MIAMI.- Hay artistas que llegan al arte por la puerta de la academia, con planos de estudio, talleres y profesores que les enseñan de la profesión y hay otros, como la venezolana Patricia Calero, que llegan por la puerta de la vida, casi sin darse cuenta, hasta descubrir que aquello que comenzó como un entretenimiento se había transformado, sin pedir permiso, en una vocación. Su historia como artista cinético, es la de un oficio que se hizo profesión, la de una sensibilidad que se fue construyendo en silencio antes de tener nombre propio.
Calero no estudió Artes Plásticas. Su formación es, de hecho, científica. "Mi formación académica es en Odontología", afirma con naturalidad, consciente de la sorpresa que esa confesión suele provocar. Lejos de ser una contradicción, ese origen es una de las claves para entender su obra. "Aunque muchas personas no lo crean, la Odontología es una profesión muy estructurada y meticulosa. Requiere mucha precisión, una gran habilidad manual para trabajar con formas y detalles muy pequeños", explica. Esa disciplina del milímetro, esa paciencia del detalle, terminó migrando del consultorio al taller: "Creo que, de alguna forma, toda esa disciplina y atención al detalle que aprendí en la carrera de odontología influyeron en la manera en que trabajo mis obras".
Antes que la profesión existiera el origen, y ese origen está en la infancia. Calero creció rodeada de manos que hacían cosas. "Desde muy pequeña he tenido una fascinación por los colores. Crecí en una familia muy creativa: mis abuelas eran modistas y mis abuelos carpinteros", recuerda. Pasaba horas sentada junto a ellos, observando cómo la tela se convertía en prenda y la madera en mueble, aprendiendo sin saber que aprendía. A eso se sumaba un juego que la delataba: "Desde niña jugaba a ser arquitecto, porque siempre me llamaron la atención las formas, los espacios y su distribución". Tela, madera, color y estructura entraron en ella como semillas. "Creo que la mezcla de materiales, formas y colores que vi en mi infancia fue evolucionando dentro de mí, de forma inconsciente, y me formó una sensibilidad natural hacia las creaciones artísticas".
El paso del pasatiempo al lenguaje propio ocurrió, como casi todo en su trayectoria, de manera orgánica. Calero empezó por el origami, esa tradición japonesa que convierte el papel en geometría. "Me inicié en el arte haciendo piezas de origami sencillas, como pasatiempo. Al unirlas me di cuenta de que podía jugar con piezas de diversos colores logrando crear diferentes composiciones, y fue así que inicié experimentando en esa dirección". Lo que para muchos habría quedado en una afición de fin de semana, en ella se volvió pregunta y búsqueda. Quiso colores que no se apagaran, materiales que resistieran, formas que pudieran crecer hasta ocupar una pared. "Comencé a explorar colores y diversos materiales, buscando cada vez materiales más duraderos. Y pasé del origami a trabajar hoy en día con cintas de nylon, poliéster o polipropileno", cuenta.
Ese tránsito la condujo a un territorio profundamente venezolano: el arte cinético, la corriente que dio al país maestros universales como Carlos Cruz-Diez y Jesús Rafael Soto, y de la que Calero se reconoce heredera. Sus piezas no se contemplan desde un solo punto: exigen que el espectador se mueva, se acerque, cambie de ángulo. "Trabajo con cintas creando un efecto de movimiento y sombras dependiendo de cómo incida la luz y de la perspectiva del espectador de la obra, que en definitiva es la base del arte cinético", explica. El resultado son composiciones modulares y geométricas, instalaciones tridimensionales y obras murales donde la luz y el observador completan lo que la artista solo ha insinuado.
Ahí reside buena parte del valor de su trabajo. En un mundo que invita cada vez más a mirar de prisa y desde la pasividad de una pantalla, Calero propone lo contrario: un arte que solo existe del todo cuando alguien decide participar de él. Su obra explora la relación entre el movimiento, el espacio y la percepción, y convierte al público en cómplice. No es casual que su práctica esté atravesada por un compromiso con la inclusión, tejiendo puentes entre artistas emergentes y audiencias diversas, fiel a la idea de que el arte no debería ser un privilegio sino un encuentro.
La trayectoria que sostiene ese discurso es ya considerable. Desde sus primeras muestras en Venezuela —el Art & Design Market de la Galería Universitaria Braulio Salazar en Valencia, en 2018, o la exposición colectiva Artesanalia 2 – Interference and Lines en Caracas, en 2019— hasta su consolidación en Estados Unidos, su nombre se ha hecho presente en escenarios de peso. Sus obras han viajado por Art On Paper y la Venezuela Art Fair en Nueva York, por Art Market San Francisco y Art Market Hamptons, y se han instalado como murales de origami en espacios tan distintos como un bufete de abogados en Hialeah o un restaurante en Miami. En 2025 su presencia en la escena del sur de la Florida alcanzó nuevos puntos altos, con su participación en el Doral International Art Fair de la mano de Space Art Gallery, en el Chroma Art Fair del Miami Design District y en la edición de Red Dot Miami, donde fue reconocida por Wexel Art y SÁB Gallerie.
Vista en conjunto, la historia de Patricia Calero desarma la idea de que el arte solo se aprende en las aulas. Lo suyo fue un camino al revés: primero el oficio heredado de las manos familiares, después la disciplina rigurosa de una ciencia, y finalmente el descubrimiento, casi tardío y por eso más auténtico, de una profesión que ya vivía dentro de ella. Su obra demuestra que la sensibilidad puede educarse sola cuando hay constancia, curiosidad y mirada. Que un pasatiempo, tomado en serio, puede convertirse en una manera de devolverle al mundo movimiento, color y la invitación —rara y necesaria— a detenerse a mirar de nuevo.