LA HABANA.-IVÁN GARCÍA
Especial

En una pantalla plana de 60 pulgadas de un bar privado, al oeste de La Habana, Pancho Céspedes canta La vida loca. Cerca, dos decenas de parroquianos toman cerveza en un ambiente refrigerado y a media luz.

Sentados en una mesa de patas altas, cuatro amigos beben despreocupados y otean el panorama en busca de jineteras para pasar la noche, mientras pican croquetas de picadillo de pavo y camarones rebozados. Uno de ellos hace una seña al dependiente y le dice: “Pon’me otras cuatro 'Obama' (así le llaman en Cuba a la cerveza dominicana Presidente). Bien frías por favor”, dice un tipo que ronda los 40 años y luce abundante gel en el cabello.

Pasadas las once de la noche, comienza el desfile. Chicas muy jóvenes con shorts a media nalga se sientan en un extremo de una barra de caoba, recién barnizada.

Al parecer son clientas de confianza del bar. Saludan a los meseros con jovialidad y les dan a guardar sus bolsos de marcas piratas. Quince minutos después, varios parroquianos las invitan a tomar cerveza o beber caipirinha, que en La Habana se sirve sustituyendo la cachaça brasileña por aguardiente Santero.

Ernesto, el dueño, cuenta que “en todos los bares privados de la capital es así, vienen clientes con pasta (dinero) a buscar prostitutas. A eso le dicen ‘cazar jabalí’. Aquellos dos (señala para una mesa apartada) trabajan en el aeropuerto, lugar que siempre ha sido una mina de oro para buscar dinero por la izquierda. Estos cuatro (indica hacia el grupo de amigos que beben en una mesa del centro), tienen negocios particulares y a veces se gastan hasta doscientos chavitos”, la moneda fuerte convertible cuc.

Los precios son excesivamente caros. La cerveza más barata cuesta dos pesos convertibles, el salario de dos días de un obrero calificado, y un plato para picar, entre tragos, no baja de cinco cuc.

Pero el lugar se llena. “Las putas arrastran gente. Pero todo hay que manejarlo con discreción. Tengo un socio que tiene un bar que el mal ambiente de jineteras y chulos le ha traído problemas. El año pasado en una bronca mataron a un cliente. Eso te marca con la 'lacra' (policía especializada que combate las drogas y prostitución). Lo que sí no permito es vender drogas en mi bar”, acota el dueño.

Pero no hay que ir muy lejos para obtenerla. En la esquina del bar, dos morenos musculosos, a todas luces adictos al gimnasio, sentados en la entrada de una parroquia, venden marihuana, parkisonil y melca.

“Tengo yerba de los dos tipos ‘puro’, criolla que está muy buena, y la yuma que está fresquita, hace cuatro días se cayó del barco”, dicen mientras tratan de venderle su mercancía a un hombre pasado de tragos, abrazado a una jinetera rumbo a una habitación cercana de alquiler.

Los bares y discotecas de las noches habaneras han generado una industria de sexo, drogas y hospedajes en sus inmediaciones. “Tienen hasta tipos que cuidan autos y motos y personas que venden condones. A todos los centros nocturnos siempre asiste una legión de jineteras, proxenetas y expendedores de drogas; forma parte del paisaje”, cuenta Dagoberto, jefe de almacén de la discoteca El Túnel, en la barriada de la Víbora. 

Y acorde con los nuevos tiempos, también acuden travestis y gays que venden sus cuerpos a menor precio que las jineteras. Ileana, prostituta desde hace diez años, comenta que “los homosexuales nos hacen competencia. Ellos cobran más barato, entre 40 y 70 pesos, una jinetera de clase media cobra no menos de 500 pesos. Esa competencia genera chivatazos con la Policía y broncas”.

Según Yésica, lesbiana que se prostituye en La Habana Vieja, “lo que está de moda son los cuadros. A los cubanos les gustan que las mujeres sean jóvenes y no tengan pinta de machorras. El cuadro más barato se paga a 20 pesos convertibles por participante. Hay tremenda cantidad de ‘tuercas’ (lesbianas) que se han metido a proxenetas, porque deja un baro largo (bastante dinero)”.  

Luego de beber caja y media de cerveza, bailar y cantar el reguetón Hasta que se seque el Malecón, que en Cuba se ha convertido en el himno de la 'farándula' (ambiente nocturno), los cuatro amigos parten con ocho chicas, quienes como pueden se apilan en un restaurado Ford de 1952.

“Ya compraron polvo y yerba. Vacilón toda la madrugada. Los socios míos son tremendos locos”, apunta Ernesto, dueño del bar.

Hoy la cacería fue recompensada. Tocó a dos 'jabalíes' por cabeza.

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