cómo se saldrá cuando ya no le interese.
Los permisos otorgados por el neocastrismo en la última década no engañan a muchos; se sabe que son cambios cosméticos, mera modernización del envoltorio. Dentro, sigue la misma dictadura que desprecia al pueblo.
Así lo han comprobado los pocos emigrados que, contra todo sentido común, amparados en la Ley 118 han intentado invertir en la Isla en estos últimos años. A la mayoría los han rechazado —sí, rechazado—, según Malmierca porque sus proyectos "no eran realmente de interés para la parte cubana"; eran "demasiado pequeños", no estaban en las prioridades de la política estatal.
El castrismo se arroga en exclusiva ser "la parte cubana", y nada le importa cuántos ciudadanos habrían encontrado empleo en esas pequeñas inversiones, o cuántos bienes y servicios habrían generado para el pueblo; sencillamente, no eran de interés de la dictadura.
¿Por qué la "parte cubana" ha negado permisos para estas inversiones? ¿Cómo afecta al país cualquier inversión por pequeña que sea? La única respuesta posible es que el Gobierno, en su afán totalitario y maniaco del control, no quiere dispersas por la Isla miríadas de cubanoamericanos fomentando una clase media autóctona, independiente del Estado e internacionalmente conectada.
Un Gobierno capaz de comportarse así es capaz de todo, y el día que no necesite, o que crea conveniente deshacerse de aquellos que invirtieron en Cuba, sencillamente lo hará.
En todo caso, muy desesperado debe estar el neocastrismo cuando ya no solo busca que los emigrados, desde lejos, envíen sus remesas y sus recargas, sino que ahora también los invita a venir personalmente a salvar la patria socialista con sus fajos de dólares capitalistas. Eso sí, invirtiendo en lo que quiera el Gobierno, que para eso es el dueño de la Isla. Tan podrido está el castrismo que no puede vivir sin "gusanos".
Por: RAFAELA CRUZ